Refléjome. Como un líquido cielo la vida es, mañana y noche, otra vez.
Véome despertar, las persianas abrir para el cuarto ventilar. Las sábanas sacudir, y estirarlas luego de las almohadas acomodar. El minino, regalón maúlla, recuerda su hambre, su voracidad pequeña y felina, restriégase contra mis pantorrillas, de pelos llenando el camisón.
Obsérvome la habitación dejar, a través de un dintel de color verde inglés, para al baño entrar. Deléitome con la frescura nueva del cepillo de dientes, con el sordo sonido de los raspones, las cerdas violentando las encías, acariciando el hueso, horadando las mejillas. Y casi de reojo, cáeme sobre la piel el agua caliente, los chorritos que como una personal lluvia transparente decantan mi piel, nutriéndola de vapores limpios.
Entonces, pues, sécome el pelo. El aparato ensordéceme, y hay sin embargo un oscuro placer en el zumbido terco, húmedo y caliente. Gústame hacerlo desnuda, y aunque vergüenza decirlo me produzca, me gusta el bambolear grueso y pesado de mis pechos, como un secreto ritmo, bailando al compás de lo que mis brazos al moverse anuncian.
El dintel vuelvo a cruzar, y por unos instantes, abandónome a la caricia de los rayos del sol que, juguetones, atigran mi piel, haciéndola peligrosa por instantes. Y entonces vístome despacio, divirtiéndome con las faldas y los corpiños, los pantalones y las blusas, a veces polainas o botas, zapatos casi siempre. Cualquiera que, haciendo esto viérame, podría pensar en un rito sensual, en una adoración del propio cuerpo, pero otra la verdad es. Juego a ser niña, y el placer es lúdico, infantil, inocente, pero también tibio, cosquilloso y ligeramente amarillo.
Y toca el pelo cepillar. Con movimientos largos y elegantes, es en este momento cuando, día tras día, al caer en la cuenta de mi propia belleza, sorpréndome, y pareciera ser que el día anterior no está en la memoria, no dejó rastro ni huella, porque todos los días una mujer hermosa descubro.
Maquíllome. Con amor, con polvos de base y un poco de sonrojo, porque muy blanca mi piel es. Algo de sombra en los ojos, máscara de pestañas. Es un toque apenas, suficiente para los rasgos y el verde de los ojos resaltar.
Y salgo por otra de las puertas, y entrar en la cocina es como el vuelo de mil mariposas rojas y azules, como el instante mágico en el que la primavera se anuncia tras la ventana, una vez al año, con el primer reverdecido brote del sauce que custodia mi balcón.
Prepárome el desayuno. El negro café, casi sin azúcar, y dos tostadas con queso blanco. Devórolo, y al hacerlo los dientes asoman, blancos, como una fila de soldados uniformados y limpios, armándose para una sonrisa inolvidable, en el marco de dos labios rojos, de ese rojo natural, apagado pero dulce. La radio prendo, y la voz de la misma chica da las mismas malas noticias de todas las mañanas. Invisibles guerras en remotos países, de las que se habla con el mismo espanto en la voz que del precio de los alquileres, la ola de calor y la increíble convocatoria de una influencer que, por vez primera, llena un estadio de fútbol de voluntades doblegadas.
Gústame hacer el crucigrama que la web del periódico todos los días publica. Es un ejercicio mental. Casi escúchome pensar, reír cuando encuentro una palabra que se escabullía, resoplar cuando la clarividencia se escapa por los rebotes de esa misma primavera que acecha en la ventana.
Y la mañana, la primera mañana, termínase indefectiblemente. Entonces me veo recoger los platos, enjuagar la taza, ponerlo todo a secar. Encántame como las gotas se suicidan de a poco desde el borde de un vaso que, boca abajo, contempla el mundo como si fuese el exterior de su propio abismo.
Prepárome la cartera, verifico que está la billetera, el boleto verde de los transportes, un paquete nuevo de pañuelos de papel, las llaves y diez o doce objetos más que nunca llego a identificar.
Y llega el momento más triste del día, cuando acércome a la puerta principal, ábrola y véome salir, escucho el crujido de acero de las llaves cerrar, y alejándose el sonido de mis pasos rebotar en el yeso de las paredes, y sé, como todos los días, otro tras uno, que me quedaré colgada en la pared, hasta la noche, esperando sola y sin poder verme hasta del trabajo regresar.

“Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres.”
Jorge Luis Borges
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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