No hacía ni diez minutos que hablábamos cuando me salió con la patraña del hilo rojo. “No me vengas con esa fruta”, le dije. “Soy un escéptico a prueba de balas. No creo en mandalas ni retiros espirituales ni gente que desayuna con semillas”. Me miró profundamente. Recuerdo que en ese momento pensé que me iba a putear en cinco colores. Pensé, creí, que me iba a dar vuelta la jeta de un sopapo. Pero no. En lugar de cualquiera de esas reacciones, previsibles todas, y hasta esperables, ella sonrió. Sonrió con una sonrisa dulce, llena de dientes blancos, como una gata del Cheshire, pero sin Alicia, sin Sombrerero y sin la madriguera del conejo.
El bar era un bar más del once, sin identidad, sin personalidad, de mesas redondas de esas que hay en todos los bares. Por las ventanas se veían pasar los judíos con los tirabuzones asomando bajo los kipás de colores, las vendedoras peruanas pregonando a gritos los beneficios equívocos de la ruda macho o los limones más perfectos jamás vistos en la Reina del Plata, y los colectivos ahogando a los paseantes con perfectas nubes negras de combustión de gasoil.
Y ella, impasible, imperturbable como una esfinge, sonrió. Sonrió durante varios segundos, y me dijo: “No hace falta que creas. No depende de vos. Es algo que pasa aunque no quieras, a pesar tuyo. Un día lo vas a descubrir, y te vas a acordar de mí.”
Se llamaba, paradójicamente, Alicia, y no, no tenía gato.
Recuerdo que hablamos por horas. Tenía algo mareante en la sonrisa, algo que emborrachaba, que tiraba de mí hacia la fundación de un recuerdo, hacia un prado de geranios en flor, un estanque de peces de colores vivos. Y si algo me enamoró ese día, fue que, a pesar de sus convicciones profundas, no evangelizaba. No intentaba convencer, sino que se limitaba a proclamar su sabiduría sin más objetivo que esparcirla por el mundo, casi como un regalo no solicitado, una merienda de esas que te invitan cuando vas a casa de alguien sin avisar, y su madre no es capaz de dejarte ir sin que te tragues unos bizcochos o unas tostadas con mermelada de naranja —que por alguna razón la gente cree que es rica, pero siempre tiene gusto amargo en la boca—.
Nos despedimos sin ceremonias, en una tarde de otoño con la banda sonora del mercado rabioso del once en los años noventa.
Nunca más supe nada de Alicia.
Nunca más.
Hasta ayer.
Ayer por la mañana, salía yo de casa —un PH clásico de Villa Crespo, con un largo pasillo con macetas que albergan cadáveres marchitos de helechos comunes—, demorado, sabiendo que llegaba tarde a la oficina, y al darme media vuelta casi nos chocamos. Sentí nacer el insulto en la boca del estómago, trepar por mi esófago en una carrera enfurecida, tensar mis cuerdas vocales para lanzarse con violencia al dominio de las frecuencias graves, cuando mi mirada impactó la suya.
Por supuesto, la reconocí.
Y fue como cuando, a veces, alguien dice algo y, sin saber de dónde proviene, o donde estaba almacenada, una respuesta certera acude a la boca.
—¡Alicia!
—Mario —la sonrisa pobló su rostro inmediatamente. La misma de veinte años atrás. La que silenciaba los colectivos y distraía a los vendedores.
—Tantos años —dije, como un imbécil, tirando de fórmulas, de frases hechas. Por alguna razón quería lanzarme a sus brazos. Quería darle los besos que llevaba casi dos décadas debiéndole. Y alcancé a pensar que me gustaba más ahora que entonces, que las líneas de expresión alrededor de los ojos y la boca le imprimían carácter y madurez, y un ligero aumento de peso le daba una presencia material, mucho más impactante que en su primera juventud.
Charlamos unos minutos, y aunque no consigo recordar de qué hablamos, siento que más bien yo babeaba como un sabueso que trata de hacerse entender cuando pide un juguete. De alguna manera conseguí invitarla a cenar a casa.
A las ocho, dijimos.
A las seis salí como un frenético de la oficina, hice compras, tendí la cama, barrí, limpié como pude mi departamento de soltero, me lavé los dientes, y preparé un pastel de papas —receta de mi madre—, que además de pretender impresionarla, es lo único que sé cocinar.
A las ocho y tres minutos sonó el timbre.
Mi corazón agitaba una macumba de cuatro piernas.
Abrí la puerta.
Y no vi a nadie.
Se me cayó el alma al suelo.
A punto de llorar, bajé la vista para llevarme las yemas de los dedos a los globos oculares. Y entonces lo ví.
Un hilo rojo, atado al pomo de la puerta. Tenso, se iba por el pasillo más o menos a un metro veinte de altura.
Lo seguí hasta el recodo, y al dar la vuelta la ví.
Hermosa.
Con un vestido rojo.
Me miró.
Sonrió, con la misma sonrisa, la que me hacía daño, la que me hace sentir vértigo.
Sonrió, con todos los dientes juntos, y me preguntó, juguetona: “¿Ahora creés?”

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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