No está siendo un día perfecto, no. Esta mañana la caldera no arrancaba, y me duché con agua fría. Después, todavía con achuchones por todo el cuerpo, perdí el tren, y ahora voy en un vagón más cargado de lo habitual, parado y sin ganas de vivir. Por la ventana viajan hacia atrás los borrones verdes y marrones de un paisaje suburbano que, en las novelas costumbristas y en las series yanquis es el paraíso de las familias, y en la vida real no es otra cosa que un pudridero donde vamos a morir los de clase media.
—…no es nada, no insistas —la voz es femenina, y por obra de alguno de esos fenómenos no descriptos por la ciencia, al menos la ciencia que yo conozco, de forma abrupta se aísla del molesto ruido de fondo, se define, sorprendentemente nítida, como si una conciencia única cobrara vida. Habitualmente no soy chismoso, y en un viaje como este evito el contacto visual con todo el mundo, pero por alguna razón su voz me llama la atención, así que la miro disimuladamente. Es una chica menuda, que podría estar en cualquier parte entre los veinte y los treinta y cinco. El atuendo de invierno, en ese sentido, contribuye a la indeterminación.
Tiene el teléfono pegado a la oreja, y algo en su expresión despierta mi empatía, aunque no sé por qué. ¿Es miedo? ¿Es angustia? ¿Es rabia?
—Te dije que no, Mauricio. Es problema mío ahora. No me sirve de nada lo mucho que lo lamentes. No sirve.
El tal Mauricio debe ser más pesado que una vaca en brazos, porque puedo ver cómo los ojos angustiados miran al techo, en un gesto de agobio que, al mismo tiempo, intenta evitar que las lágrimas rompan en medio del vagón lleno de gente. Se ve que Mauricio necesita respirar, y entonces la chica puede meter bocado.
—Ya lo sabías, Mauricio. Lo sabías desde la primera vez que lo hablamos. Lo sabías y de todas formas te ofreciste, insististe hasta que te dije que sí. No tenés derecho a hacerme esto, de verdad.
La anciana que viaja a su lado se levanta, escurriéndose entre los numerosos pasajeros, y aprovecho para sentarme a su lado.
—Andate a la mierda, Mauricio.
Ella corta la comunicación. Apoya las dos manos sobre las rodillas, baja la vista y comienza a llorar en silencio, despacito, sorbiendo la nariz con la gracia de un cachorrito. Seguro que el tal Mauricio la dejó embarazada, o la engañó con otra.
Es muy linda. La veo llorar y se me parte el alma.
Ahora, un pequeño espasmo le sacude los hombros. Aún así, alcanzo a pensar que llora con muchísima dignidad. Hay que ser toda una dama para llorar así en público. Ese hijo de puta de Mauricio no tiene perdón. No puede ejercer de esta forma el poder que tiene sobre ella, solamente porque está enamorada, pobrecita. Ahora que la miro más de cerca, descubro que tiene pequeñas pecas alrededor de la nariz. El pelo cobrizo y dos ojazos castaños. No entiendo como un cretino como Mauricio puede dejarla. De verdad.
Abro la mochila y saco un paquete de pañuelos de papel.
—¿Querés? —le ofrezco.
—Gracias —dice ella, tirando de la punta del que asoma.
—De nada —se me atraganta la voz. Es preciosa.
A veces la vida es ridículamente irónica. No entiendo cómo se puede ser tan mala persona. Iría ahora mismo a buscar a Mauricio para cagarlo a trompadas. O putearlo bastante.
—No hay derecho —le digo.
—¿Eh?
—Que no hay derecho. Perdoná, no pude evitar escuchar lo que te hizo Mauricio. Fue sin querer, estaba parado al lado tuyo.
—No importa —sonríe, con los ojos todavía húmedos—. ¿Verdad que no se puede ser tan hijo de puta?
—Hay hombres muy desconsiderados. No somos todos así, de verdad.
—Lo mismo si fuera mujer. Estas cosas no se hacen. A nadie.
—Sí, claro, tenés razón. Da lo mismo si es hombre o mujer. Bueno, no sé. ¿Qué te hizo? ¿Te dejó por otra?
—Pensé que lo habías escuchado —se sonroja repentinamente—. No, nada de eso.
—¿Entonces?
—Nada, no importa, una estupidez.
—Ahora no me vas a dejar con la intriga —protesto, sonriendo. Ella piensa unos segundos, y encoge ligeramente los hombros antes de responder.
—Hoy cumple años mi hijo. Joaquín. Mauricio es el novio de mi hermana. Lo había contratado como payaso para animar la fiesta, y ahora dice que no puede porque le regalaron entradas para un concierto.
—Es tu día de suerte —miento sin dudarlo—, porque da la casualidad de que yo también soy payaso y esta tarde estoy libre.
Ella me abraza, sonríe, agradece, me pregunta mi tarifa, a lo que le digo que es gratis porque hoy estoy de buen humor.
Se baja, despidiéndose con la mano. La veo caminar por el andén como un ánima revitalizada, como una bailarina única envuelta en su propia primavera, con paso alegre y decidido. Miro el panel, me faltan cuatro estaciones. Lo justo para buscar en youtube algún tutorial de cómo ser payaso, que no tengo ni puta idea.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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