El cadáver me sorprendió mucho. No porque estuviera estirado en el suelo de la cocina de mi casa. Tampoco porque no tuviese yo la menor idea de quién era el hombre, calvo y vestido con ropa de señor. Quizá en los sesenta, quizá en los cincuenta y largos mal llevados.
Lo que me dejó perplejo es que la sangre manaba por varias de sus aberturas naturales, léase ojos, nariz, boca, orejas, y en otros lados no miré, pero a pesar de eso no se veía herida alguna.
Era como si el hombre hubiera sido reventado de adentro hacia afuera. El exterior estaba imperturbable, pero al mismo tiempo no era posible dudar de su estado de mortandad.
Olía un poco a alcanfor, y la posición del cuerpo no era la que uno espera en un cadáver intruso. Estaba de lo más ordenado. Las piernas derechas, los brazos paralelos al torso, la cabeza, a pesar de estar apoyada en el suelo, erguida, con el sombrero tirado a dos palmos.
Mi primer instinto fue llamar a la policía. Luego, bendito de mí, pensé que me harían preguntas que no sabría contestar. Encontrarte un cadáver pulcro y sangrante al volver de la oficina, de alguna manera tiene que ponerte inmediatamente bajo sospecha.
Entonces decidí revisar las puertas y ventanas en busca de algún indicio que demostrase que no había sido yo el perpetrador del deceso. Las pisadas suaves de mi gata, a la que, en un arranque de candor al adoptarla llamé Siniestra, pintarrajeaban todo con sus huellitas sangrientas. Me miró con cara acusatoria, como suelen hacer los gatos, mientras una gotita de sangre del fenecido le caía suavemente desde el bigote.
Las ventanas, cerradas, no parecían haber sido violentadas de ninguna forma. Recordé la publicidad esa de la radio, que te mete miedo sobre que entren en tu casa para venderte alarmas, sistemas de seguridad, cámaras y artefactos alcahuetes de toda índole. Tarde piaste, pensé. Ya no es hora de alarmarte.
Frustrado con las ventanas, me dirigí a la puerta trasera, a ver si había más suerte.
Me encontraba yo examinándola de cerca, cuando percibí, detrás de los cristales esmerilados, dos siluetas humanas prominentes. Mi primer instinto fue desconfiar, pero se adivinaba que ambos humanos llevaban sombrero, y pensé que, en pleno siglo XXI, no conozco ningún criminal que lleve sombrero. Los sombreros son propios de las fuerzas del orden, quienes trabajan con campos estériles, comerciantes de alimentos frescos y personas de modales cuidados.
Sonó el timbre. Era muy poco frecuente que alguien tocase el timbre en la puerta trasera.
Me quedé inmóvil durante unos segundos, pensando qué hacer. ¿Serían policías de civil? ¿Serían mafiosos anacrónicos buscando silenciar potenciales testigos? ¿Quizás testigos de Jehová, paseando sus creencias de puerta en puerta?
Finalmente decidí abrir, no sin cierta cautela.
—Buenas tardes— me dijo un hombre alto, rechoncho, vestido con traje negro, camisa blanca y corbata negra. El otro era rubión, y algo más pequeño, pero de hombros cuadrados. Ambos vestían igual —de forma sorprendentemente similar al difunto—, y los sombreros procedían, sin duda, de la misma tienda. Mi sensación era que estaban uniformados, pero no llevaban ningún distintivo particular que permitiera dar crédito a tal suposición.
—Buenas tardes— respondí.
—Perdone que lo molestemos a estas horas, pero ¿no habrá encontrado usted por allí un cadáver? Vestido así como nosotros… calvo, entrado en años.
Hizo un gesto con ambas manos a los lados del cuerpo, mostrando el traje.
—Pues ahora que lo dice usted, puede ser. ¿Su cadáver iba todo ensangrentado?
—¡Ese mismo! — sonrió, alegre—. A veces le da por sangrar en casa ajena. No se asuste usted, le aseguro que dejaremos todo impecable. Se nos escapa cada dos por tres.
—¿Y cómo sé yo que el cadáver les pertenece? No me malinterprete, pero no quisiera yo meterme en un lío.
—Completamente comprensible. En primer lugar, note usted la similitud de vestimenta. Si mira el sombrero del fenecido, comprobará que es de la marca Stetson, una casa inglesa de muchísima calidad y empaque. Además, seguramente en el bolsillo derecho de la chaqueta, encontrará usted una lupa, un bolígrafo y medio sándwich.
—Aguárdeme un momento, por favor.
Cuidando de no pisar la sangre, volví sobre mis pasos hasta la cocina. Efectivamente, todos los datos que me había proporcionado tan amablemente el hombre eran correctos, lo que disipó mi natural suspicacia. Volví a la puerta. Los dos hombres esperaban, sonrientes.
—Caballeros—dije—, parece inequívoco que el cadáver les pertenece. ¿Lo quieren retirar ahora?
—Si es usted tan amable de dejarnos pasar, se lo agradecería. Aunque lo extraeremos por la puerta delantera.
Les permití el paso, y volví a la sala, donde abrí la puerta de calle. Desde allí, detenido al lado del vado de mi garaje, podía verse un coche fúnebre tirado por cuatro corceles negros. Tampoco tenía mucho sentido en el siglo actual, pero pensé que no era ni mucho menos el mayor de los misterios a los que mi singular tarde me sometía de improviso.
Cavilaba yo de estas lides cuando el más robusto me pidió paso. Lo llevaban entre los dos, como si no pesara nada. El occiso tenía la deferencia de permanecer rígido como una tabla, con los brazos ordenadísimos a los costados del cuerpo y la boca cerrada, aunque para mi desgracia, iba dejando un rastro de gotitas de sangre por todos lados.
Metieron el cadáver en el carruaje, y de él bajaron un balde y dos fregonas, y sin más dilación se pusieron a limpiarlo todo.
Permanecí en la puerta, mirando piafar a los caballos, mientras el colectivo 104 rugía echando nubaradas de humo de gasoil, y el empedrado, prolijito, reflejaba la luz del atardecer. El olor a bosta de caballo fresca mezclada con la combustión de hidrocarburos me hizo sentir renovado.
—Ya puede usted pasar. Verá que está todo impecable —lo estaba—. Y ya que nos habíamos puesto, le hemos fregado la vajilla. Se ve que hace un par de días que hacía usted el vago.
—Muy amables.
Los despedí desde el porche, con una sonrisa afable, mientras sostenía en brazos a Siniestra, que ronroneaba, mimosa.
Al cerrar la puerta, tuve una ligera sensación de que algo no encajaba. Lo que acababa de suceder parecía irreal.
Volví a la cocina, sacudiendo la cabeza para centrarme en la realidad, descartando de lo posible lo que acababa de vivir.
Estaba casi todo impecable, y hubiera creído que nunca sucedió, si no fuera porque encontré en la mesada, olvidados, la lupa, el bolígrafo y el medio sándwich, como rehenes escapados de una limpieza por demás perfecta. No sin cierto asco, le quité el papel de plata manchado de sangre sobre la pileta. Era de pollo y lechuga, y aunque estaba un poco masticado, al menos me solucionó la cena. La pechuga, por cierto, estaba bastante seca.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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