Cuando llegué a Barcelona me costó hacer amigos. Quizás por eso, poco a poco fui abriendo mi corazón a objetos y animales. Desarrollé un apego estúpido por una mantita de mirar la tele. Era de color verde inglés, y solía acariciarme las mejillas al amparo de la banda sonora de cualquier serie o película. Sonia, que viene una vez por semana a limpiar, la colgó a secar sin ponerle pinzas una tarde tormentosa, y el viento de levante se la llevó.
En lugar de reemplazar la manta, fui adoptando gatos, que además de calentitos hacen compañía. Los llamé Ausencia, Botines y Salitre. Y se hacían una bola entre ellos, sepultándome bajo juegos de garras, zarpas y ronroneos. Cuando Salitre araña el sofá, algo en mi piel duele con él, pero se lo permito porque después se frota la cabeza contra mi frente, y es de las cosas que más feliz me hace sentir.
Pasaron veinte años, y poco a poco me fui rodeando de talismanes y tesoros.
Y también de personas, porque sí, al final, hice amigos. Y buenos amigos. De esos que abrazan cuando uno llega. De los que dicen que sí a cualquier plan, a cualquier cena y a cualquier encuentro.
En mi último cumpleaños, me regalaron un unicornio de Lego, de esos para armar, con una ilustración en portada que lo decía todo.
Siempre me burlo de los unicornios, porque me parece un animal que representa todo lo cursi y todo lo ñoño del mundo. Bromeando entre amigos, bautizamos a chamanes, astrólogos, festejantes de lo esotérico, gurúes de la consciencia y demás conspiradores del universo como “domadores de unicornios”.
Así que me reí cuando vi la caja. Me lo traje a casa, bajo el brazo y con una sonrisa sarcástica en los labios.
Veinte días después, como soy bastante desordenado, la caja, mudo testigo de la complicidad con mis amigos, continuaba sin abrir en la mesa del comedor.
Botines y Ausencia, varias veces, durante sus juegos aguerridos, lo tiraron al suelo, con un mini estruendo de plástico y piezas.
Finalmente, un sábado por la tarde junté valor y lo armé.
Bloque a bloque, bajo la atenta mirada de la gatería, fue apareciendo entre mis dedos. Sus perfiles cuadrados, heredados de las piezas plásticas, le daban una personalidad terrenal. Mis dedos habían olvidado el tacto de los Legos, el placer de sus esquinas afiladas, de sus aristas perfectas, la pureza de sus colores.
Desde entonces, cada vez que salgo con mis amigos, al volver a casa me siento en el sofá, mientras los felinos atienden su manicura filosa, y me llevo conmigo al unicornio. No le puse nombre, así que cuando pienso en él lo llamo “uniquito”, pero es una palabra que no me atrevo a pronunciar en alto.
Me reclino contra el respaldo, y lo pongo en mi pecho, donde compite con los gatos por un trocito de mí.
Y le cuento los pormenores de la noche. Lo que me dijo Almudena, lo que me contó Miguel, los chistes de Lucrecia, el sabor de la pizza, los arranques de José, las brujerías de Melina y Sandra.
Sé que no puede oírme, pero de todas maneras me gusta hablarle, y los gatos gorjean con el sonido grave de mi voz, se acurrucan alrededor del unicornio y lo integran en su pequeña manada. Y yo, poco a poco, lo fui aceptando como mi talismán último, como la pieza central de una orquesta muda de símbolos que vibra unida.
Ese día mis amigos venían por primera vez a cenar a casa.
Con muchísima ilusión, compré verduras y champiñones frescos. Cociné un sancocho de caldo con unos cuantos cuartos traseros de pollo y todo lo que pude meterle, cantando, anticipando la visita.
Mientras cocinaba, me traje el unicornio a la cocina. Lo puse a supervisar el proceso, narrándole los pasos para hacer la cena inolvidable, como un testigo único y simbólico de un abrazo por llegar. En cuanto las ollas empezaron a humear, me distraje mirando el teléfono móvil, porque la paciencia que requiere la cocina, a veces, me exaspera.
La cocina empezó a oler rico, entre vapores de piel de pollo y musiquita.
Cuando sonó el timbre, los gatos se sobresaltaron.
Se arrojaron al suelo desde la mesada, maullando y girando en el aire.
Pude ver, casi en cámara lenta, cómo Salitre, empujado por Ausencia, daba un mal paso y, para evitar caerse, golpeaba de lado al unicornio, que se precipitó al suelo, rotando exasperantemente lento sobre sí mismo, para estrellarse y desarmarse con estrépito.
Ausencia, como todos los gatos, se sabía origen del estropicio, pero sentada sobre sus patas traseras, me miró a los ojos y parpadeó suavemente, aclarándome que no asumiría la menor responsabilidad sobre el suicidio del unicornio.
Sabía que tenía que abrir la puerta, que mis amigos, del otro lado de una pulgada y media de madera, sostendrían alguna botella, esgrimirían sonrisas, y sentirían curiosidad por entrar a la cueva de Alí.
El corazón me latía fuerte.
No quería, por nada del mundo, que viesen las piezas esparcidas por el suelo. No sabía explicar la diferencia entre mi unicornio, el que ellos me habían regalado, y un montón de bloquecitos de plástico de colores, mudos, sobre las baldosas del suelo.
Después de unos instantes de pánico, me forcé a quedarme inmóvil unos veinte segundos, hasta que sentí que mi pulso volvía a la normalidad. Entonces cerré la puerta de la cocina, casi con la solemnidad con la que saldría de un sepulcro, y abrí la principal. Ignorando los comentarios sobre el aroma que hacía del aire un hogar, los hice pasar directamente a la sala, para darme tiempo, antes de cenar, a esconder las piezas en la caja original, que todavía guardo en la alacena de la cocina.
Cuando servía el postre, Lucrecia preguntó por el unicornio. Le sonreí, mientras le alcanzaba un plato con tarta.
—Los unicornios son tímidos— respondí, sabiendo que, ni bien se fueran de casa, me esperaba una reconstrucción íntima y mutua, entre hombre y unicornio. Sin duda, terminaríamos la noche en paz.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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