Mucho antes que el amor, ella trajo los reflejos del sol, un pedacito de viento, un rincón en las nubes.
La primavera no era ese año más que el coletazo de un cliché remanido, macerado al fuego, batido y parido una y otra vez por el mismo canal. Mi escepticismo crónico se agudizaba con el polen, con el aleteo insomne de las abejas, con los retoños vegetales que nunca supe traducir a nombres de plantas, con la lengua afuera de los perros que, felices, movían el rabo quizá más que en invierno, quizá igual, pero lo dorado del aire hacía que todo pareciese más bello, más cursi, más tierno.
Hoy, en cambio, por más que escruto mi ventana una y otra vez, no consigo ver más que un otoño perenne, un país ocre y gris. La corona de hojas muertas que se pudren en las alcantarillas, el viento rapaz que susurra en las rendijas palabras sacras.
Ella llegó, como decía, un viernes de tarde. Abrió la puerta de la librería —entonces yo era librero—, y dijo: “Buenas”. Le respondí con una palabra igual y contraria.
Me pidió poesía.
Como narrador, tiendo a desconfiar de los poetas. Siempre creí que son personas que aman demasiado y para poca gente, que se desangran demasiado fácil, que mienten en verso y que lloran en público.
Pero ella, por alguna razón que en ese momento no me interesó, me pareció tremendamente interesante.
No negaré que el vuelo de su falda tuvo algo que ver, o que la visión de sus clavículas simétricas ayudó, ni que su sonrisa eclipsó los pobres esfuerzos de la ventana por iluminar la sala.
“No sé nada de poesía”, le dije. “Y no me parece que la necesites”. “Yo no”, me respondió, “pero vos sí”.
Ataqué con historias de amor en prosa.
Ella se defendió con versos que le llenaban la boca y se le desparramaban por el pecho.
Peleé mi batalla con historias vivas, con fragancia oscura, con palabras mortales.
Me derrotó con rimas convencionales, con lugares comunes, con métricas vulgares.
Siempre pensé en el enamoramiento como un estado de imbecilidad genuina y pacífica. Era fácil que, teniéndola enfrente, mi criterio se derrumbase y las defensas de mi ciudad se rindieran a cualquier argucia fútil, a un sortilegio de saliva y labios inmune al silencio.
La soledad nos cayó encima, escondida bajo los endecasílabos sin rima con los que ella me ametrallaba, se refugió debajo de la mesa de novedades, y desde allí nos puso cuatro o cinco trampas en las que caímos encantados.
La madrugada nos sorprendió con las luces encendidas en el local, revolcándonos entre los anaqueles de libros, desnudos y agitados, sucios y divertidos, con la boca llena de besos y de versos, de palabras melosas, de risa traicionera.
Rosalía, dijiste.
Me llamo Rosalía.
Manuel, dije.
Me llamo Manuel.
Te hiciste fuerte en mí. Habitaste primero mi librería y después mi casa. Entonces mi pecho y también mi vientre. Me poblaste. Me redujiste a un cuento que no vale la pena contar.
Porque si el enamoramiento, Rosalía, es un estado de imbecilidad genuina, no te digo el amor. La construcción del amor se lo lleva todo. Invoca los peores demonios y hace arrodillar hasta a los mamuts.
Y no puedo negar que trajiste amor.
Y con el amor, trajiste miedo. Miedo a perderte. Miedo a tenerte. Miedo a no ser tuyo, quizás.
Y con el miedo trajiste sombras. Tres primaveras encadenadas al susurro angustioso de tu vientre. Tres inviernos al calor de tus poemas. Qué malos eran tus poemas, Rosalía. Y cuánto me gustaban. Cuánto me enamoraba oírte recitarlos. Cuánto me calentaba que, durante el sexo, ladraras y gimieses tus versos de mierda. Cuánto me entristecía que te callaras, que cerraras la boca y las piernas, que se te agotaran las rimas.
Después de la última primavera los dos nos marchitamos, mi amor.
Te quedaste sin estribillos, se te acabaron los acordes, se te vació la garganta. Entonces se nos apagó el fuego del vientre y la mirada.
Cerramos la librería. Alquilé el local a una cadena de cafeterías de Seattle, que vende, demasiado cara, una fantasía colectiva en vasos de papel.
Y ahora te vas.
Sin besarme y sin decirme nada, detrás de una mirada triste, detrás de un silencio nuevo, de una primavera muerta.
Es hoy, Rosalía, ya sin versos, ya sin belleza en la boca, agotados de nuestra poesía mala y las historias sin contar, cuando te vas. Y yo, mi amor, yo quiero creer que nunca vas a volver.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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