Sumamos fuerzas un día cualquiera de otoño, asomados a la baranda de una escollera colgada sobre el estruendo imposible de la rompiente del mar.
Ella llevaba una diadema de plástico barato que le sujetaba el pelo, de un color rojo sucio, percudido por el salitre y avejentado por meses de soles inclementes. Hablábamos de sus padres, de su tierra ignota, de sus perros. Hablábamos de mis ausencias vitales, de las sábanas blancas de mis fantasmas conocidos. Y también de su sonrisa, de las ondas castañas de su pelo, de la forma llenita de sus mejillas, de la intención rota en su mirada.
Un beso lenguaraz selló el pacto ritual. El sabor de la sal en los labios y una mano furtiva en la cruz de su cintura certificaron el santo y seña de acceso a su intimidad.
Y ya no nos despegamos. Dejamos atrás la escollera, caminando de la mano, con una síncopa de pasos sordos, martillando nuestra propia sombra con sus tacos cuadrados.
Se llamaba Elena, y esa tarde, sin saber de ella más que lo evidente, le entregué mis armas, le rendí mis ejércitos y le ofrendé mis pequeños miedos, junto con un coraje que a menudo los resume.
Al principio fue el paraíso. Su cuerpo me recibía y se entregaba. Sus manos tejían mil placeres noche tras noche, y su boca me mordía, me besaba y me hablaba, me contaba historias, me llevaba por el camino escarpado de sus pensamientos.
Un día, quizá a los dos o tres meses de vivir en su casa, me di cuenta de varias cosas.
Mi ropa continuaba en la maleta. La usaba, la lavaba, la doblaba y la volvía a poner allí. Estaba de paso.
En el baño, solamente un cepillo de dientes atestiguaba mi presencia.
En la sala, las cortinas lilas, los cuadros de gatitos y perritos, los tapetes de la mesa del centro, todo en conjunto gritaba que había sido elegido para ese lugar. No se parecía en nada a mí.
Pero lo que más me sorprendió fue comprender que ni siquiera sabía su apellido.
Ocurrió cuando leí su nombre completo en una etiqueta adhesiva sobre la tapa de una revista de decoración.
No sabía a qué más estaría suscrita.
“Elena”, dije. “No nos conocemos”.
“No”, me respondió. “No hace falta”.
No volvimos a hablar del asunto.
Pasaron más semanas.
Ella cocinaba tartas de calabaza y pasteles de atún.
Yo hacía huevos revueltos con salchichas y pechugas de pollo.
Los perros meaban en los árboles del jardín, y aullaban a la luna de invierno.
Una madrugada, cuando el resplandor del alba apenas azulaba las paredes, la descubrí sentada en la cama, mirándome con ojos lunáticos. Parecía un personaje de Tim Burton, despeinada y errática, con la boca fruncida en un nudo de carne y marfil.
En silencio, me estiré para darle una mano. Sentí que tocarla rompería el hechizo, pero ella se retrajo en un movimiento de animalito asustado, de comadreja huidiza.
“Se acabó”, dijo.
“¿Se acabó qué?”
“Nosotros. Quiero que te vayas.”
“¿Podemos hablarlo durante el desayuno?”
“No hay nada que hablar”.
Recogí mis tres o cuatro cosas, y me volví a mi departamento de siempre, donde las plantas marchitas me recibieron con un perfume podrido y un silencio.
Lloré, no me da vergüenza decirlo.
Lloré varias semanas. Y después pasó.
El tiempo lavó su recuerdo. Poco a poco comencé a salir y a conocer personas. Me enamoré nuevamente y, tras dos años, Graciela se mudó a mi departamento. Entre los dos dibujamos una vida que no por convencional era menos hermosa, con largos paseos y tardes de meriendas con galletas. Mañanas al sol y vino rosado al anochecer. A los pocos meses quedó embarazada, y creí que era feliz.
Entonces empezaron a llegar las cartas.
La primera vino en un sobre blanco, sin matasellos ni nada. Tenía mi nombre en una caligrafía hermosa, y en el reverso decía el suyo. “Elena”.
Adentro había una foto, positivada en blanco y negro, de sus tres perros durmiendo la siesta al calor del sol.
“No queda nada de vos”, decía detrás de la foto.
No supe qué hacer, así que no hice nada.
A los nueve días llegó la segunda.
El mismo tipo de sobre.
Adentro había una flor reseca, y una nota que decía: “Los mejores amores se marchitan”.
Una vez más, no supe qué hacer. Se lo conté a Graciela, y se asustó. Quemó las dos cartas, y se encerró a llorar.
Cuatro días más tarde, al volver de la segunda ecografía, encontramos otro sobre.
Esta vez estaba en el centro de la mesa del comedor.
Dentro había una foto en primer plano de sus ojos.
Lágrimas tenues se adivinaban en las comisuras.
Detrás se leía: “No soporto el abandono”.
Graciela quería llamar a la policía. Yo la tranquilicé. Le dije que no pasaba nada, que seguramente todo tenía una explicación.
Por la tarde, me acerqué a la casa en la que tanto nos habíamos amado.
En el jardín de la entrada, tres sepulturas con el nombre de sus perros me hicieron sentir profundamente triste.
Abrió la puerta sin que yo llegara a llamar.
“Sabía que ibas a venir”, dijo, apartándose para dejarme entrar.
“¿Me querés explicar qué está pasando?”.
No quise jugar el juego de la charla casual.
Ella miró al suelo.
Después levantó la vista. Estaba llorando.
Evitaba mirarme.
“Nuestro hijo murió hace dos meses. Alguien tenía que decírtelo”, dijo. De fondo, atronaba una melodía de timbales, trombones y violines, pero no pude identificarla.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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