—Camarero, esta fideuá sabe a cuerno quemado.
—¿Ve aquella montaña? —señaló por la ventana, desde la que se veía el bosque, con los rebotes del sol definiendo las copas de los árboles y el arrullo de los pájaros, y allá lejos, la montaña— En la cima, a tres mil metros de altura, hay un viejo barco oxidado,
—¿Y qué tiene que ver el puto barco con el gusto a cuerno quemado de mi fideuá?
—No sea usted impaciente. Tome, póngale más alioli. ¿Quiere saber o no quiere saber?
—Quiero saber —dije, resignado a comerme el fideuá de cuerno quemado con más alioli, para disimular.
—Pues resulta que este es un pueblo tranquilo. Aquí nadie se mete con nadie, y los vecinos nos saludamos al cruzarnos por la calle. Por ejemplo, nadie de aquí me hubiera dicho jamás “camarero, esta fideuá sabe a cuerno quemado”. Me dirían “Tomás, la fideuá está un poco fuerte”, o “Triguero”, es que algunos me conocen como “Triguero”, porque mi bisabuelo era el dueño del molino. “Triguero, se te fue la mano con el condimento”. Aquí todos nos conocemos y nos hablamos con cariño y respeto.
—¿Le he hablado yo mal? Me disculpo si es así, no era mi intención, pero es que la fideuá…
—Usted cómase la fideuá, tranquilo, que yo le cuento. No me habló mal, para nada. Me habló como un extraño. Y es lo que es, al fin y al cabo.
Hizo unos segundos de pausa dramática, limpiándose las manos con un repasador que había conocido épocas mejores, y haciendo ver que reflexionaba profundamente. Yo, mientras tanto, me metía en la boca otra carga de fideuá, y efectivamente, sabía a cuerno quemado, pero con alioli.
—Como le decía, hay un viejo barco oxidado a más de tres mil metros de altura. Ese barco está extrañamente atado a la historia del pueblo. A pesar de ser una historia épica, es poco conocida, porque no somos de confiar demasiado en los forasteros, y los historiadores, periodistas y metiches de la vida ajena, por fortuna, nos han dejado en paz. Pero se le ve a usted tan afligido que he decidido compartir nuestra historia. Espero que los ilustres del pueblo no me riñan por eso. El tema es que hace unos treinta años, es decir, unos doce antes de que estallara la guerra civil, una mañana de mayo, un pastor de ovejas llamado Andrés salió a pacer el rebaño, como hacía todas las mañanas en primavera. Levantó la vista, y, no sin una enorme carga de sorpresa, divisó el barco en la cima de la montaña. Estaba intacto, y con el velamen desplegado y al viento. Parecía volar, pero aun así estaba completamente afirmado en una pequeña hondonada que corona la montaña.
—¿Y cómo llegó el barco allí?
—No se apresure, hombre. Cómase la fideuá, que yo le cuento.
Dejó el repasador asqueroso en la barra de madera, y se encendió un cigarro. No parecía importarle que yo estuviera comiendo. Hice ademán de protestar, pero al final, la comida ya tenía sabor a cuerno quemado, así que decidí no quejarme.
—¿Por dónde iba? Ah, sí. Andrés, alteradísimo, corrió por el pueblo gritando: “¡Un barco! ¡Un barco!”. En seguida, todo el pueblo salió asombrado a la calle, porque como habrá usted notado, estamos a ciento ochenta kilómetros tierra adentro, bastante lejos del mar, y los barcos no suelen pasar por aquí.
Asentí, volviendo a mirar por la ventana. Efectivamente, en la cima de la montaña —que no tenía ni trescientos metros de altura, y por lo tanto no era una montaña— se veía una estructura que podría ser el casco de un barco, pero también una roca o cualquier otra cosa.
—¿Y qué hicieron?
—Yo tenía entonces nueve años. Salimos todos de las casas, corriendo, y en seguida armamos una partida de rescate. Andrés metió a las ovejas al redil, y en cambio sacamos unos treinta y cinco caballos, siete mulas de carga y nueve bueyes de tiro.
—¿Bueyes?
—¿Y cómo piensa usted que íbamos a mover el barco?
—Claro, claro. Tiene sentido.
—Coma, y déjeme acabar. Emprendimos la marcha poco antes de las ocho de la mañana. Para las cuatro de la tarde estábamos en la cima. Lo que no habíamos visto desde abajo, era que el barco estaba repleto de mercancías y pasajeros. Sedas de oriente, especias de medio mundo, inventos alucinantes y cajas se mezclaban con hombres y mujeres que parecían sacados de “las mil y una noches”. Asiáticos, con turbantes y zapatos puntiagudos. Nos veían llegar desde la cubierta, con catalejos apuntándonos, y hacían aspavientos mientras nos gritaban algo inentendible en esa babla infame que hablan ellos. Seguramente querían que nos fuésemos. Fernández Torrijos, que entonces era el jefe de la policía local, ordenó a los hombres que se acercaran con los bueyes, y empujasen el barco desde el casco. En cuanto estuvieron a tres metros, la cubierta se abrió, y del vientre del buque salió una enorme bestia alada, que ya le aseguro yo que no figura en ninguna enciclopedia. Y no me importa que no me crea usted, pero medía fácilmente unos seis o siete metros, y más de diez de envergadura con las alas desplegadas. Escupía fuego y rugía endemoniada, entrecerrando unos ojos que parecían de víbora, y amenazándonos con garras de águila. Los asiáticos murieron todos calcinados. La bestia incendió todo lo incendiable en el barco, menos el casco de acero, y saltó a hacernos frente sobre la ladera de la montaña. Fernández Torrijos —nombre que ya habrá usted notado que es el de nuestra calle Mayor—, en un alarde de gallardía, encabezó la defensa con sus mejores hombres, montados en los bueyes. La bestia saltó al campo, y nuestros hombres la atacaron por ambos flancos, causándole heridas de cuerno de buey en el vientre y las alas, pero su fuego, más caliente que el mismo infierno, prevaleció. Calcinó a bueyes y jinetes, carbonizándolos con su aliento ígneo. Finalmente, con el remanente de nuestras fuerzas terminamos abatiéndola con pistolas y fusiles. Seis horas tardó en morir, pero bajamos victoriosos.
—¿Y entonces?
—¿Entonces qué?
—Que mi fideuá sabe a cuerno quemado.
—Ah, claro. Como homenaje a las bestias que dieron su vida, y para infundir valor y coraje en todos nosotros, cogimos las calaveras de los bueyes, y molimos los cuernos calcinados, que atesoramos como la clave de nuestra valentía y hombría de bien. Desde entonces, y para mantenernos vivos, fuertes e independientes, sazonamos todos nuestros guisados con pizcas de cuerno quemado, en memoria de la batalla que nos salvó de la destrucción. De ahí el sabor que nota usted en su fideuá. Pero si quiere se lo cambio.
—No, no, deje, le agradezco.
El camarero se fue, fumando en silencio, y yo me limité a mirar por la ventana otra vez, mientras saboreaba el cuerno quemado.
La verdad, es que más que un barco parecía una roca.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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