El camión de cerveza arrancó detrás de una nubarrada negra, jodiendo de vapores tóxicos la atmósfera de la terraza y sin ningún respeto por el aire de respirar de los clientes del bar.
Manuel me miraba zombi, con su botellita de cerveza en la mano. Era la cuarta o la quinta.
—El problema, Manuel, es que no sabemos ir de lo particular a lo trascendente. Por ejemplo, la birra que tenés en la mano.
—¿Qué pasa con la birra?
—¿Pensaste alguna vez el camino que hizo?
—¿Eh?
Chasqueé la lengua, y sin darme mucha cuenta tonteé con el dedo índice dentro de la narina izquierda, a la caza de un moco rebelde que no me dejaba pensar.
—Alguien metió esa botella en la pasteurizadora. Supervisó el lavado y el desinfectado. La botella estuvo en una cinta transportadora, en la máquina embotelladora. Una fila india interminable, miles de botellitas diarias, una atrás de otra, que reciben el chorro de cerveza bajo la mirada atenta de un empleado que, con una mano apoyada en el botón de emergencia, solamente vigila que el orden establecido no se subvierta. Después de eso, en la siguiente parada de la cinta, la remachadora de chapitas le mete la tapa. Otro androide adormecido, embrutecido por el chasquido rítmico, controla el proceso, no para asegurar su continuidad, sino para estar listo para interrumpirlo si algo se pervierte, porque lo principal es no parar la máquina, pero si se jode el invento se pasa automáticamente al control de daños.
—Me estás quemando el cráneo —Manuel vuelve a encender su porro, y me mira, como pidiendo que siga.
—Después de eso, alguien la puso en un cajón de treinta botellitas. Alguien la estibó, la almacenó junto a sus veintinueve compañeras de azar. Alguien la despertó de su sueño, la puso en un camión. Alguien la trajo a este antro de mierda, y alguien la recibió, la metió en un sótano lleno de ratas o cucarachas, hasta que la volvió a buscar para ponerla a enfriar. Después, el mozo la arrancó de su hibernación, la puso en esa bandeja roñosa que parece una moneda de cien mil pesos, te la puso enfrente y la destapó. ¿Lo habías pensado?
—Nunca. ¿Y entonces?
—Entonces es cuando la botella deja de ser un proceso y se vuelve brutalmente singular. De golpe cobra identidad, y no es más un elemento de una cadena, sino tu cerveza. La tuya, fresquita y burbujeante. La que, dentro de diez minutos será tu orín.
—Sigo sin saber a dónde vas, pero dale.
—No voy a ninguna parte, Manuel. Pasame el porro.
Fumo, mirando distraído como dos niños corren entre las mesas. La madre, una mujer bella, mediando la cuarentena, lleva un pañuelo naranja que hace de vincha, sosteniendo una pelambre negra y rizada que sale de la frente hacia atrás, y cae sobre los hombros descuidadamente, acariciando la tela con sus puntas florecidas. Viste un enterito de jean, desgastado y todo manchado de pintura. Sobre la mesa, su mano se toca disimuladamente con la de un hombre rubicundo y sanguíneo. Grandote, de aspecto bobo y noble.
Una de esas parejas preciosas, pero en las que no se entiende qué carajo hacen el uno con el otro.
—¡Gabriel! —grita—¡No le pegues a tu hermano!
Gabriel es un niño de unos ocho años. Desde la observación ajena, tranquilamente puede ser un producto cartesiano de los dos seres humanos de la mesa de al lado. Es rubión como el padre, y de huesos pesados. Tiene los mismos ojos azules carentes de expresión, que deberían ser hermosos, pero terminan resultando vacuos, y los bucles sensuales de su madre, que tropiezan inevitablemente sobre los hombros. Sería igual de bello que ella, si no fuese porque algo se tuerce al llegar a su boca. Es un niño, sí, pero esconde dolor cuando aprieta los labios.
—Jesús. ¡Jesús! ¿Dónde estás?
Regreso a mi cuerpo, que continúa en la mesa con Manuel, quien me está invocando.
—No seas plomo. Estoy acá.
—¿De qué iba todo ese rollazo de las botellas?
—Quiero que entiendas cómo las cosas se transforman. Quiero que comprendas el proceso mediante el cual una vaca que pastaba se transformó en la hamburguesa que te acabás de comer. Quiero que incorpores la noción de que un polvo triste de una noche de marzo se transformó en ese pibe que ves ahí.
—¿Y para qué querés todo eso?
—Para que no te atormente lo que vas a ver.
Manuel vuelve a encender el porro, que se apagó nuevamente mientras le hablaba. Me mira un poco chino, por entre los ojos enrojecidos de venitas.
—¿Cómo sabés que me va a atormentar?
—Yo sé todo.
Dejo que mis palabras vibren. Miro a los ojos a Gabriel, en el mismo instante en el que el camión de Pepsi dobla la esquina.
Asiento.
Gabriel asiente.
El camión se acerca.
El hermano de Gabriel le tira del pelo, y escapa por su izquierda.
Gabriel lo persigue.
Se tuerce un tobillo en el cordón de la vereda.
Cae al empedrado, perfectamente sincronizado con el camión repleto de latas de Pepsi.
La rueda le aplasta el cuello.
Manuel abre los ojos, procesando la invasión de adrenalina que, súbitamente, le quita todos los efectos de la marihuana. Jurará, durante el resto de su vida, que pudo ver cómo el alma de Gabriel abandonó el cuerpo siniestrado. Jurará que vio surgir dos alas blancas debajo de sus hombros. Jurará que Gabriel lo miró a los ojos, tranquilo, asumiendo su destino. Y jurará, por último, que cuando me buscó con la mirada, yo ya no estaba allí.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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