Al entrar en el consultorio, lo primero que vi fue el peluche. No porque yo sea especialmente observador, sino porque desentonaba tan poderosamente que era imposible no verlo. Podía adivinarse que había sido esponjoso y peludo, pero estaba muy desmejorado, lleno de pegotes que apelmazaban su otrora sedoso pelaje. Daba asco, la verdad. El consultorio estaba impecable, brillaba y relucía, y no había absolutamente ningún objeto que no ocupase precisa y exactamente el espacio que la doctora había designado específicamente para tal fin.
Así que el peluche destacaba como un charco de barro en el suelo de un quirófano. Profanaba el ambiente, ofendía los sentidos y me desconcentraba.
—¿Preferís el diván o el sillón?
Su lenguaje corporal pedía a gritos el sillón, y confieso que en mi fuero interno lo prefería, pero alcancé a pensar que, probablemente, desde el diván no viese los pegotes blanquecinos en el pelaje del peluche.
No era casualidad que estuviese ahí. Me refiero a mí, no al macaquito. Tengo obsesiones compulsivas. No puedo detener mi mente, y es algo que al final del día resulta extenuante.
—El sillón, gracias —murmuré, con la vista fija en el peluche.
—Decime.
Me aclaré la garganta, alternando la inspección de las obras completas de Freud —toda una declaración de intenciones— con los grupos de pelitos pegados por esa sustancia que se apreciaba viscosa, y los preciosos patrones de hilo tejidos, probablemente con aguja de crochet por alguna abuela ignota, que decoraban la mesita del centro. El aspecto de la doctora oscilaba entre una mujer sexualmente activa y una abuela sensual, lo que me causaba una ambivalencia difícil de gestionar.
—Un poco lo que le dije por teléfono, doctora.
—Carmen —interrumpió, ofreciéndome una sonrisa benévola, que la hacía parecer un poco menos mujer y un poco más señora.
—Carmen. Claro, Carmen. Lo que le conté por teléfono, Carmen.
—Podés tutearme, no soy tan vieja —volvió a interrumpir. En mi mente, llevábamos cuatro cármenes entre los dos, sin haber conseguido avanzar un milímetro.
—Como te conté por teléfono, Carmen —cinco—. No puedo con mi cabeza. No paro de registrar detalles y contabilizar cosas. Me agota.
—¿Qué te pasa ahora, querido? Me da la sensación de que hay algo que te distrae.
Sopesé por un instante confesarle que no podía procesar la espantosa falta de idoneidad del peluche en medio de su consultorio, pero me incomodó profundamente la sola idea de decírselo, de siquiera mencionar su existencia.
—Nada, nada, no te preocupes. Estaba… solamente imaginando cuántos libros hay en esa estantería.
—Mil seiscientos doce —respondió, sin titubear—. ¿Te alivia saberlo?
—Bastante —reconocí—. ¿Estás segura de la cantidad exacta o me estás dando un número para que me tranquilice?
—La pregunta no es esa. La pregunta es si vas a aceptar mi palabra, y seguir adelante sin pensar en los libros, o vas a aferrarte a la idea de que te estoy dando un número inventado para ofrecerte tranquilidad. En la práctica, la verdad es irrelevante.
—No irrelevante. Para nada —no podía evitar mirar al peluche—. Saber que son mil seiscientos doce me daría paz.
Hizo lo que hacen muchas veces los psiquiatras: nada. Me miró, con cierta dosis de simpatía aséptica. El difícil equilibrio de su aspecto entre ser un sujeto de deseo sexual y una abuela bien conservada me hacía aún más difícil concentrarme.
Pero sobre todo me mataba el peluche.
Era asqueroso.
No pude tolerar más el silencio.
—No importa, en realidad —sí que importaba. Importaba un montón—. El tema es que no me aguanto a mí mismo, doctora. Carmen. Y elegí psiquiatra y no psicóloga porque me gustaría que me medicaras. Necesito volver a poder dormir.
—No es tan sencillo. Para medicarte tengo que entender qué te pasa, y entonces decidir si es un problema a tratar con medicación o simplemente con terapia. Vas a tener que abrirte y ser sincero.
—Estoy siendo sincero.
—No del todo. Hay algo que te molesta y que no me estás diciendo.
Miré al suelo. El peluche tenía una presencia insultante.
—Son los libros.
—¿Qué les pasa a los libros?
—Están demasiado ordenados.
—¿O sea que mi criterio de orden te molesta? —levantó una ceja.
—No, no, para nada. No es tu criterio de orden. Quizá es que es demasiado pesada la evidencia de que la posición de los libros en la biblioteca no puede ser en ningún caso producto del azar. Están así por una razón. Puede que esa razón sea tu criterio, y puede que no. Ahora mismo necesito saber si hay un patrón absurdo detrás de eso o si es solamente un azar dirigido.
No respondió. Yo miré al peluche fijamente.
Tras esa primera sesión, me fui con un sentimiento de fracaso. No me había dado pastillas para dormir, pero tampoco habíamos avanzado en otros frentes.
Y a mis tribulaciones habituales se había agregado el tormento del peluche.
Lo miré durante esa sesión, y durante casi todo el otoño. En cada una de las siguientes dieciséis, mi centro de atención pivotaba del peluche, que además de pegoteado cambiaba de posición, a la difusa doctora, que unos días era deseable y otros querible. Era evidente que el muñeco tenía un propósito. En una sesión estaba bajo la mesa. A la siguiente, a los pies del diván. Una vez bajo la ventana. Otra cercano a la puerta.
Yo seguía sin dormir.
Carmen continuaba arremetiendo contra mis molinos de viento.
¿Qué quería decir un peluche asqueroso en una habitación tan impoluta? ¿Por qué una persona tan metódica y ordenada no lo ponía simplemente en el lavarropas?
Los segmentos de cincuenta minutos de mirarnos con astucia se encadenaban, y no había progreso alguno. Sin embargo, no podía simplemente renunciar a la terapia. De alguna manera necesitaba entenderlo.
Hasta que, en la sesión número diecisiete, al entrar, me dejé por descuido la puerta apenas entreabierta. Carmen no lo notó, y empezamos la esgrima lingüística habitual, dando vueltas al elefante en medio de la habitación, pero sin nombrarlo.
Entonces escuché un arañazo en la puerta, y entró.
Era un perrito de mierda. De esos perritos de vieja, chiquititos, peludos y con el morro lleno de babas repugnantes. Irrumpió en la habitación con esa energía espantosa que tienen esos bichos, moviendo el rabito a toda velocidad y contoneándose de forma ridícula.
Sin apenas tiempo para que ninguno de los dos reaccionara, se abalanzó sobre el peluche, y comenzó a sodomizarlo con entusiasmo.
Entendí todo.
Era leche de perrito de mierda.
Le pagué la sesión y me fui para no volver, sin dejar de preguntarme por qué mierda la verdad es, algunas veces, de tan mala calidad.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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¡Pilo!
Tenemos que abrir un taller de « esgrima lingüística» (¿habitual?)…
Me pregunto si no habría demasiados heridos… 😉