Los golpes del martillo en el yunque pautaron mi vida. De niño pasaba las tardes junto a la fragua de mi padre. Él, desnudo de la cintura para arriba, las manos nudosas enfundadas en gruesos guantes, empuñaba sus herramientas que, en los fuertes dedos, parecían palillos de mondarse los dientes. Recuerdo que sudaba como un caballo con los movimientos poderosos del brazo, y el golpeteo sincopado me hacía sentirme seguro y querido.
Yo jugaba con una rama, una piedra o cualquier pedazo de hierro escapado de la forja, observando el debate secreto entre las chispas y el acero. En silencio o, a veces, ensayando en susurros diálogos imaginarios de personas inexistentes, personajes inventados que visitaban la herrería. Caballeros andantes y damas de altivo porte, de esas que no bajan la mirada del punto de fuga de su propia nariz.
De niño fantasioso y enclenque, me transformé en un adolescente monumental. Tan pronto como fui capaz de relevar a mi padre en la forja, lo hice a diario, sin preguntarme la diferencia entre mi deseo y mi destino. El martillo, potente, seco, pesado, me templó el carácter, y no hizo otra cosa que pautar el compás de mis ensoñaciones, de los ratos eternos en los que, frente al silencio pétreo de mi padre, mi mente escuchaba las historias escondidas en el hierro, sobre amores y rescates, castillos, dragones y caballeros. Siempre fui más fantasioso que original.
Mi padre me quería sin decirlo, y no me preguntaba nada.
Los días, escurriéndose tras sus monosílabos, se hacían semanas y meses como si nada, mientras yo sumaba horas y horas embruteciéndome al calor, golpeando hierro, batiéndolo sobre el yunque.
Un lunes cualquiera de un abril cualquiera, Mercedes llegó.
Se bajó del carruaje de su padre, recogiendo con la mano izquierda sus pollerines de volantes, para evitar que se manchasen de barro y mierda de caballo. No levanté la vista del martillo y el yunque hasta que su voz, como huida de alguno de mis laberintos retóricos privados, partió la tarde, espantando a los duendes que danzaban alrededor del fuego.
Lo primero que me topé fueron dos ojos lánguidos, tristes y dulces, custodiando con hidalguía una nariz ligeramente torcida, matizada de pecas, y una sonrisa pequeña, vergonzosa, atrapada en el rostro por un instante fugaz.
Sentí, inmediatamente, cómo mis mejillas se incendiaban, y fui al instante prisionero de un profundo deseo de martillarme los dedos, de pulverizar mis rodillas, de fundir mis tripas junto al acero. Me contó su historia.
Por presumir de ella ante sus amigas, Mercedes, había perdido a manos de rateros una pieza de arte elaborada en hierro forjado, muy preciada para su madre. Venía a suplicarle a mi padre, conocido por su calidad como herrero, que le hiciera en secreto una copia de sustitución.
La escuché, dividido entre sus palabras y mis tormentos.
“¿Está tu padre o no?”. Regresé al presente.
“Voy a buscarlo. Espere, por favor”, dije, mirando al suelo de tierra.
Mi padre aceptó el encargo.
Durante las siguientes semanas, ella pasaba largos minutos cada dos o tres días en la fragua, detallándole a mi padre la pieza perdida. Él, con sus enormes manos de bruto, hacía el milagro de dibujarla una y otra vez, ganando precisión y detalle, y devolviendo de a poco la alegría al rostro hermoso de Mercedes.
Mediada la primavera, llegaron al diseño definitivo.
“La semana que viene estará lista”, se despidió mi padre. Ella, agradecida, le regaló un ramo de pensamientos que había arrancado de su propio jardín, y se subió, esperanzada, al carruaje.
Mi padre murió esa tarde. Simplemente fue a echar una siesta y ya no se levantó.
Mercedes me encontró, cuatro días más tarde, llorando, con la fragua apagada y estudiando los diseños.
Se deshizo en lamentos. Realmente había empezado a apreciar a mi padre, con su rudeza y su ternura noble, con sus brazos enormes y sus dibujos lentos.
No sé por qué ni cómo pasó, pero aun sabiendo que mi condición de aprendiz no me facultaba para ello, le prometí que, de todos modos, haría la pieza.
“Voy a necesitar que vengas, que estés aquí para decirme si voy bien”, mentí.
Ella aceptó.
La segunda tarde que pasamos juntos, comencé a darle forma al vástago.
Ella no perdía de vista ninguno de mis movimientos, vigilante. Nervioso, erré un golpe sobre el yunque. El martillo, como burlándose de mi incomodidad, rebotó contra el yunque con una fuerza desproporcionada. Casi por instinto, ella puso la mano en mi antebrazo. “¿Estás bien?”, preguntó, mirándome con decepción.
Intenté decir que sí.
Las tardes pasaban, y mis intentos por forjar la pieza descrita en los dibujos de mi padre fallaban uno tras otro.
Mercedes, que al principio se esforzaba por ocultar su decepción por mis avances, poco a poco perdía la paciencia. Se irritaba y se la veía incómoda en la fragua, mientras yo maltrataba la materia y fracasaba en mis intentos de entablar una conversación interesante.
Varias semanas después, a mediados de junio, Mercedes llegó más tarde de lo habitual. Bajó del carruaje sin hacer ningún esfuerzo por protegerse del barro, y no se molestó en disimular el asco que le daban las moscas y el olor del estiércol.
“Mi madre ya lo sabe”, me dijo, con rencor en la voz. “No hace falta que lo siga intentando usted”.
Solté el martillo y me quité un guante. “Deme un poco más de tiempo”, pedí. Murmuró un “gracias” rencoroso, dejó un doblón de a cuatro sobre el mostrador, y sin volver la vista, se subió al carruaje.
La pieza, tosca y fea, da testimonio de que nunca seré ni la mitad del herrero que fue mi padre. La instalé sobre su lápida, y ocasionalmente, la uso para dejarle un ramo de pensamientos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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