Salimos del hospital los cuatro juntos, al montón. Mi hermana Analía, la menor, lloraba a empujones y haciendo pucheros. Ester, la más grande, se esforzaba en poner cara de nada, mientras apretaba una mano a Analía, y con la otra buscaba la seguridad de mi tía Arminda.
Cruzamos el semáforo como una fila india torcida, chocándonos entre nosotros. Mi papá se quedó en el hospital, para acompañar a mamá, así que nos fuimos con la tía, para pasar con ella la tarde, y también la cena y la noche.
Cuando entramos a casa, que por suerte no estaba muy lejos del hospital, Analía solamente moqueaba, limpiándose la nariz con la manga, y Ester le hablaba bajito. Yo no las escuchaba porque la tía Arminda hablando sin parar desde que habíamos salido del hospital.
—…y la pobre Julia, con la ilusión que tenía, hay que ver, no hay derecho a que pasen estas cosas. Si es que tu madre se lo merece todo, es más buena que nadie. Yo no sé cómo Dios lo permite…— a esa altura, yo ya me había calmado, y en realidad solamente deseaba que se callara de una puta vez.
Esa mañana, antes de que pasara todo, mamá se había enojado mucho con nosotros. Ester no quería darme el control remoto de la tele, y nos peleamos, como pasaba todo el tiempo. Yo la agarré del brazo, y entonces Analía me saltó a la espalda y empezó a tirarme del pelo mientras gritaba.
Intentando deshacerme de ella, giré, dando un par de vueltas, y la petisa fue a estamparse contra la tele nueva. Y las teles nuevas estas finitas, cuanto más grandes más fácil se hacen mierda.
Mamá vino corriendo con el ruido, y nos agarró de las orejas a Ester y a mí. La panza ya se le notaba bastante.
—¡Basta, basta los tres, son insoportables! ¡Y otro en camino, la puta que los parió! — se quejó.
Nosotros empezamos a gritar, y entonces papá salió de la oficina a los gritos.
—¡Qué carajo pasa en esta casa, que no se puede trabajar!
Al ver el destrozo, se le enojó de golpe la cara.
—Lo único que tenés que hacer es vigilar tres mocosos y ni eso podés. Me doy vuelta y es todo un quilombo. Sos más inútil que a propósito, Julia.
Mamá empezó a llorar. Nos soltó las orejas y se fue al cuarto. El portazo que pegó retumbó en toda la casa. Papá nos miraba con los ojos rojos, y se volvió a meter en la oficina. La casa quedó silenciosa, pero podíamos oír, por debajo de la puerta, el llanto de mamá. Se notaba que lloraba tratando de que no nos demos cuenta.
A los pocos minutos la oímos gritar. Fuimos corriendo, Ester y yo, y papá y la tía Arminda, que duerme en el altillo. Mamá lloraba de pie al lado de la cama, y la sangre chorreaba entre sus piernas, manchando toda la pollera de volados que es su preferida.
Para cuando llegamos al hospital la única que lloraba era Analía. Mamá estaba muy blanca y triste, y la tía Arminda nos dijo que la dejaban internada para curarle la tristeza.
La tía Arminda nos dijo que nos quedáramos quietos, y fue al dormitorio de papá y mamá con un balde y unos trapos para limpiar la sangre.
Ester y yo nos empezamos a pelear bajito. Ester me decía que la culpa de que se hubiera muerto el hermanito era mía por romper la tele.
De golpe oímos gritar a la tía Arminda, así que fuimos corriendo al cuarto, y la encontramos de pie junto a la cómoda, pálida, el cajón abierto y todo manchado.
Tenía en las manos dos agujas de tejer, ensangrentadas, y lloraba temblando.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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