El cuadro del Cacique Mapuche que estaba en la oficina del Gerente me intimidaba.
Es verdad que la situación en que lo veía —esporádica por demás—, solía ser cuando el Gerente me llamaba para cagarme a pedos. Normalmente, para más inri, ocho de diez veces estaba yo fumado desde la nuca a los talones. Para ser sincero, lo que me perturbaba el karma era que, mientras el Gerente me reprochaba los sucesivos descuidos, torpezas y llegadas tarde, el Cacique me miraba a los ojos, enmarcados en dos cejas gordas y nobles de casi grotescas. La mirada era profunda, tallada en bosque. Se podían seguir en sus ojos rastros de raíces profundas, senderos de animales asustados, llanuras de arco y flecha. Y en esa mirada había —o yo interpretaba— de todo. Un poco de reproche, pero no de la misma índole del reproche gerencial, sino uno más profundo, que hablaba de qué hacía con mi vida, trabajando en un Carrefour a los treinta y siete años. La otra parte del reproche del anciano mapuche tenía que ver con el uso irrespetuoso de la pipa de la paz. No era que estuviese mal fumar porros, para nada, pero el hecho de hacerlo con fines lúdico-recreativos parecía, en su mirada pintada, despojar un acto ritual de toda nobleza, banalizándolo por completo.
La última vez había sido porque Alicia, la reponedora de Pepsi, había venido con un top celeste ajustadísimo. Yo justo volvía de la pausa del almuerzo, y entre el Rata y yo nos habíamos clavado un porro y una tuca. Entré al depósito y ahí estaba ella, estibando botellas de Pepsi Max a saltitos, en un esfuerzo por llegar a la estantería alta, y en ese bendito esfuerzo, sus pechos rebotaban con generosidad y alevosía.
—¡Epa! —grité— ¿Todo eso es tuyo?
Ella se había reído, y una cosa llevó a la otra, y nos fumamos el medio porro que quedaba. Entonces se levantó el top, y me preguntó si quería verlas de cerca, justo para que el encargado me encontrara hundiendo la nariz entre los dos melones como un chancho que busca trufas.
El Gerente esa vez no me echó, pero notificó al distribuidor de Pepsi y me suspendió una semana sin sueldo.
El Cacique, juraría, había sonreído un poquito mientras el gerente gritaba.
Ayer, lo que pasó fue que, sin querer, mezclé los fideos para celíacos con los de toda la vida, que ya me dirán ustedes a quién mierda le importa, si total las etiquetas dicen así de grande que si sos celíaco compres este que vale como cien pesos más, o te morís.
La cosa es que el gerente se calentó, como siempre. Me hizo venir a su despacho. Yo, para variar, iba fumado como un ornitorrinco, y encima no me dijo que me siente, así que me quedé parado, y me sentía como uno de esos muñequitos con plomo en la base que se balancean sin ton ni son, y lo veía a él como si fuera Guillermo Nimo en el video ese de los Decadentes, que le grita al hijo mientras fuma un cigarro con boquilla, y hace así con el dedo. El Cacique me pareció que se iba a cagar de risa en cualquier momento, y yo intentaba concentrarme en el bigotito de mierda del gerente, que no sé por qué todos los petisos resentidos se dejan bigote.
Al final, en el medio de la filípica que me estaba lanzando, el Gerente cambió de idea y decidió despedirme de una vez por todas, que yo no tenía remedio y que esto iba a seguir pasando hasta la puta que lo parió, y que no lo dejaba vivir, que entre la histérica de su mujer, los retrasados de sus hijos y los imbéciles a su mando en el supermercado, la vida termina siendo un sinvivir de mierda.
—Quedate acá, González —me dijo, irritado—. Voy a recursos humanos a pedir que preparen tu liquidación, y después no te quiero ver más.
—¿Puedo sentarme? —pregunté, todo lo contrito que pude, aunque en realidad estaba aguantándome la risa.
—Si.
Se fue, dando un portazo que me produjo un inmenso alivio. En cuanto salió, me reí con la risa tonta esa de los porros, sacudiendo un poco los hombros.
—¿De qué te reís? —preguntó el Cacique.
—De nada. Perdón —dije—. Es que me tiene las bolas llenas.
Me miró profundamente, y pude ver la decepción en su cara.
Como buen mapuche que soy, me preparé para escuchar un sermón sobre la imagen que damos, que cómo queremos que nos tomen en serio en la sociedad si al final somos siempre los mismos. Las cosas que me decía mi papá.
En lugar de eso, me dijo:
—¿Te queda porro?
—Un poco.
—Pasá.
Encendí lo que me quedaba en el bolsillo, y después de meterle tres o cuatro caladas profundas, se lo tendí, mientras aguantaba el humo en mis pulmones.
El Cacique sacó un brazo por el costado del marco, cazó el faso y fumó con avidez.
—¡La puta, que bueno! —dijo, sonriendo.
—Ta mortal. Fume tranquilo, Jefe.
Siguió fumando, mientras yo le hacía una suerte de venia con la mano derecha, y empezamos a hablar de cómo nos ven los blancos, y de lo imbécil que es el Gerente. Me contó que estaba preocupado, porque no entendía qué carajo hacía colgado en el despacho de un tarado semejante.
Cuando me volvía a pasar el porro, el gerente abrió la puerta.
—Ya está tu liquidación, González… Pero, ¿acá que carajo pasa?
—Nada —respondió el Cacique—, solamente hablábamos de lo hasta los huevos que nos tenés. ¿Faso? —invitó, tendiéndole el porro.
El Gerente se puso rojo. Rodeó el escritorio, ignorando al Cacique, y se sentó frente a mí. Empezó a hacerme firmar como mil papeles distintos, mientras yo me seguía fumando el porro y el Cacique se burlaba de la calva que tiene el gerente en la coronilla.
Ahora ya no trabajo más, tengo el cuadro colgado en el living de casa, y todas las tardes el Cacique y yo fumamos juntos, mientras vemos la prensa rosa y nos reímos de los blancos. Su presencia ya no me intimida.
Hablamos del orgullo y el placer que da dejar de ser parte del sistema mientras probamos nuevas formas de quemar maría.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


