–Por una vez, quisiera verte tener un orgasmo sin culpa–protestó, mientras sus tetas se sacudían, pesadas, como dos frutos jugosos que, no por conocidos, dejaban de ser encantadores. El bamboleo, incesante y rítmico, me distraía tanto, pero tanto, que me costó muchísimo dejar de mirar para comenzar a escuchar.
Mi erección sucumbía a toda velocidad, precipitándose desde el borde de un polvo triste, y de a poco la conciencia volvía a ser limpia, flamante y centrada por encima de la línea de sus clavículas, lejos de los pezones magníficos.
–No sé de qué hablás.
–Hablo de vos, de tu silencio traidor, de tu cara de boludo. Hablo de que no estás acá. A veces me parece que estoy cogiendo sola, pelotudo.
La empujé suavemente, para liberar mi cadera del abrazo doble de sus muslos, buscando un respiro. Le di la espalda, sabiendo que eso la enfurecía, y me fui al baño, con mi virilidad marchita como un colgajo inerte que me despojaba de toda dignidad. Alcancé a pensar que menos mal que ella me estaba viendo las nalgas desinfladas y no la pija exánime, aún amortajada en un condón con leche.
La desnudez es magnífica en medio del deseo, pero en el transcurso de una pelea es humillante. Cuando volví, pensando más en recuperar mi hombría, arrastrada por el suelo entre los calzoncillos manchados de líquido preseminal, ella fumaba en silencio, impersonando la soledad. Los brazos descansaban sobre sus tetas desnudas, y ese pensamiento fue suficiente para hacerme temer que la visión espléndida de su feminidad expuesta me impidiera, una vez más, el contacto emocional con su parte furiosa.
–¿Qué querés, Esmeralda? Si ya sabés cómo soy, ¿para qué esperas otra cosa? ¿Soy yo el que tiene que encontrar la forma de darte lo que no existe, o sos vos la que tiene que dejar de esperar milagros?
Me miró con desprecio. El humo entorpecía, aún más, si cabe, la comunicación. No por sus cualidades tóxicas, de sobra conocidas, sino por la precisión con la que nublaba el contacto visual entre los dos.
–¿Sabías que por estar con vos dejé al flaco López? ¿Sos consciente, forro, de que podría estar mucho mejor sola? ¿Pensás alguna vez que me levanto como una estúpida a hacerte un café cuando dormís en mi casa, y que vos no hacés lo mismo por mí cuando me quedo yo en la tuya? ¿Se te ocurre considerar que te la chupo hasta que me duelen los maseteros, y vos apenas intentás darme placer? Parecés un perro lamiendo un charco cuando bajás al pozo.
–No sabía que era para tanto.
–No sabías…
–No. No sabía.
–Ahora lo sabés. ¿Qué vas a hacer con eso?
Decidí dejar que el silencio se instalara nuevamente entre los dos, que las bocanadas finales de su Parisienne deviniesen en cenizas. Aspiró, y apagó la colilla en un cenicero repleto, antes de buscar, con lágrimas en los ojos, el reflejo de algo similar en los míos.
No sirvió de nada, porque enseguida encendió otro. Sorbió la nariz y pude sentir el desprecio crecer en su mirada.
–No voy a hacer nada, Esme. Sabés que no voy a hacer nada. Sabés que no puedo.
–No me juegues la carta del inválido emocional. Me tenés hasta las tetas con esa mierda. Escuché tantas veces tus quejidos de macho sensible disfuncional que me los sé de memoria. Si hace treinta años que tu discapacidad emocional te impide amar, fijate bien. Podés ser un pelotudo.
El retintín con el que pronunció discapacidad emocional me hizo daño. Intenté pensar en una réplica aguda y que la castigara, pero no se me ocurrió nada.
–Sabés que es mucho más complejo que eso, que soy un tipo complejo. Sabés que me esfuerzo, que lo intento.
Hizo una pausa. Volvió a chupar el cigarrillo.
–Bueno–dijo–. Si es así andate. Vestite y tomátelas. No te quiero volver a ver.
Giró la cabeza como un gato egipcio, y me negó la mirada, ignorando con placer felino cómo yo envainaba mi orgullo herido en ropa de calle.
Mientras me ponía la ropa, tres o cuatro veces intenté hablar, pero algo atrapado en mi garganta impedía la emisión de sonido.
Dejé mis llaves sobre la mesa de luz, con un tintineo metálico de renuncia.
Cuando encaré la puerta, pude oír que lloraba.
Salí a la calle.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


