Vomitar siempre produce alivio.
Especialmente cuando uno es un borracho. Y yo lo era. Al menos entonces.
Había vomitado previamente de cien formas distintas, y debido a un millar de causas diferentes, todas en concordancia con el arte de beber hasta caerse.
Pero esa vez no fue como las otras, y por eso merece ser contada.
Retrocedo.
La noche anterior me había dado a los elíxires habituales, los baratos del bar de la esquina de casa. Una fonda sórdida y sucia, en la que las putas y los borrachos disimulábamos, unos para solaz de otros, la verdadera naturaleza de nuestros asuntos.
La ginebra estaba especialmente mala, y los raspones de mi garganta me recordaban a la caja de arena de mi gato. Viruta, amoníaco y mierda.
Ella se acercó desde atrás, por mi lado izquierdo. Apenas la percibí cuando el chirriar de las patas de su taburete llamó mi atención. Se sentó demasiado cerca para ser casual.
Me miró.
Tenía ojos bonitos. De un marrón caca vulgar que atrae a las moscas, pero de forma femenina. Las pestañas tenían pegotes del potingue ese que se ponen las mujeres, y embadurnadas así, se sacudían como las patas de una araña que se ahoga, y lucha por su vida.
–Vos sos para mí– abrió.
La miré, durante dos segundos de más, calculando si disponía yo de los fondos necesarios para permitirme un revolcón decepcionante. Decidí que no.
–No te equivoques, preciosa. Mi veneno es este, no ese– dije, señalando primero el vaso y luego su entrepierna.
–Te equivocás vos. No soy preciosa. No estoy trabajando.
–¿No?
Confieso que despertó mi interés. En mi estado, borracho, sin afeitar y con el pelo sucio, me resultaba tremendamente inverosímil que ella se fijara en mí de manera orgánica.
–No. Mi ciclo de fecundación ya empezó. No hay tiempo. Mis sentidos te señalan como un donante adecuado.
–¿Eh?
De repente, la niebla del alcohol pareció disiparse. Volví a mirarla. Tenía una cintura fina, piernas largas y la boca pequeña. Era todo un cliché de femme fatale, imposible de rechazar.
–Necesito que me fecundes. ¡Camarero! Sírvanos dos de su mejor whisky. Deje el recipiente sobre la barra.
–¿Me estás jodiendo?
–Yo no jodo.
La observé de nuevo, más detenidamente, y pude sentir la respuesta hormonal de mi cuerpo. Me calentó. Y ella sabía que no podía perder.
–¿Cómo es el trato?
–Te podés tomar todo el whisky que quieras, mientras no pongas en riesgo tu capacidad de consumar. Subimos a tu casa. Sí, sé que vivís acá al lado. Mantenemos todos los encuentros sexuales que tu capacidad física permita antes del amanecer, sin envolver tu pene en látex ni ninguna otra barrera biológica. Eyaculación interna. Mañana nos olvidamos el uno del otro. ¿Trato?
Ojalá hubiese sido verdad. Lo de olvidarnos para siempre, quiero decir.
Algo en su manera de hablar no permitía posibilidad alguna de que yo me negara.
Nos tomamos seis vasos. Y nos fuimos a mi casa con paso etílico, apenas hablando. Era extraño, porque no había sensualidad alguna en sus movimientos. No se insinuaba, no aparentaba deseo.
Apenas cruzamos la puerta, se desvistió eficientemente, ignorando los ceniceros repletos, el suelo mugriento, las cajas de pizza grasientas que, abiertas, mostraban los bordecitos masticados y mohosos. Entró, ya desnuda, a mi dormitorio. No parecieron importarle las sábanas pringosas, ni la ausencia de cortinas, ni la ropa sucia amontonada sobre la butaca despellejada del rincón.
–Desnudate– ordenó.
Lo hice, e inmediatamente me sentí inerme. La situación no tenía el menor erotismo, y mi compañero de viaje dormía sin gloria. Suavemente, pero con firmeza, me tendió sobre la cama.
Se acaballó sobre mí, frotándose, hasta que por pura mecánica del cuerpo, respondí.
Entonces inició un vaivén rítmico, totalmente desprovisto de amor. Sin otra finalidad que obtener mi semen.
La operación se repitió dos veces más.
Y me dormí.
En medio de la noche, abrí los ojos. Me pareció que, en los suyos, dos hogueras ardían en silencio. Estaba vestida, de pie, a mi lado.
–Estás fecundado– rugió. La voz fue grave, masculina y vibrante.
Incapaz de responder, me limité a mirarla salir de mi departamento, mientras el sueño me volvía a vencer.
Tres días después, cuando el sol rompió los límites de mi ventana, todo parecía un mal sueño, menos el ardor del tracto digestivo, abrasado por la bebida, y la sensación de ligero picor genital que suelo tener después de la actividad sexual.
Sentí pánico.
Al abrir los ojos, mi vientre abultado no mentía. Tenía un embarazo a término latiendo bajo la sábana.
Empujé la ropa de cama y me contemplé, desnudo, con el bombo inmenso latiendo como un corazón abierto, el ombligo, totalmente salido de su cuenca, expulsaba sus pelusas habituales como a inquilinos desalojados. En conjunto, teniendo en cuenta que soy un hombre bastante peludo, la visión del embarazo espectacular florecido de pelos negros era bastante inquietante.
Y llegaron las arcadas.
Se repitieron en sucesión durante varios minutos.
Me puse, como pude, a cuatro patas sobre la cama, y comencé a boquear como lo hacen los gatos cuando se tragan un ovillo de hilo, con la lengua tensa, doliéndome.
Pude sentir mi esófago abrirse, mi garganta dilatarse diez centímetros, como un canal vaginal de parto. Sentí que me ahogaba.
Un sabor agrio y desagradable ocupó mi cavidad bucal, forzándome un eructo ácido, y comencé a expulsar lo que parecía placenta y líquido amniótico, un torrente maloliente en cascada sobre el suelo, mezclándose con las cenizas del tabaco y los calzoncillos sucios. Las arcadas me sacudían espasmódicamente, desde el bajo vientre a la cabeza, y creía que iba a asfixiarme o que me iba a estallar la cabeza.
Necesitaba el alivio del vómito explosivo y total.
Entonces sentí descolocarse mi maxilar inferior, abriéndose como una flor en primavera, y pude ver salir por mi boca un engendro bestial de unos cuarenta centímetros, cubierto de babas viscosas y una sustancia blanquecina, como pomada de zapatos. Era un hexápodo, cubierto casi completamente por un exoesqueleto marrón oscuro, con púas que protegían sus seis rodillas, o codos, o articulaciones. A simple vista el género era muy difícil de establecer, así que no pude imaginar una enfermera sexi diciéndome algo como “¡Felicidades! Es una nena”. La cara parecía una mosca gigante, con pinzas filosas alrededor de las fauces, dientes repartidos y grisáceos y los cien mil ojos de Argos aglutinados en dos globos rojos.
Lloró como un bebé.
Respiró, llenó de aire los pulmones, y escupió una sustancia verdeamarilla que terminó de arruinar mi juego de cama.
A mí me caían las lágrimas, pero me sentí volver a la vida. El aire entraba nuevamente a mis pulmones, y todo mi tubo digestivo ardía como si lo hubiera tajeado, para después untarlo con wasabi.
Empezaba a pensar qué hacer con el bebé, mirándolo como si se tratara de un desperfecto temporal, cuando sonó el timbre.
En la puerta estaba ella, hermosa y terrible frente a mi desnudez ridícula.
–Hola. Vengo a buscar al nene –dijo, sonriendo–. Esta semana me toca a mí.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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