Tu silueta se recortaba en la ventana.
No una vez, ni dos. Todas las tardes. Todas las tardes de un verano olvidadizo. Mis hermanos y yo volvíamos de la playa, a empujones y risas, como un carnaval grotesco y privado, un chiste de esos que solamente le hacen gracia a quien lo cuenta.
Al pasar frente a tu casa, que era de esas con piedras en la fachada, no podía evitar preguntarme cómo encuentran tantas todas planitas que al final formen, al juntarlas, bordes perfectos. Y también si tu silueta seguiría en la ventana.
La casa era, sin paliativos, fea. Las cortinas tenían un color beige sucio, y un encaje que apenas se distinguía de las manchas percudidas en la tela.
Y vos estabas ahí, sentada al piano.
A veces, una melodía urgida se escapaba por los postigos mal cerrados. Otras, el silencio dejaba adivinar tus manos reposando sobre la sonrisa amarillenta del instrumento insomne.
Y yo te imaginaba a través de la cortina. Imaginaba tu pelo. Tus dientes que, separados entre sí, se peleaban con tu nariz, un poquito torcida, por el protagonismo de tu rostro.
El verano hablaba con un aliento a peces muertos que provenía de la bahía, exhalando un aliento de podredumbre tierna, fresca. Las vísceras puestas al sol atraían las moscas al puerto de pescadores, despejando así el aire de la ciudad, que respiraba el perfume de las margaritas que rodeaban el faro, ya en desuso.
Dos veces nos cruzamos, por casualidad.
La primera, yo salía de las maquinitas, donde jugábamos videojuegos con los oídos atronados por el gemido infame de cien altavoces discordantes, entre secreciones de dopamina y el vértigo inánime de lo nuevo.
Vos ibas de la mano de tu mamá.
Y me miraste.
Y tus pupilas cayeron en mi estómago, liberándome de una incógnita que me pesaba, hasta entonces, en el pecho: era cierto. A los varones nos gustan las chicas.
Tenías el pelo recogido en dos moños celestes, y nada en tu rostro dejó adivinar que me hubieras visto. Tu mamá tiró de vos, y te alejaste a paso firme.
Se me partió el alma.
La segunda vez, salías del supermercadito de la vuelta, y tenías en la mano un paquete de salchichas Vieníssima y un tarro de Savora.
Yo iba, como siempre, distraído mirando el suelo y contando baldosas.
Casi nos chocamos.
Me sonrojé.
Intenté sonreír, pero creo que todo lo que conseguí conjurar fue una mueca de espanto.
Esta vez sí, me miraste.
Cuando conseguí hablar, ya te habías ido.
El último día del verano, la playa estaba más ventosa que nunca.
No fue hasta diez minutos después de instalarnos en la arena, que noté que a escasos cuatro o cinco metros, vos, tu mamá y tu perro descansaban bajo la sombrilla.
Estabas preciosa.
Intenté hacerme ver. Grité juegos inventados a mis hermanos a sotavento, le supliqué al sol que te hiciera volver la mirada. Perseguí a tu perro por la arena. Me reí todo lo fuerte que pude, o que supe, pero me negaste la misericordia de una sonrisa.
Entonces, como invocado por un bálsamo sanador, un viento profético se hizo presente, y robó tu sombrilla, que voló, encabritada, hacia donde jugábamos mis hermanos y yo.
Vos y tu mamá miraron para este lado.
Yo, rápido y valiente, perseguí la sombrilla durante una eternidad de veinte metros o más, y la atrapé antes de que alcanzara el cordón de la vereda.
Te la traje, sonriendo como un lunático, muerto de felicidad por la oportunidad imprevista.
“Gracias pibe”, dijo tu mamá. Vos mirabas las olas, y no me dijiste nada.
Yo volví a mi toalla húmeda y sucia de arena sintiéndome un héroe.
Quise preguntarte dónde vivías, tu número de teléfono o al menos tu nombre.
No me animé.
Y acá estamos, treinta y siete años después, en una cafetería de San Telmo.
Eso me hace pensar que existe la justicia poética, que hubo una razón por la que la vida, o el destino, nos separó aquel verano.
Era para encontrarte hoy, de casualidad, doblando el cabo de la madurez, hermosa como ayer, en otras condiciones.
Ahora soy un hombre, y me animo a decirte todo esto. Leo en tu cara que esa espina de amor se te clavó tan profundamente como a mí, y que todo ocurrió para que tengamos una segunda oportunidad, definitiva y total, de encontrarnos y amarnos como si tuviéramos otra vez los once años de aquel verano.
—No digas pelotudeces. Allá viene mi marido— fue todo lo que dijiste.
Los vi pagar y salir del bar, agarrados de la mano, igualito a como ibas con tu mamá la tarde aquélla en que me incendiaste el alma.
Váyanse, está bien.
Ojalá se les vuele la sombrilla y no haya nadie para ayudar.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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