Ella era sus manos.
Unas manos magnรญficas, es cierto. Eran como pequeรฑos peces, volaban a su alrededor, trayendo continuamente el concepto al mundo, la verdad al sueรฑo y el mimo al cuerpo.
Unas manos terribles, tambiรฉn. Solรญa gesticular ampulosamente, con ansiedad, con vehemencia, haciendo que la idea detrรกs del gesto tuviera vida propia, un altercado permanente entre los dedos y el codo. Un silencio de puรฑos cerrados y uรฑas impecables.
El dรญa que nos conocimos, tardรฉ casi una hora en darme cuenta de que era muda, y no fue hasta que su hermana menor, Juliana, me pidiรณ que le hablase bien de frente, para facilitar la lectura de labios. Habรญamos salido de la presentaciรณn de la novela de un amigo comรบn, y fascinado como estaba por su mirada profunda, sus uรฑas romas y su nariz aristocrรกtica, no me habรญa atrevido a hablarle. Juliana y ella se compenetraban tanto en la forma en la que le hacรญa de intรฉrprete frente al mundo, que apenas se notaba.
Para cuando nos quedamos a solas, tres horas despuรฉs, y tras asegurarle a Juliana que me encargarรญa de llevarla a su casa al final de la noche, ya se me hacรญa natural la forma de sus sรญes y sus noes, dibujados en el aire con un alfabeto de dรญgitos blancos. No fue hasta que se cerrรณ la puerta del bar tras Juliana, que caรญ en la cuenta de que no sabรญa su nombre.
Se lo dije.
โMe siento imbรฉcil, pero no preguntรฉ tu nombre.
Ella riรณ en silencio, y luego, con ambas manos, empujรณ silenciosamente el aire entre ambos, dos o tres veces. โTranquiloโ, entendรญ. Se puso ambos puรฑos a los costados de los ojos, y desplegรณ ampliamente un rosario de dedos largos y finos alrededor de sus pestaรฑas, mientras abrรญa ambos ojos, escenificando un dos de oros alucinado y de color verde travieso.
Lo adivinรฉ al tercer intento.
Se llamaba Luz.
Asรญ de sencillo.
Aprendรญ a comunicarme a travรฉs de sus manos, pero no porque yo fuese especialmente tรกctil, sino porque ella sabรญa cรณmo hacerlo.
Esa primera noche, cuando el camarero nos invitรณ a salir porque estaban cerrando, me agarrรณ por los antebrazos y me llevรณ hacia la puerta. Una vez en la vereda, bajo las bombitas amarillas de un San Telmo apagado y con el aire envuelto en agua, me atrajo hacia ella. Me besรณ despacio, y me ofreciรณ la caricia lenta de sus manos en la nuca y la espalda.
El invierno alucinaba los besos entre nubecitas de vaho, y su silencio se tradujo en maravilla.
Me seรฑalรณ. Se seรฑalรณ a sรญ misma, y luego graficรณ dos personitas caminando juntas. Plegรณ ambas manos bajo su mejilla, pestaรฑeando de forma infinita y sonriendo.
โยฟQuerรฉs que pasemos la noche juntos?
Hizo que sรญ con la cabeza, y me besรณ con dulzura, explorando mi boca con una lengua que tanteaba su humedad, su fragancia oscura.
Caminamos del brazo. Ella, mirรกndome. Yo, hablรกndole de mis amores fallidos, de mi niรฑez feliz, de la ternura que me sobraba.
Al cruzar la puerta, hizo otra vez un gesto grande con la palma hacia mรญ, abierta, moviรฉndola hacia atrรกs y adelante.
โParรกโ.
Se quitรณ el abrigo, y despuรฉs la camisa. Me ofreciรณ sin pudor la visiรณn nรญtida de sus pechos. La ausencia de voz le daba a la escena una inocencia pueril, en la que no supe desenvolverme.
Atrapรณ mis muรฑecas, y con un gesto travieso, puso mis dos manos en sus tetas, invitรกndome a una cadencia circular.
Volviรณ a besarme, mientras yo la acariciaba, cada vez con menos inocencia y mรกs intenciรณn.
De nuevo me atrapรณ por los antebrazos, cosa que, poco a poco, yo empezaba a comprender que era su santo y seรฑa para tomar el control.
Me desvistiรณ despacio, mirรกndome con las pestaรฑas impรกvidas, con los ojos disparados de conceptos, y explorรกndome con las manos.
Cuando me hubo desnudado, me empujรณ sobre la cama. Me tocรณ el cuello, los hombros y los pezones con una suavidad que nunca habรญa experimentado antes. Se entretuvo en mi vientre, recorriรณ mi ombligo y volviรณ sobre sus pasos para inventariar mis costillas. En ningรบn momento dejaba de mirarme, y asรญ entendรญ que el retorno era a travรฉs de sus ojos. Ella interpretaba en mi gesto lo que me gustaba y me daba placer.
Sonriรณ, y entonces se dedicรณ a mi erecciรณn, que para ese momento ya era dolorosa. La tratรณ con suavidad y lujuria. Me recorriรณ la circunferencia y la longitud, me tocรณ y acariciรณ, suave y fuerte, con potencia y con parsimonia.
Leyรณ con sus dedos mi deseo, en los relieves venosos, en los pliegues de la piel, en mi centro. Se regodeรณ en el tacto durante larguรญsimos minutos, hasta que, despuรฉs de pedir mi permiso con la mirada, se trepรณ a mi cadera y consumรณ su propia urgencia sobre mi piel.
A partir de entonces fue todo una locura.
No nos separรกbamos mรกs que para trabajar o ir al baรฑo.
Sus manos eran el relato de la relaciรณn, la brรบjula que nos llevaba por los caminos de una pasiรณn sin palabras. A mรญ, como escritor, el reino del silencio me resultaba a la vez incรณmodo y fascinante.
Aprendรญ a discutir sin palabras. A expresar con la mirada, a amar con los dedos, a resignificar la lengua.
Aprendรญ a llorar sin sonido, a reรญr con los ojos, a narrar en silencio.
Y aprendรญ, tambiรฉn, a escuchar con la piel, a leer sus labios, a interpretar sus miradas, a reconocer sus emociones.
A veces, en sus momentos de rabia, me hacรญa poner boca abajo, y me relataba sus frustraciones con araรฑazos en la espalda, o me transmitรญa su dolor clavรกndome las uรฑas en el cuero cabelludo.
Poco a poco, la comunicaciรณn muda ocupรณ todo el espacio entre nosotros. Entendรญ que sus gestos tenรญan mรกs razรณn que mis palabras, que sus manos se expresaban con mรกs precisiรณn que mis construcciones sintรกcticas interminables, y que un solo fรบlmine de su mirada bastaba para anegar mi pecho.
La llegada de la primavera transgrediรณ el silencio. El piar de los pรกjaros en mi ventana parecรญa herirla, o quizรก fuese el paso de los dรญas, la monotonรญa de mis caricias, que poco a poco fue trasladรกndose a las suyas.
Una tarde de octubre, paseando por la costanera, sentรญ como su mano abandonaba la mรญa, y sus ojos rendรญan el verde mรกgico a un gris apagado.
Al entrar a casa la busquรฉ. Metรญ mis dedos por debajo de su corpiรฑo, como a ella le gustaba, pero su antebrazo me cerrรณ el paso. Se girรณ hacia mรญ, agarrรกndome por los antebrazos. Me hizo recular, empujรกndome, hasta que caรญ sentado en una silla. Su mirada era solo el silencio en el que le temblaba el pulso. Lloraba mediante el tacto.
La prosa de su tacto fue mudando paulatinamente en tedio, mientras yo me enrocaba en el empeรฑo de poner en palabras su silencio, de escribir su tristeza para declamarla a gritos.
Ella se volviรณ quieta. El amor de sus manos se detuvo en los codos, y dio paso a una hilera de toques nerviosos, de chasqueos secos, de dedos caรญdos, muรฑecas lรกnguidas y uรฑas marchitas.
La รบltima maรฑana, un amanecer sofocante de noviembre, justo antes de que el alba rompiera el silencio del cuarto, sentรญ sus dedos deslizarse alrededor de mi garganta. Me quedรฉ inmรณvil, esperando.
Apretรณ.
Tardรณ en aflojar la garra en la que su mano se habรญa convertido.
Se levantรณ, dรกndome la espalda, e hizo con la mano un gesto en el aire.
Hablaba de mi vida. No supe responder.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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