Monseรฑor Pelรกez se terminรณ de acomodar el grueso anillo de รณpalo. Era el toque final para una vestimenta esplendorosa. Un pedrusco del tamaรฑo de un huevo de paloma, que refractaba la luz solar con destellos arrancados del mismo cielo. Monseรฑor sabรญa mejor que nadie la importancia de una buena puesta en escena. Los fieles creรญan porque el esplendor, la pompa y la liturgia no dejaban lugar a dudas, porque las sotanas imponรญan su presencia allรญ donde iban, resaltando la santidad y la posesiรณn de la verdad รบnica.
Como Obispo de Sevilla y mรกximo representante local del Santo Oficio, correspondรญa a Monseรฑor Pelรกez liderar la lucha contra la hechicerรญa, la brujerรญa y la herejรญa. Y nada le complacรญa mรกs.
Monseรฑor no creรญa en tales niรฑerรญas ni en supersticiones de verduleras. Lo llamaban El azote de las brujas, y no sin razรณn. Habรญa quemado algo menos de sesenta brujas en los casi quince aรฑos que llevaba al servicio de la Santa Fe. Hacรญa rato que habรญa comprendido que, de existir tal poder, de tener esas furcias la capacidad de hacer magia, รฉl estarรญa muerto, o incluso algo peor. Pero no le importaba, la hechicerรญa era una excelente excusa para limpiar el mundo de putas, adรบlteras y herejes varias, y la nobleza de la causa justificaba ampliamente el hacer la vista gorda en cuanto a las sutilezas de la fe.
Ese dรญa tocaba quemar a Esperanza, una putilla del moridero de los pobres que aรบn no cumplรญa veinte aรฑos.
Monseรฑor finalizรณ su oraciรณn, y mientras caminaba hacia la pira instalada a menos de cien metros, con el discurrir del poderoso rรญo Guadalquivir como impresionante fondo, recordรณ las largas sesiones de interrogatorio a Esperanza. Habรญa sido dura. Le tuvo que amputar personalmente un pezรณn con unas tenazas al rojo vivo. Habรญa ordenado que la violaran varios de los carceleros, mientras รฉl miraba. El siempre miraba, era un hombre de fe, y por lo tanto no se rebajaba a la violaciรณn. Ademรกs la habรญan azotado y quemado, le habรญan cortado dos dedos y roto siete dientes a puรฑetazos. Al final la muy puta habรญa confesado la hechicerรญa, la brujerรญa, la herejรญa y por poco no confiesa la crucifixiรณn de nuestro Seรฑor Jesucristo. Monseรฑor reprimiรณ una sonrisa, mientras advertรญa una erecciรณn incipiente, producto del recuerdo de las maravillosas horas de tortura. Menos mal que la sotana lo disimulaba. Tendrรญa que ocuparse de eso luego de la ejecuciรณn.
La plaza estaba repleta. Como era su costumbre, Monseรฑor se dirigiรณ al populacho, explicรณ las razones que habรญan llevado a la bruja a la pira. Explicรณ los peligros de los vicios de la carne y de desoรญr la palabra de Dios. Explicรณ que no habรญa lugar en el mundo cristiano para herejes, rรฉprobos e impรญos, y que todos acabarรญan, mรกs tarde o mรกs temprano, alimentando su fuego.
La turba lo escuchรณ, a ratos en silencio y a ratos fundida en un murmullo asustado, pero no percibiรณ protesta ni desacuerdo.
Finalmente, la puta ardiรณ. Ardiรณ como arden todas. Le habรญan permitido, porque ella asรญ lo habรญa pedido y como un รบltimo gesto de clemencia, ir a la pira con un lazo de azaleas blancas en la cabeza, del que caรญan dos hermosas guirnaldas, tambiรฉn de azaleas blancas. Las flores se quemaron primero, marchitรกndose a toda velocidad bajo el lamido voraz de un fuego justiciero. Luego se le incendiรณ el precioso cabello de bucles negros. Pelo de gitana, como casi todas esas putas. Y entonces el aliento contenido de la multitud se quebrรณ por el alarido espeluznante, gritos que, por si habรญa alguna duda, certificaban por su similitud con la voz de las concubinas de Satรกn, que era bruja y hechicera, y que intentaba lanzar los รบltimos maleficios antes de morir en esos lenguarajos que hablan las brujas en sus aquelarres nocturnos.
Monseรฑor permaneciรณ impasible, de pie junto a la hoguera, observรกndola quemarse, respirando el olor de la carne quemada, escuchando el chisporroteo del cabello al incendiarse, degustando el humo, producto de la combustiรณn del cuerpo hereje, y retratando para sรญ mismo los rostros a la vez fascinados y aterrados de la chusma insolente, que presenciaba el castigo para corregir su moral distraรญda.
El fuego tardรณ alrededor de noventa y ocho minutos en extinguirse. El pedestal, la pira entera, el poste al que habรญan amarrado a la puta y la puta misma no eran mรกs que cenizas. La chusma se habรญa disuelto en grupรบsuculos de pecadores insomnes que volvรญan a sus casas con los gritos bajo la piel, a sufrir en silencio el miedo, y con una determinaciรณn renovada de obedecer a la Santa Madre Iglesia.
Mientras volvรญa a sus habitaciones con paso vigoroso, Monseรฑor reprimรญa la sonrisa, la felicidad, y tambiรฉn la erecciรณn casi dolorosa que lo habรญa acompaรฑado durante todo el espectรกculo.
Decidiรณ que ese dรญa podรญa dispensarse de rezar el rosario. Habรญa hecho el bien. Habรญa desterrado a otra puta del mundo de los vivos. Al entrar en su recรกmara, advirtiรณ que la mucama le habรญa dejado, como todas las noches, una manzanilla tibia en la mesa de luz, que se bebiรณ de pie, en tres largos tragos, deleitรกndose en el placer de la garganta quemada.
Se despojรณ de la sotana, de los anillos y de la ropa interior, y completamente desnudo se metiรณ entre las sรกbanas. Puso dos grandes almohadones detrรกs de su cabeza, y lentamente comenzรณ a acariciarse, ahora sรญ sonriendo sin pudor, abandonรกndose a la contemplaciรณn tardรญa de la puta en llamas, de las sesiones de tortura, de la tarea bien hecha. Cuando empezaba a agarrar ritmo, un dolor agudo le cerrรณ el pecho. La garganta se le bloqueรณ como un pozo cerrado, como una sepultura sellada, y el aire dejรณ de llegar a sus pulmones mientras los ojos se le hinchaban, a punto de estallar como dos uvas apretadas con la mano.
Monseรฑor Pelรกez alcanzรณ a darse cuenta de que se morรญa, sin remedio, cuando al mirar hacia el cielo, implorando ayuda divina, pudo ver como una suave y dulce lluvia de blancos pรฉtalos de azalea comenzaba a cubrir, lentamente, su cama episcopal.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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