El océano parecía infinito. Los días de travesía se acumulaban, uno detrás de otro, como cuentas de un rosario, todos iguales, sin nada que permitiese distinguir uno de otro. Los marineros oteaban por encima del mascarón de proa con ojos lunáticos, casi dementes, con una esperanza que decrecía segundo a segundo, limada con aspereza por el salitre interminable, por las horas de hastío, por el silencio muerto entre personas que ya se han dicho todo lo que tenían para decirse, a quienes no les queda sino morir en brazos de una brisa amable o una tormenta monstruosa, el beso incendiario de un dragón enfurecido o la promesa incumplida de un amor imposible.
Pero ese día, un día como cualquier otro, iluminado por un sol medio bobo que se escurría entre nubes de lana gris, a media mañana, una voz rompió el murmullo soporífero de las olas.
– ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!
Rodrigo de Triana, con una alegría casi histérica, señalaba al oeste con un índice inquieto, saltando como un monito feliz al ver a su madre mona. Después de semanas de porfía intratable, la expedición avistaba tierra. Era el doce de octubre de mil cuatrocientos noventa y dos.
– ¡Almirante! ¡Almirante!
Cristóbal asomó por la puerta del camarote en el que pasaba los días dibujando rutas, inmerso en un oráculo misterioso de mareas ignotas, de papeles revueltos, compases y brújulas bruñidos u oxidados, cartas marinas y restos de galletas secas.
– ¿Qué ves, Rodrigo? – gritó el genovés.
– ¡Tierra, Almirante! ¡Árboles y arena! ¡Agua y piedra!
El Almirante giró sobre sus talones con energía renovada, comenzando a escupir instrucciones a babor y estribor, mientras sentía una fiebre demente apoderarse de su sino maldito. Al fin su viaje daba fruto.
– ¡Menéndez, preparamos desembarco! ¡Alistad las chalupas! ¡Preparad los ajuares de comercio! ¡Poneos los colores de Sus Majestades los Reyes Católicos! ¡Por España!
Se ciñó la espada al cinturón de cuero, ajado, mordido por el aire de mar, agrietado como su carácter, como su acidez estomacal, como su vientre flojo y sus deposiciones líquidas de los últimos días. Intentó serenarse, invocando su miedo animal al escorbuto, el recuerdo de su Génova natal y los senos tibios y blandos de su última amante, una prostituta de taberna de Sanlúcar de Barrameda.
Al fin, el plof plof sordo certificó que las chalupas eran echadas al mar. Los hombres gritaban órdenes y contraórdenes. Noventa marineros de la peor calaña en tres barcazas que de milagro se mantenían a flote. Lo cierto es que cada barco tenía chalupas para no más de dieciocho hombres, así que el desembarco sería lento.
Remaron.
Tras treinta y siete minutos de esfuerzo, el cabeceo del bote al encallar en la arena barrosa de la playa fue como el susurro de cien ángeles, o el beso de una virgen dispuesta. El Almirante disfrutó enormemente al sumergir los pies en el agua hasta media espinilla, aún sabiendo que los zapatos semipodridos no sobrevivirían a esa prueba. Una vez los más de treinta marineros llegaron a la costa, besando arenas casi blancas, revolcándose en el suelo como perros retozando, el Almirante pegó dos voces, reuniéndolos a su alrededor.
– ¡Amigos míos! ¡Bienvenidos a Las Indias! ¡Lo hemos conseguido!
En ese momento, la selva circundante pareció abrirse al medio, como una cabellera frondosa siendo peinada por la más dulce de las peluqueras. Nativos. Unos veinte hombres apenas vestidos con taparrabos, descalzos, cetrinos, con largos cabellos negros, armados de palos con punta afilada y endurecida al fuego, se acercaban con rostro inescrutable. El Almirante, entre asustado y fascinado, no supo muy bien si adoptar una actitud hostil o amistosa. Al ver que los nativos avanzaban sin miedo y con las lanzas bajas, se decidió por lo segundo. El que parecía ser el jefe avanzó con decisión hasta él, y sin titubear extendió la mano derecha, ofreciéndole un fraterno apretón, y dijo:
– ¿Cómo va, Maestro?
– ¿Habláis castellano? – respondió Cristóbal, asombrado, casi balbuceante, sin ser capaz de soltar la mano de su interlocutor.
– No, hablo sánscrito, no te jode – el jefe se giró mirando a su tribu, mientras todos reían -. Voy a necesitar esa manopla, Jefe.
– ¿Eh? Sí, sí, claro. Disculpe – respondió el Almirante, confundido.
– Pasa nada, Jefe – El indio se metió el dedo índice en la nariz, y luego inspeccionó con interés el resultado -. Van mal para la India por este lado. Esto es América.
– ¿Cómo América? Se suponía que yo la tenía que descubrir, y me lo has estropeado porque mis hombres lo desconocían.
– Sorry, muchachos – se disculpó, dirigiéndose a la desharrapada tropa -. Pero de descubrir nanay de la china. Ya estamos descubiertos. Hace rato.
– ¿Quién los descubrió?
– El Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras.
– Hijoputa – maldijo Colón -. Por eso es un Adelantado. ¿Y ahora que hacemos?
– Ustedes no sé, Maestro. Si quieren seguir pa’ las Indias tienen que dar una vuelta tremenda. Nosotros nos vamos a hacer unos churros con chocolate.
– El chocolate no está inventado todavía, que aún no hemos descubierto el cacao.
– ¡Que no, pesao! Que se te adelantaron, ya te lo dije.
– ¿Entonces el tomate también?
– Igual el tomate ya lo habíamos inventado nosotros primero. Pero si, tus amigos se lo afanaron también.
– Vaya mierda. Nada, ¿nos invitáis a esos churros con chocolate?
– Ja, ¿y para mí que hay?
– Tengo unas baratijas con las que pensaba estafaros el oro.
– Pues me vale.
Mientras esperaban al resto de la tripulación de la Pinta, la Niña y la Santa María, conversaron de los planes de futuro para América, y de cómo podían hacer una fortuna loteando y explotando aquéllas playas que tanto escaseaban en Europa. Cristóbal, atribulado por la pérdida del descubrimiento, alcanzó a pensar que lo malo se pega pronto, y que, donde fueres, haz lo que vieres.
– ¿Cincuenta y cincuenta? – propuso.
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Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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