Quizá sea por esto que no me gustan los catorce de febrero. Toda la decoración es pastelosa, fea, cursi. Las camareras llevan delantales rosados con querubines pintados que disparan flechas y corazones rojos rojos.
Y es raro conocerse un día de San Valentín. No me jodas. Es raro. Espero sentado, mirando de reojo a la puerta, ansioso por descubrir la siguiente estafa de la que voy a ser víctima a manos de Tinder, sabiendo también que mi perfil no es exactamente preciso. Mis fotos tienen unos cinco años. Más pelo, menos cintura, sonrisa más viva.
De refilón veo el reflejo de Tamara, deslucido por un vidrio demasiado iluminado. Sé que es ella porque me advirtió que iba a ponerse el saquito rojo, y porque a última hora este antro espantoso es el único lugar en el que ella consiguió una reserva, después de que yo me rindiera sin gloria, pero con bastante pena.
– ¿Augusto? – pregunta, acercándose a la mesa. Me levanto, caballeroso, y escupo con torpeza las fórmulas rituales, que encantado, que sos más linda en persona, que sentate por favor. Le arrimo la silla y vuelvo a mi lugar.
Nos miramos en silencio durante unos segundos, y por suerte una de las camareras enquerubinadas de angelitos psicóticos del amor ajeno acude al rescate, cuando estábamos ya a punto de naufragar en un silencio penoso y amordazado por el ruido ambiente. Tamara pide un café irlandés con canela en rama. Yo pido una cerveza. Nos miramos, sonriendo, incómodos.
– ¿Sos un tipo convencional, Augusto?
– ¿Eh? – la pregunta es desconcertante, y ella la dispara con cierta sorna, como evaluándome, juzgando que mis liváis 501 y mi polo Ralph Lauren son demasiado convencionales, demasiado correctos. Recién entonces advierto lo estrafalario de su atuendo. Lleva una falda de tules violetas y rojos superpuestos, desordenados, con una blusa de tonos naranjas y amarillos, el saquito rojo y un moño extravagante que le sujeta el pelo, teñido de un rojo casi naranja. Sus labios, tan rojos que no desentonan ni un poco, disparan otra vez.
– Que si sos un tipo corriente o te considerás especial.
– Bueno… Me gusta pensar que tengo mi costado especial, aunque la verdad es que tampoco es que mi padre sea domador de leones y mi madre bailarina de cabaret. Son dos profesores de secundaria, y yo trabajo en el ministerio de industria.
– Entiendo… – pone cara de que es inentendible, pero ella, que es especial y única, entiende.
– ¿Y vos, Tamara? Tu aspecto desde luego no es convencional.
– Yo soy la persona más singular que vas a cruzarte en tu vida. Te lo puedo asegurar.
– ¿Cómo estás tan segura?
– Lo sé. Pero no hace falta que me creas, Augusto. No te preocupes. Lo verás a lo largo de la noche. ¿Estás sano? ¿Enfermedades de transmisión sexual?
– Ehh… Creo que sí. Digo no. Bueno, que sí que estoy sano, que no tengo enfermedades sexuales.
Ella suelta una carcajada voraz, perversa, que rápidamente llena el local, al tiempo que le hace crecer cuernos rojos a los querubines de los delantales. La mirada le brilla repentinamente con una locura fría y nueva, vital, vivaz, incisiva. Yo puedo sentir como los vasos sanguíneos de mi rostro me traicionan sin ninguna piedad.
– ¿Y de higiene íntima como andás? ¿Te tirás el prepucio para atrás al ducharte? ¿Te duchaste bien antes de venir para acá?
– ¿Qué? No sé. Sí, claro que me lavo bien. No entiendo. ¿Por qué me hacés estas preguntas?
Se reclina en la silla, vivaracha, autosuficiente. Me mira con sorna, me escrudriña, me investiga, me hace sentir transparente y desvalido, desprotegido, vulnerable e inocente.
– Espero no haberte incomodado. Qué mierda que no se pueda fumar acá. En fin – respira profundo y me mira a los ojos, como tomando la decisión de abrir su alma -. Te hago estas preguntas porque tengo una superstición.
– ¿Te traen mala suerte los hombres sucios?
– No tonto – ríe sin ganas -. Mi superstición es que si no tengo sexo durante toda la noche en San Valentín, el sexo va a ser una mierda todo el año. Así que considerate afortunado en ese sentido. Hoy cogés.
– Bueno, habrá que ver si yo quiero, ¿no?
– Creeme que querés. Lo que pasa es que todavía te lo tenés que ganar un poco. Es decir, yo tengo mis estándares, y hay un mínimo sin el cual no hay trato.
– ¿Y cuál es ese mínimo, Tamara?
– Tenés que aceptar que los dos vamos a hacerle sexo oral al otro, que va a haber sexo anal y que vamos a usar mis juguetes, tanto en tu cuerpo como en el mío. Sin eso no hay trato.
– ¿Y si digo que no? Al final la de la superstición sos vos.
– Y el que está ahora caliente como un mono sos vos. Vos sos el que ahora está sintiendo que se muere de curiosidad, y que las ganas de pasar la noche conmigo son inaguantables.
Miro al suelo para ganar tiempo. Tiene razón. Tengo unas ganas de meterme en su cama que me canibalizan las entrañas, pero la parte de los juguetes me da un poco de miedo. ¿A dónde puede ir a parar esta loca?
– Explicame un poco más la parte de los juguetes, por favor.
– Nada del otro mundo. Un vibrador de 24 por 6, un anillo vibrador para la base del pene, varios lubricantes saborizados, un arnés de fijación al cabecero de la cama, tapones anales. Lo normal.
– No me parece ni medio normal.
– ¿A qué no estás dispuesto? Poné tus límites y te digo si los acepto.
– A nada que me duela.
– Que aburrido.
– No quiero que me metas nada en el culo.
– Cagón.
– Y cuando quiera me voy, aunque me hayas atado, esposado o lo que sea.
– Me saliste bastante soso. Bueno, dale, pagá y vamos.
Tamara se levanta. Nunca llegó a sacarse el saquito rojo. La veo salir a la calle y encender un cigarrillo mientras me espera. Se me cruzan por la cabeza las historias de robo de órganos, los taxis comprados, los secuestros exprés. Y la miro nuevamente. Es bellísima. Alta, esbelta, altiva, de nariz ligeramente curvada hacia arriba. Tiene un cuerpo feroz, o al menos lo que puede adivinarse por debajo del carnaval de trapos de colores con que se tapa las vergüenzas.
Me acerco a la caja y pago.
De refilón la vuelvo a mirar. Exhala humo por la nariz mientras juega con los tules de su falda. Está tranquila, impávida. Sabe que, haga lo que haga, es la ganadora indiscutible de la partida. El cajero me devuelve mi tarjeta, y al mismo tiempo que la guardo en la billetera, giro sobre mis pies para ir, rápido, a esconderme en el baño.
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Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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