— Te lo juro. Lo soñé. Te soñé exactamente así, como estás ahora, sentada frente a mí, mirándome con esos ojos de ardilla de Disney.
— No te creo. No te creo una mierda. Sos demasiado poeta, demasiado pajero, demasiado soñador despierto.
Ella tiene las manos tensas sobre la mesa. Puedo ver cómo sus uñas blanquean por la presión. Si me concentrase en la vena de su cuello podría tomarle el pulso sin necesidad de más tecnología que la vibración perceptible a simple vista.
— No me creas, no pasa nada. Pero tenés que saber que hay una razón por la que venís cuando te llamo, por la que estás ahora mismo sentada ahí, por la que te ensuciás las zapatillas en los charcos para venir hasta acá en un día lluvioso.
Respira. Resopla, y por un instante el bufido es similar al batir de aspas de un helicóptero a lo lejos. La veo calmarse, su vena disminuye los relieves que venía ofreciendo a intervalos regulares.
— Está bien, contámelo desde el principio. Despacio.
— ¿Segura?
— No, pero soy idiota – tuerce la mueca. Sus narinas se dilatan en un gesto involuntario. No puede ser más bella. Incluso enojada es hermosa.
— Okey. Vos lo pediste. Después no te quejes.
Respiro hondo, gano tiempo para revivir las imágenes en mi cabeza. Si cuento la verdad va a sonar muy vulgar, pero en esencia tengo que contarle el mismo sueño.
— No hay principio, estábamos en una habitación con suelo de pinotea y una ventana de esas altas de doble hoja. Se nos veía más grandes que ahora. Diez o quince años más.
— ¿Cómo sabés cuánto más?
— Porque vos tenías arruguitas alrededor de los ojos, y en las manos se te veían mucho más las venas, y yo un poco más de panza y un poco menos de pelo, y las mejillas con una barba no completamente negra.
— ¿Y eso te da diez o quince años?
— No sé, ponele veinte si querés, o doce, pero dejame hablar.
— Perdoná. Dale.
— Estamos hablando. Sé que vos estabas casada, y sé que no era conmigo porque vos tenías anillo y yo no. Tenías puesto un vestido verde con una caída super natural. Sin ser ceñido te marcaba muy bien el cuerpo. Yo dije algo, no sé qué, y vos te tapaste la boca y empezaste a llorar. Te diste vuelta y te pusiste a mirar por la ventana. Yo me acerqué y te abracé desde atrás, y levantaste una mano para acariciarme la nuca.
— Dale, es el mismo cuento chino que ya me hiciste doscientas veces, Pedro. No me jodas.
— Bueno, te estoy diciendo la verdad, pensá lo que quieras.
— De todas formas, la verdad es que me empieza a importar tres carajos. Al final vamos a terminar cogiendo como siempre, como en todos tus sueños.
— Como cada vez que nos vemos, querrás decir.
— Es lo mismo, boludo. Me llamás, me llorás un sueño o un poema o lo que mierda sea, y yo me abro de gambas como una pelotuda. Se acabó, Pedro. No me jodas más. Conocí a alguien, y quiero tener una oportunidad genuina, quiero ver que pasa sin que te metas. No me voy a encamar más con vos.
— Me parece genial. Me alegro por vos — hasta yo me doy cuenta de que el tono no me sale convincente —, te juro que no te llamé con esa intención.
— ¿Con qué intención me llamaste entonces?
— ¿Vos con qué intención viniste?
— No seas pajero, pelotudo.
Dejo escurrirse entre nuestras miradas un silencio, un aire pesado y una fragancia de flores muertas. Estoy perdiendo esta mano, puedo sentirlo.
— Te llamé porque te sueño, una y otra vez. Porque vos sos mi sueño, sos todo lo que sueño para mí. Nosotros somos mi sueño. Vos, yo y nuestros futuros hijos, y la casita y un perrito de mierda. Todo tal cual lo hablamos tantas veces en pelotas mientras nos fumábamos un porro entre polvos. Te llamé porque el mundo es un lugar mucho, pero mucho menos interesante sin vos. Mi mundo mejor dicho, porque me daña, me hiere por dentro saber que hay otro mundo en el que vos estás y yo no. Quise vernos porque nos imagino juntos, longevos, habiendo tenido una vida preciosa y listos para morir en paz, sin mirar atrás. Vuelvo a intentarlo porque la femineidad no tiene ningún significado para mí si no es a través de tu piel, si tus ojos no son los que rebotan mis lágrimas, los que devuelven el ping pong de mi locura. Insisto porque mi tacto se marchita si mis dedos no están entre tus manos a veces y entre tus piernas otras. Te busco, una y otra vez, porque me chupa un huevo si se llama amor o locura o tal vez obsesión. Me da lo mismo si un batallón de sicólogos tarados me dice que la corte, que el amor no es esto. Yo no puedo imaginar otra forma de amor que no sean tus labios, que no se exprese a través de tu boca, que no me envuelva con tus brazos.
Me callo, me doy cuenta que estoy llorando. Ella se levanta. Puedo leer la angustia en sus ojos. Puedo ver el esfuerzo de sus párpados inferiores por impedir que las lágrimas desborden sus pestañas. Viene hacia mí, por al ladito de la mesa. Me agarra la cara con las dos manos, y seca mis lágrimas con sus pulgares, las dos a la vez. Siempre amó la simetría.
Se acerca muy despacio, y muy suavemente me imprime un beso en los labios. Se separa, sonríe, y justo antes de encarar la puerta con paso decidido, me mira, con algo de desprecio y dice:
— Seguí soñando, pelotudo.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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