Hace cuatrocientas dieciséis horas terrestres que nos estrellamos, o poco más de dos semanas, según Omar, el segundo oficial. Y sin embargo hemos contado siete ciclos solares y once lunares. Quizá se deba a que hay dos soles a distancias distintas, que de alguna manera afectan al eje de gravedad. Lunas hemos contado unas veintiséis, pero no puedo estar seguro.
Lo peor de todo es lo de la gravedad. No nos sentimos especialmente pesados ni especialmente livianos, así que estimo que la masa planetaria, mil kilómetros más o menos de diámetro, debe ser similar a la de la tierra. Pero la gravedad, cómo jode la gravedad. No hace más fuerza que en la tierra, de lo cual se deduce del asunto de la masa, pero de alguna manera que intuyo que tiene que ver con la disparidad de los ciclos solares y lunares, hace fuerza hacia el suelo en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
Podría pensarse que es trivial, pero no es así. En primer lugar a nosotros, que caminamos erguidos, nos resulta agotador mantener la vertical. Es como si un peso extraño hiciera fuerza todo el tiempo para un costado, y hay que hacer una fuerza igual y contraria, transformando el mero hecho de estar de pie en una hazaña vital. Además, a lo largo del ciclo solar, el punto de fuga de la fuerza gravitacional va variando imperceptiblemente de dirección, provocando un involuntario girar de la flora y la fauna. De ahí – deduzco – que los troncos de los árboles (sí así pueden llamarse) sean achaparrados y en forma de tirabuzón. Son de un color ocre oscuro, parecidos a los de la tierra. Azahara, la operadora de comunicaciones, cree que por esa misma razón no es posible el cultivo, aunque igualmente ha plantado algunas semillas que trajimos de la tierra, con la esperanza de tener tomate y otras hortalizas; y aunque el planeta es claramente respirable, no vemos signos de vida inteligente: nada puede prosperar en un planeta con la gravedad diagonal.
Es verdad que hay fauna. Lo que más hay es una especie de pájaro, grande y de una sola pierna, que no sabe volar. Rodríguez los bautizó como saltarines, porque se desplazan sobre la única pierna puesta en diagonal, de tal forma que queda a noventa grados con respecto a la atracción gravitatoria, y por lo tanto parecen estar eternamente torcidos. Como deben saltar en esa precisa dirección para mantener el equilibrio, se pasan el día dando vueltas en un solo círculo enorme, variando ligeramente la dirección a medida que el ciclo solar cambia el eje de rotación.
Azahara intentó cazar uno para comerlo, pero son sorprendentemente rápidos y ágiles, a pesar de contar con una desventaja evidente frente a un bípedo completamente erguido. También hay como unas mariposas, pero las alas son ovales y una es mucho más grande que la otra. Tienen colores vivos y suenan como una chicharra fuera de control. Ahora mismo puedo ver por la escotilla de la nave como una sobrevuela, juguetona, y de alguna manera que no alcanzo a comprender, la asimetría en las alas es lo que parece posibilitar un vuelo errático y libre.
Lo que es del todo inexplicable es que, dentro de la nave, – que por supuesto no enciende -, la gravedad parece funcionar de forma normal. No he podido establecer si es que el fuselaje está inclinado exactamente cuarenta y cinco grados o que a este planeta le importa un huevo la gravedad interior.
Hace cincuenta y siete horas, Omar encontró unas plantas frutales, como una especie de arbustos deformes que dan un fruto ovoide e irregular de color añil. Después de discutirlo y evaluarlo por más de dos horas, decidimos arriesgarnos y probar los frutos. Son sorprendentemente agradables de textura y sabor, pero solamente del lado más abultado, mientras que del otro lado de la gruesa semilla, la carne del fruto es seca y amarga. Al menos no moriremos de hambre, porque Azahara explorando encontró una vertiente de agua. Es poco más que un chorro, y solamente podemos llenar nuestras cantimploras entre la sexta y la novena hora del ciclo solar, porque con el cambio gravitatorio luego el chorro se filtra por la tierra reseca y resquebrajada, desapareciendo detrás de unos casi pastizales que también crecen a cuarenta y cinco grados, y también van girando a lo largo del día (por comodidad, llamémosle día).
Azahara confía en poder reparar los equipos de comunicaciones, pero nada nos garantiza que la tierra pueda recibir nuestra señal. Ni siquiera que el tiempo que transcurre aquí no signifique otra cosa en la tierra. Despegamos del puerto espacial Laguna de los Patos, el más importante del mundo, en Colonia del Sacramento, el 27 de marzo de dos mil novecientos setenta y tres. Han pasado, según los relojes terrestres, algo más de treinta y siete días, pero habiendo hecho tres hipersaltos cuánticos fallidos, nadie puede asegurar que las reglas del paso del tiempo continúen inalteradas, y en la tierra podrían haber pasado mil años por lo que a mí respecta. Casi no tengo esperanzas de que nos vengan a buscar.
La tripulación está de ánimo caído. En lo personal, estoy intentando hacerme a la idea de quedarnos en este planeta y vivir de esos frutos oblicuos, y la verdad es que con el tiempo que llevamos aquí, me vengo acostumbrando a casi todo, menos a llenarme de mierda los tobillos cada vez que me acuclillo para cagar.
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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