Por la ventana puedo ver, lejos, muy lejos, el conjunto de luces que, si mi geografía mental no falla, debe ser Mercedes. El tren se mece, crujiendo en un quejido proveniente del envejecido maderamen que, soportado por un eje y dos discos de acero, no hace más que rodar por la Pampa Húmeda, ida y vuelta. Una vez. Y otra, y otra. De ida bajo un sol más áureo que argentino, de noche amparado por una luna cómplice y silenciosa.
Mamá me espera en la sala. Lo sé. Casi puedo verla, sentada frente a un té con leche, jugando débilmente con las cuentas del rosario, acariciando la cruz con un cuerpo clavado, inmóvil, que de alguna manera que no consigo comprender le aporta paz de espíritu.
La última vez nos peleamos. Y la anterior. Siempre nos peleamos. Mamá no entiende. Mamá no me entiende. Yo no entiendo a Mamá. Mamá y yo no nos entendemos.
Un crujido cercano me trae de vuelta. En la mesita está mi botella de agua, sin abrir, justo donde la dejé. Un hombre está colgando su abrigo del pitutito que hay al lado de la ventana. Me dedica una sonrisa esquiva, tímida, como advirtiéndome que no quiere conversar. Mejor. Yo no quiero conversar. Yo no quiero visitar a Mamá.
Mamá me va a hacer conversar. Y no quiero, pero por alguna razón acudo siempre que llama. Vuelvo a ir, vuelvo a recibir las mismas críticas, los mismos reproches, los mismos cumplidos falsos, los mismos rencores enterrados. Todo el discurso está estudiado, es cohesionado, es un bloque de conceptos inmutable, una viga de cemento en medio de un prado de amapolas tiernas.
El movimiento del hombre me llama la atención. Está abriendo mi botella de agua. Ni me mira, simplemente la abre, bebe un trago largo, largo, la vuelve a tapar y la deja donde estaba.
No atino a decirle nada. Me sorprende tanto desparpajo. Siento que necesito marcar mi territorio, esa es mi botella de agua. Es mi asiento, mi mesa, mi tren, mi Mamá.
Lo miro fijamente, y espero a que sus ojos encuentren los míos. Tiene una mirada triste, pero bondadosa, con arrugas difusas arracimadas en torno a los párpados. Me aseguro de mantener el contacto visual mientras aferro la botella, la destapo y bebo largamente, sin romper el contacto. Él sonríe de medio lado, visiblemente incómodo. Quizá quiera disculparse. Quizá no. Deposito la botella en la mesa, entre los dos, sin sonreír, sin dejar de clavar mi mirada en sus pupilas, manteniendo una máscara fría e insolente. El hombre baja la vista.
Mamá debe estar ansiosa. El tren salió veinticinco minutos tarde. No es nada para los ferrocarriles Argentinos, pero Mamá es ansiosa. Mamá es insoportable. Las luces, cada vez más cerca, parpadean acusando la baja potencia de la red pública. Es gracioso, porque desde acá puedo ver la casa familiar, donde adivino, donde sé que Mamá sigue sentada frente a la ventana, esperando ver llegar el tren que nos reúna otra vez, para repetir los mismos rituales, las mismas agresiones, entonar los mismos mea culpas. El hombre vuelve a beber, sin mirarme. Por alguna razón esta vez me irrita mucho más, pero el silencio entre nosotros está demasiado establecido, es un puente de hormigón armado incapaz de transmitir sonidos. No puedo decirle nada, así que repito el desafío, busco su mirada, abro la botella, bebo, tapo la botella, sonrío. Él desvía la vista hacia la ventana.
Veo que estamos a punto de entrar en la estación, así que me levanto, y abro el bolsillo de mi mochila para guardar mi libro y la botella de agua. Al meter el libro un objeto hace resistencia topándolo. Meto la mano, y entonces veo mi botella, cerrada, que nunca salió de la mochila.
Miro al hombre, pensando por un segundo en disculparme. Él sigue teniendo una mirada bondadosa. El tren entra en la estación.
¡Carajo, cuánto me afecta visitar a Mamá!
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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