Ejercicio: Artista que ha perdido la inspiración
Palabras a incluír: Etéreo, Barro, Taza
Dedos tacatacatac la máquina. La máquina. Repiquetean las letras moldeadas en plomo contra el duro cilindro. El anhelo del chiin que anuncia, como un heraldo de barro, el final predecible y a la vez desconocido y anónimo de cada línea, mecanografiada en negro roto.
Dedos.
Tacatacatac la máquina.
El rodillo aúlla una queja leve cuando Gabriel tira de la hoja, desangrando un papel emborronado de malas intenciones y palabras suicidas, restos de un relato que no acaba de fraguar, como una sopa de cemento líquido ardiendo en la tarde del caribe.
Levanta la vista. Por la ventana se puede adivinar como el viento hace el amor con las palmeras, mientras allá lejos, al fondo, una nube juguetona le pide a la montaña que le rasque la barriga, y enfrente, un perro pequinés escupe ladridos agudos mientras levanta la pata para firmar su presencia en el cordón de la vereda con orines amoníacos.
Dedos. Dedos. Dedos tacatacatac la máquina. Otro intento fallido, y es que el Coronel sabe, sabe que el final se acerca, intuye el castaño del patio, la presencia etérea y monumental del anciano colosal que lo vio nacer, evanescente en el sopor eterno de las cuatro de la tarde.
Los dedos dejan tacatac la máquina para buscar, a la izquierda, la taza, que lleva medio día olvidada, y que, en lugar de ofrecerle café, como él esperaba, le ofrece un jugo infame, con una reminiscencia fría de azúcares saturados, un resto disuelto de oro negro.
Otra vez los dedos. Los dedos tacatacatac la máquina. Pasa la vista, sin leer, por la marca: Olivetti. Las máquinas italianas son las mejores. Siempre son la mejores.
Tacatacatac. Gabriel lanza la mano derecha a la captura de una lágrima rebelde que serpentea su mejilla. El dorso de la mano la recoge, la despeina, la seduce, la diluye. Y por un instante eterno parece que no hay más palabras, parece que el diccionario ha renunciado ya a sus otrora infinitos recursos, suena hueco, vacío, distante. La inspiración es siempre más mezquina que la transpiración. No hay más diptongos ni sílabas ni palabras esdrújulas. No hay respuesta en el eco implume del silencio.
Dedos, dedos tacatacatac la máquina. La taza continúa ofreciendo su ridículo brebaje infecto, así que Gabriel se levanta, da dos pasos alcohólicos hacia el aparador y se sirve un trago de whisky. O dos tragos. O tres tragos generosos.
Lo bebe. De pie. Al lado del aparador.
Dedos tacatacatac la máquina. El Coronel camina otra vez, pisando sin querer los pies fantasmas del padre inmaterial pero inmortal. Apoya la frente en el castaño del patio.
Gabriel, con mano temblorosa, levanta el teléfono, dibuja en el disco la cintura de guarismos que ya sabe de memoria, y alcanza a pensar que es increíble que un teléfono esté sonando al mismo tiempo en Montevideo.
Atiende Eduardo Galeano. Pregunta quién es. “Soy yo”. Y en ese instante, Gabriel García Márquez rompe a llorar. Con sonidos, con mocos, con lágrimas estrepitosas y auténticas.
“¿Qué pasa, Gabo?”, pregunta Eduardo, asustado.
“Se me acaba de morir el Coronel Aureliano Buendía”, responde Gabriel.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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