“Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve, a enfrentarse con mi vida. Tengo miedo de las noches, que pobladas de recuerdos, encadenan mi soñar. Pero el viajero que huye, tarde o temprano, detiene su andar.”
Es inevitable. La letra de Volver me transporta una y otra vez a mi personaje funesto, a mi sino maldito, a la verdad última que me hace quien soy, un pálido fantasma que habita una ciudad hambrienta, hundida bajo el peso de ese pasado que vuelve, del viajero que detiene su andar, que se deja sorprender tras una esquina por un perro famélico, seguramente el más débil de la lechigada, que babea y, aunque sea difícil de creer, sonríe a la espera de un hueso de consuelo que le alivie los rugidos internos, el hambre ancestral que se desprende de las paredes cubiertas de hollín, desparramándose por las calles empedradas que pierden sus adoquines como la boca de una anciana pierde los dientes: uno a uno, pero sin descanso.
Atardece en los alrededores del Mercado de Abasto. Casi por instinto, mis pies sortean los restos de verduras podridas y papeles de diario engrasado, las tripas de pescado mal envueltas que perfuman la vereda en toda su longitud. Hace mucho que aquí la basura no es un accidente, sino un componente sustancial del paisaje, una parte más del entramado urbano que se teje a sí mismo arriba y abajo. Anunciado por la timidez de una farola que parpadea al encenderse, veo el paso dubitativo de un transeúnte. Otro rostro anónimo, otra vida que no va a ninguna parte, que tan pronto puede florecer como acabarse aquí mismo, por obra y gracia de la navaja que, dentro del bolsillo de mi abrigo, empuño con la mano derecha. Esta mañana la estuve afilando, y si bien la hoja no es muy grande y está algo gastada, podría afeitarle los bigotes a una mosca si quisiera.
El hombre se acerca a mí. Veo como me mira. La gente suele mirarme así, con miedo. Supongo que algo en mi estampa de arrabal, en el cuadro sombrío que mi silueta recorta contra el naranja furioso del atardecer otoñal, amedrenta, causa pavor. Y no es para menos. El pobre gil no sabe que está a punto de contraer la enfermedad de acero inoxidable en la garganta.
De reojo puedo ver cómo acelera el paso, intentando minimizar el tiempo en el que coincidiremos en la misma baldosa. Tengo calados a los señoritos como este, que sacan pecho frente a las minitas, pero a la que las papas queman corren como putas. Va a cruzarse conmigo por la izquierda. Lo dejo llegar a mi altura y, cuando está pasando, deslizo mi brazo izquierdo por debajo del suyo, para tirar rápidamente mientras giro, poniendo su espalda contra mi pecho, y la centella metálica de la navaja en su garganta.
– Tranquilo – digo con un rugido sordo y bajo. Sé que solamente él puede escucharme, pero también que la voz es aterradora -. Despacito, sin hacer boludeces, me das la billetera y te vas tan pancho. ¿Tamos?
Puedo sentir como tiembla. Lo siento en el pecho, pero también en la vibración de su garganta contra la hoja de acero. Casi puedo medir su pulso acelerándose por los espasmos que mi muñeca derecha contiene. Presiono levemente la hoja contra su garganta.
– Tengo una amiga roja, roja, que quiere venir a saludar. Más vale que te apures. – ¿Anselmo?
Entonces lo reconozco. Mierda. Es un primo segundo. Hace veinte años que no lo veo, pero es él. Seguro que es él.
– ¿Julián? ¡Qué casualidad! – digo riendo, pero sin aflojar la presión del cuchillo.
– ¡Tantos años! – dice, aliviado. El pobre gil cree que el parentesco lo pone a salvo.
Cree que el solo hecho de compartir mi sangre lo habilita para decidir
clemencia.
– Aquí andamos – respondo.
– ¿Por qué no bajás ese cuchillo y tomamos un café?
Mi risa corta el aire de otoño. Es metálica, feroz, una risa que lleva de todo menos
alegría en sus ondas sonoras.
– ¿Por qué no me das la billetera mejor? Te prometo que te devuelvo los
documentos. Y después, si querés, hablamos.
– ¿Me vas a robar igual?
– Por supuesto. Todo bicho que camina va a parar al asador.
Lo siento esforzarse para respirar, como si estuviera tragando un bolón sin masticar.
Siento como el aire no le llega bien a los pulmones.
– No seas boludo. Hablémoslo. ¿Qué va a decir tu vieja cuando vuelva a Pigüé y se
lo cuente?
Un relámpago me recorre el sistema nervioso. Todas las conexiones sinápticas de
mi sistema se alteran a la vez, conjurando un auténtico cortocircuito de carne y sangre, de piel y pelo y células muertas.
– ¿Qué decís? Mi vieja lleva quince años muerta.
– ¿Eh? – parece atolondrado, apesadumbrado – No, escuchá, Anselmo. Tu vieja no
murió en el incendio. Tu vieja está en Pigüé. Cené con ella hace dos semanas. – ¿Me estás diciendo que toda la mierda de familia me mintió? Llevo veinte años
de mierda sobreviviendo como puedo en este agujero.
– Perdoná, fue lo que ella nos pidió. Tuvimos que cubrirla. Te tenía miedo,
Anselmo. Nunca nos explicó por qué, pero ahora la entiendo. ¿Podés soltarme
por favor?
La ira me navega las arterias, veo rojo, todo rojo. Puedo sentir mi ritmo cardíaco
doblarse en pocos segundos. Afirmo el brazo izquierdo, causándole dolor, y aumento la presión de la muñeca derecha. Puedo oler una gota de sangre que le resbala por el cuello.
– No te suelto. No te suelto una mierda. ¿En dónde vive en Pigüé?
– Con mi vieja y mis hermanas, en el barrio, en la casa de siempre.
– ¿Y cómo no me enteré?
– Hace media vida que no ponés un pie en el pueblo, Anselmo. ¿Cómo querías
enterarte?
Dejo que el silencio se instale entre nosotros, mientras degusto el placer de sentirlo temblar de miedo. Mamá está viva. Creyendo que bajé la guardia, Julián inicia un movimiento para soltarse. Endurezco el agarre y le susurro al oído.
– Quieto, pendejo. Necesito tu billetera.
Casi ni se queja cuando le hundo la hoja en la garganta, mientras disfruto despacio de cómo se patina la sangre entre mis dedos, justo antes de que un chorro generoso se dispare contra el suelo, salpicándome los zapatos.
Acompaño el movimiento del cadáver de Julián hasta el suelo, y comienzo a registrarlo metódicamente. Ahora voy a poder pagar el autobús hasta Pigüé para hacerle una visita a Mamá.
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Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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