No me lo puedo sacar de la cabeza. Vuelve, vuelve, una y otra vez, es como un remolino, un tornado emocional que me empuja al cálculo, a invocar una intuición inexacta sobre la exactitud, atronar el silencio con pistas difusas sobre lo concreto. Ahora mismo, aquí, en el autobús, me pregunto esa clase de cosas. ¿Cuánto suma el dinero en efectivo que cargamos todos los pasajeros? ¿Cuál es el número total de células hepáticas a bordo del coche? ¿Cuántos testículos inventariamos entre todos los hombres presentes? ¿Suman pares o impares?
La vida está llena de preguntas, y las respuestas solamente traen más preguntas. ¿Cuántos centímetros de uñas me he cortado en mis treinta y dos años de vida? ¿Cuántos metros de caca expulsé por mi ano? ¿Cuántos litros de pis?
Toda la astucia del mundo no basta para responder.
Todos los días tomo el mismo autobús.
A la misma hora.
Y es el mismo coche.
Y el mismo chofer.
Y hay otros siete pasajeros que están todos los días.
Y me pregunto cuántos minutos he pasado en este autobús en los cuarenta y dos meses que llevo trabajando en el banco y haciendo este trayecto. Cuántas veces me senté en el mismo asiento, y cuántas de ellas abrí la ventana y cuántas veces no lo hice.
Cuarenta y dos meses, dos semanas y tres días. Lo sé porque no me lo puedo sacar de la cabeza, y cuento todo, sumo todo, hago cifras y planillas de Excel, donde registro los litros de leche que consumo por semana, mes y año y la cantidad de minutos de televisión que veo al día, los paseos con mi perro y las llamadas de mamá.
Cuarenta y dos meses, y solamente en treinta y ocho ocasiones el chófer del autobús no era José Carlos, pero de esas treinta y ocho, diecisiete veces conducía Alberto y el resto Manuel, que por cierto tiene tres hijos, dos trabajos y va por la cuarta esposa. Los hijos son todos de la tercera, y eso es un conflicto con las otras tres.
Quitando esas pocas alteraciones el viaje es casi siempre igual. Me gusta porque es previsible, nos paran los mismos semáforos, hay un pasajero que toma este autobús los martes, y una chica que seguramente va a clase de violín, por el estuche que lleva, todos los miércoles. En estos cuarenta y dos meses, durante un período de doce días utilizamos otro coche, también Greyhound, pero más viejo. Cuando volvió el coche de siempre le habían rotado los neumáticos delanteros a las ruedas traseras, y puesto nuevos en las delanteras.
La vida es mejor cuando es previsible.
Pero entonces, un lunes, sin previo aviso, sin síntomas matemáticos en el aire, sin ningún indicio de la realidad, subió al autobús Sabrina. Es pelirroja y tiene dos pares de zapatos rojos, otros dos negros, uno de botas marrones de media pierna, y el sesenta por ciento de los días usa pantalones, mientras que el resto lo reparte entre vestidos sueltos y a veces una minifalda tableada. Rota la cartera cada tres días, y evidentemente el fin de semana no participa en esa rotación, porque la cadencia se mantiene de lunes a viernes.
Y no me la puedo sacar de la cabeza.
Desde el primer lunes que apareció, pienso en ella unos doscientos catorce minutos al día. Es una media, pero no aritmética sino exponencial, porque la cantidad acumulada de minutos aumenta, por lo tanto le asigné un cociente del sesenta por ciento de peso a los últimos cinco días, solamente para que el cálculo refleje la realidad.
Estimo que el pelo lo tiene de entre cuarenta y cinco y cincuenta y dos centímetros de largo, con un simpatiquísimo flequillo que parece cortado a cuchillo, con trasquilones que me perturban a nivel karmático porque no creo que se pueda establecer un patrón, y sin embargo la parte de atrás cae como una cascada roja y cobriza, arrancándole al sol los mejores destellos que consigue filtrar por las ventanillas.
No me la puedo sacar de la cabeza, porque parece generar un campo gravitacional a su alrededor, me imagino su magnetismo superando por mucho los paupérrimos nueve coma ocho metros sobre segundo cuadrado de la gravedad terrestre, atrayendo cuerpos y mentes en un movimiento casi galáctico, pero tan terrenal que, al mismo tiempo, quita el aire.
Sé que se llama Sabrina porque tiene una esclava de oro en la muñeca izquierda, que dice Sabrina en tipografía helvética itálica, y sacude la muñeca con mucha gracia, una media de seis balanceos rápidos, para despegarla del reloj, y me gusta porque hace movimientos pares.
Supongo que ya no volveré a verla. Después de lo que ocurrió hoy en el autobús imagino que buscará otra forma de viajar.
Es que no me la puedo sacar de la cabeza, y no es que esté enamorado, pero ella no lo entendió. Evidentemente notó que siempre la miro, y hoy, finalmente, me increpó con simpatía: “Veo que siempre me mirás. ¿Quérés que vayamos a tomar algo?” Sonrió y el motor del monstruo de acero y caucho pareció ahogarse, quedarse sin aire. Mis pulmones sufrieron un colapso parcial, en el que sus alveolos dejaron de intercambiar monóxido de carbono por oxígeno.
Inventé seguridad de donde no la tenía, y en un esfuerzo colosal por vencer mi timidez la miré a los ojos, sonreí y le dije: “No hace falta tomar algo, lo único que necesito es que me permitas contarte las pecas.”

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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lindo leerte Pilos… por favor.. escibinos algo sobre el tiempo!.. que esta pasando?
si es relativo como decia einstein,algo del punto de referencia se ha movido.. seguro..
ahhh no entendoi que el comentario era sobre el texto. bueno… ya lo comente en fcbk…
estas ahi, Max?