Nos conocimos al pie del volcán. No hacía ni dos días que había dejado de llover cenizas, y el aire tenía una rarísima limpieza repleta de partículas en suspensión. Yo llevaba el clásico equipo marca Quechua con el que nos disfrazamos los europeos cuando vamos a la selva. Y me sentí ridículo. Me sentí ridículo al verla, porque ella iba sencilla, con un poncho de alpaca y sandalias desgastadas con unas simples tiritas de cuero que le rodeaban los tobillos. Llevaba unos pantalones de lona y el pelo negro petróleo le caía descuidado sobre la frente y los hombros. Parecía la encarnación de la Pachamama. Como muchos quechuas, tenía los ojos de un negro brillante único, hermoso, capaz de reflejar cada detalle del bosque, cada piedra del camino, cada nube del cielo. No sería justo con el resto de las mujeres del mundo decir que me enamoré al instante de ella. El enamoramiento es un concepto cultural, lleno de querubines con flechas con forma de corazón y salones de té decorados para San Valentín. No, no es eso.
La sentí en el pecho. Cuando mis ojos toparon con los suyos fue un encuentro del agua y la tierra, de lo natural y lo manufacturado. Su mirada me inundó de golpe, y pude identificar mi cuerpo fusionándose con el suelo, contactando con las raíces primarias, con los minerales arcanos, con los fluidos terrestres, con la vegetación autóctona. Mis uñas se hicieron de cáñamo y sauce, mis labios se entreabrieron para dejar escapar el aire que, en seguida, se tornó brisa y viento, volando hacia ella.
La sentí en el estómago. Las frutas que había comido durante el ascenso reaccionaron a su presencia, abrieron sus gajos para transformarlos en pétalos, y los pétalos en alas de mariposas rebeldes, vistosas, con los ojos de la madre tierra dibujados en ellas, mirándome, interpretando mi asombro en clave de noche y los silbidos zahirientes de los micos trepados a los árboles, testigos impávidos de una escena absurda para sus cerebritos de primates inferiores.
La sentí en las rodillas, que cedieron imperceptiblemente bajo el peso milenario de la sabiduría en su mirada, abandonando el deber de llevar el peso de mi cuerpo. Cabizbajo, tuve que hacer un esfuerzo extra para no romper el hechizo, y volví a buscar sus ojos, profundos, nocturnos, cálidos, cercanos y distantes.
Sonrió.
La sentí en mis genitales, que súbitamente se llenaron de sangre que acudía al llamado, sangre repleta de oxígeno, sangre y semen hirviendo en un caldo de deseo y hojas tiernas pudriéndose en un suelo sin semillas. La sentí arder en ese caldo, en esa sangre.
Dio un paso hacia mí. Estiró una mano y se aferró a mi muñeca. Me sonrió con una sonrisa solar, dibujando una suerte de dientes blancos como las pintitas de las frutillas, dulces.
La sentí en la piel. Pero no donde me estaba tocando, sino en toda la piel como un órgano único y preciso, como la alfombra sobre la cual amarla al calor del fuego de su vientre. La sentí en toda la extensión de la piel, y precisamente bajo las orejas el susurro grave de su voz trazó para siempre en mi memoria el vuelo caprichoso de cien mil pájaros libres.
Se acercó lentamente, espantando con amor a los pájaros, y me susurró: “Tupananchiskama”. “No entiendo”, alcancé a decir. Pero ella había desaparecido tras el tronco milenario de un sauce enorme. Rodeé el árbol, persiguiendo el eco de esa palabra india, y pude ver como cada una de sus letras se estrellaba en los nudos, en la corteza poderosa, mientras el eco de la voz jugueteaba entre las hojas, eternizándose en mi memoria en los jirones de cielo que se colaban en el sotobosque.
Asombrado, pude ver cómo las letras se fusionaban en un humo místico, irisándose, tornasolándose suavemente en cien millones de colores. No había visto nada tan hermoso, y es raro decir eso por segunda vez en unos pocos minutos. Finalmente, la figura se transformó en un indio anciano, de no más de un metro cincuenta, sin dientes, de ademanes chamánicos y con una mirada infinita que me atravesó de lado a lado sin dificultad. Sentí que el anciano estaba leyéndome entero, sin poder oponerme ni protestar. Leyó mi miedo a la policía del tercer mundo, mi pasión por el Frozen Yoghurt, mi colección de cómics, mi mediocridad jugando al ajedrez, mi egoísmo emocional, mi destreza en el amor físico.
Sonrió, así que no pude más que sonreír.
“Ella te regaló Tupananchiskama”. A pesar de no tener dientes, su sonrisa era hermosa. “¿Qué significa?”, pregunté, curioso. “No tiene traducción en tu lengua. La lengua de los blancos es muy pobre, pero podría ser algo parecido a Hasta que la vida nos vuelva a encontrar.” Supongo que mi cara de maravillado no sorprendió al hombre, porque no hizo más que torcer la sonrisa en una mueca divertida. “Quizás no signifique nada para ti, pero te obsequió con algo mucho más valioso que su cuerpo, e incluso que su vida. Es una promesa de retorno, un juramento de amor para siempre. Lo que te ofreció es algo que los blancos no saben dar ni recibir, y por eso mismo dudo que vuelvas a verla.” Yo no salía de mi asombro. Tardé unos segundos en volver a hablar: “No puede ser, tengo que verla. Ayúdeme.” .” Mi súplica resonó en el bosque, multiplicándose al tiempo que se dividía, mezclada con el eco. El anciano indio había desaparecido. Inmediatamente, el guía salió de detrás de una piedra y me presionó: “Vamos, Ernesto, que se está quedando atrás. El grupo le lleva como un kilómetro, pensé que estaba usted perdido.”
Comencé a caminar como un sonámbulo, apenas percibiendo el bosque, los árboles frutales y el bullicio de los monos, los gritos agudos de las ranas y el silbido de los pájaros. No recuerdo haber subido ni haber bajado. No recuerdo más nada hasta cinco días después, cuando me bajé del avión en Madrid, sin poder parar de llorar.
Y por eso, Analía, es que tu tío no se casó nunca. Nunca más pude amar a otra mujer, ni besar a otra mujer, ni llorar por otra persona. Aún la busco bajo las hojas de otoño, detrás de las flores, en el olor de la lluvia, en el nombre del barro. Y por eso, Analía, antes de morir quiero volver. Sé que me está esperando. Tupananchiskama.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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