Siniestro. Si tuviera que mencionar su principal caracterรญstica dirรญa que es siniestro. Me mira con una sonrisa que corta como cien mil tijeras, en la que asoman dientes ya sin filo, no obstante. ยฟCรณmo puede ser filosa la sonrisa y romos los dientes? Y es que eso es lo primero que hace que un hombre no te guste, que tenga una sonrisa fea. รl no me gusta, no me gusta nada.
Taimado. Taimado tambiรฉn lo describe. Cuando tuerce la mirada, y te mira como de costado, pero en realidad es de frente, y eso me hace sentir casi desnuda, puedo imaginar unos dedos invisibles recorriendo mi cuello, buscรกndome la piel con engaรฑos, con subterfugios equรญvocos, con una autรฉntica colecciรณn de malas intenciones.
Brutal, aparentemente. Es que esas manos grandes, con manchas, de dedos gruesos y uรฑas cascadas, con aristas opacas, la antรญtesis del nรกcar. Tiene feas manos, y un hombre con feas manos no puede intentar seducirte, no puede ofrecerte ternura. No puede empujarte y tampoco arrastrarte. Un hombre con feas manos no es un hombre.
Maligno. Sรญ, maligno. Su papel en este mundo es representar el mal, traer de los infiernos una mรบsica estridente y llamas de mentira, que no escuecen la piel, pero achicharran el alma. Es malo por ser malo, por amor a la maldad, por el simple y puro placer de saborear la perfidia. Es malo porque sรญ, que es sin duda la peor clase de maldad, la que no responde a un motivo superior ni a un designio divino. Simplemente es maligno.
Sucio. Su pelo cae a tiras apelmazadas a ambos lados de un rostro arrugado y desagradable. Da la sensaciรณn de que es imposible lavarlo, que la grasa ancestral de sus raรญces es capaz de repeler cualquier quรญmico limpiador, por abrasivo que sea. Me hace sentir arrinconada, como si รฉl tuviese medusas muertas en la cabeza, como si un pulpo ofendido me atacara con litros de tinta en pie de guerra.
Incompleto. Quizรก no sea su culpa, pero le falta un pie. Es por la diabetes, dicen. Se apoya en un par de muletas ignominiosas, de aluminio barato, con agujeros a los costados para regular la altura, y la pierna izquierda doblada en semifallo, como quien salta en una pata, pero la forma de caminar me hace sentir perseguida, dentro de una pelรญcula de terror en la que el malo no es rรกpido, se desplaza lentamente, pero no importa cuรกnto corras ni lo que hagas, te atraparรก inexorablemente.
รcido. Su sentido del humor, la forma en la que se comunica, cada palabra que dibuja con unos labios agrietados y manchados de saliva oscura, con restos de babas pegajosas y dientes repletos de sarro asomando. Cada palabra, decรญa, es una herida, un movimiento hiriente, un chiste amargo que en lugar de hacer gracia daรฑa, ofende y oculta siempre una verdad peor que los vocablos lanzados por esa cueva de oso que hace las veces de boca.
Malhechor. Basta mirarlo a los ojos para leer las fechorรญas que no se molesta en ocultar, el ejรฉrcito de damnificados que su mera existencia lleva contando uno detrรกs de otro, perjudicados por el simple contacto con su persona. Quรฉ digo persona. No deberรญa poder llamรกrsele persona. Es un ente, un prodigio producto de una hechicerรญa arcana, de una maldiciรณn furibunda contra la humanidad. Cuando me habla, me hace sentir que me estรก dirigiendo a un engaรฑo, que va a apropiarse de algo mรญo, no necesariamente material, podrรญa ser mi bondad, mi virtud, mis recuerdos, mi diario รญntimo, mi cuenta bancaria, mis recortes de dibujos de unicornios, mi colecciรณn de delantales de cocina, mis cucharitas de tรฉ.
Zafio. Sin ninguna duda sus intenciones son sexuales. La mirada libidinosa, los pantalones ajustados que marcan una masculinidad marchita, muerta, pero a la vez voluminosa. La displicencia con la que se pasa la mano por su virilidad mustia, a la vez que entreabre la boca en donde se adivina el reposo infame de una lengua oscura, pรบtrida, maloliente.
Mierda, se levanta. Lo veo venir con las muletas destrozadas, babeando por el esfuerzo. Se dirige hacia mรญ, como siempre, como todas las tardes, y puedo sentir cรณmo mi corazรณn se acelera, cรณmo el pรกnico me recorre entera, como la musculatura de la cara interna de mis muslos se tensa en una maniobra protectiva, en un gambito esquivo para que su lascivia no me alcance. Ya viene, un sudor frรญo me recorre la espalda. Quiero esconderme, quiero desaparecer, dejar de existir, cualquier cosa que me evite lo de todos los dรญas.
Llega hasta mรญ, extiende una mano. No sรฉ cรณmo lo hace a pesar de las muletas. Me adelanto, para evitar el aliento de muerte que sรฉ que me alcanzarรก si abre la boca, y le digo, con cariรฑo:
– ยฟHoy tambiรฉn vamos a la plaza, Abuelito?

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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