El olor a casa nueva era único. Una mezcla de madera de pino con lustramuebles barato, un aroma cosmético, de producto de limpieza, que a pesar de llevar varios meses habitando el ridículo palacete de la Avenida Quintana, Martina no conseguía eliminar. Deseaba olores humanos, a pies, a cebolla frita o sopa de pollo. En cambio, una reminiscencia amoníaca se negaba a abandonar el lugar.
Horacio, por otra parte, estaba encantado. El absurdo caserón había pertenecido a una rama rica de su familia, un tío abuelo del que se contaban historias difícilmente creíbles, pero que hacían la delicia de la maledicencia y el descaro a la hora de criticarse los unos a los otros entre los nutridos parentescos de ambos. El ejercicio del sarcasmo era multidireccional, tanto en la familia de Horacio, los Quiroga, como en la de Martina, los Borges.
La herencia llegó de forma inesperada. En la familia, todos odiaban al tío abuelo Cosme y sus millones. Había vivido una vida de opulencia, despilfarro y mujeres hermosas, sustentado todo ello por un dudoso negocio de cordones de zapatos trenzados que vendía a la famosa fábrica de alpargatas, que, como todos saben, son abiertas y no llevan cordones.
Cuando el notario, un infeliz malhumorado, bajito y enjuto, leyó el testamento, nadie se sorprendió con la lenta enumeración de desheredados. Uno por uno, todos los miembros de la familia Quiroga fueron privados de cualquier clase de legado patrimonial, excepto Horacio, que recibió el palacete antiguo, con la instrucción expresa de retirar todo su contenido, a excepción de los muebles de la sala, el armario del recibidor y la mesa de nogal para doce personas que presidía la cocina. El efectivo, las acciones y los bonos fueron donados a beneficencia, y la fábrica de cordones de zapatos que tanto había dado de sí, resultó ser un galpón vacío en el barrio de Barracas, donde las ratas campaban a gusto y no había ni siquiera hilo para fabricar nada. Un misterio.
Martina propuso vender el palacete y comprar algo más práctico, pero Horacio estaba seducido por los relieves heráldicos en las paredes, por las marcas de antiguos tapices en la pintura, que luego de lavarlas con lejía y estropajo se revelaron imposibles de borrar, por el tejado de pizarra negra que en los días de sol absorbía los reflejos como si fuese un pozo sin fondo, y en las noches de luna refractaba los rayos selenitas, repartiéndolos por las fachadas de las casas vecinas, y no menos importante, por un enorme naranjo que había en el patio trasero, al que nadie nunca vio dar una flor de azahar.
Horacio trabajaba todo el día fuera de la casa, y Martina, mientras tanto, la recorría insomne, memorizando cada marca en las paredes de las trece habitaciones, todas enormes, todas cuadradas, de techos altos. Intentaba limpiar la casa, pero no era posible porque sencillamente no había nada que limpiar. El olor de la lejía la perseguía de una habitación a otra, como un rastro indescifrable y a la vez corpóreo, denso, espeso. Comenzó a pedirle a Horacio que se mudasen, cada vez con más frecuencia, pero él se emperraba en permanecer allí.
Cuando Martina argumentó el elevado esfuerzo económico de mantener semejante inmueble, Horacio le respondió que lo habían ascendido en el trabajo: el dinero no era un problema. Cuando le explicó que se sentía sola, él le sugirió sardónicamente que se comprase un perro. Cuando le dijo que el olor a lejía la volvía loca, él contestó que probablemente ya estaba loca de antes, porque la casa solamente olía a suelo encerado y a madera mojada por la lluvia. Cuando argumentó que sospechaba que en el sótano podría haber ratas, el rió a carcajadas, diciendo que no necesitaban el sótano para nada, y que, en lo que a él respectaba, las ratas podían habitarlo si querían.
Como argumento final, Martina le dijo que sentía irse su alma, que no lo podía explicar, pero que la casa la observaba, y que temía perder la noción de las cosas. Horacio la mandó a ver un psicoanalista.
Paulatinamente, Martina dejó de hacer los oficios de la casa. Hacía la prueba de no lavar la cocina después de cenar, pero a la mañana siguiente estaba impecable. Dejó de trapear los muebles, pero el polvo no se asentaba sobre ellos. Dejó de lavar y planchar el ajuar de cama y las toallas con las iniciales de ambos bordadas, y sin embargo siempre olían suavemente a limpio y a lejía, y estaban blancas, impecables, impolutas.
“Me estoy volviendo loca, Horacio”, se derrumbó una tarde de otoño. “Esta casa me oprime, me hace daño, me entristece, me desespera, me observa, me persigue”. “Ya lo veo”, respondió él, ofendido. “No te ocupás más de nada, esto es una pocilga, voy a tener que contratar a alguien que haga lo que vos no hacés”. “¿Qué estás diciendo? Está todo impecable”. Horacio rió amargamente. “Nuestra habitación huele como un criadero de conejos, y el baño da asco usarlo”.
Pasaron dos años. Dos años y diecisiete empleadas domésticas renunciaron a la batalla contra la casa, mientras Martina repetía que no había nada que limpiar, y Horacio se refugiaba en su trabajo. Con el correr de los días dejaron de intimar, luego de reír, y finalmente de hablarse, hasta que fueron dos entes deambulando por un palacio vacío, con el eco de los pasos retumbando en los falsos techos de yeso, y los pasos de las ratas repiqueteando en el sótano infame.
Una tarde de agosto, Horacio llegó más tarde de lo normal, era noche cerrada y al abrir la puerta la casa exhaló un aliento invernal, seguido de un gemido imperceptible. Algo había cambiado. Sintió un fuerte olor a lejía, y en la penumbra del salón mal iluminado, descubrió a Martina, de pie. Llevaba un camisón blanco con lamparones amarillentos en la pechera y en la zona de la ingle, y tenía el gesto desencajado, la mirada estrábica y perdida en algún punto de fuga detrás de la nuca de su marido, y a pesar del cuadro desolador, toda ella resplandecía con un brillo angelical, como si la hubiesen iluminado desde dentro hacia fuera.

“¿Qué hacés?”, preguntó, escuchando el latir de su propio corazón en los oídos, retumbando mientras sentía la sangre golpear en las sienes, y el pulso le fallaba al intentar cerrar la puerta. “¿Por qué huele así la casa?”
“Esto se acabó” fue toda la respuesta que obtuvo de su mujer. “No hay más lejía”.
* * *
Martina despertó en la habitación matrimonial, y por primera vez advirtió el polvo acumulado que opacaba los suelos de madera, las telarañas que colgaban como pesadas cascadas de ceniza, los manchones amarillos en las sábanas, los círculos concéntricos de su propia baba en las fundas de las almohadas. Bajó las escaleras llamando a Horacio con voz trémula, con un pánico creciente colonizando su vientre. En el baño, descubrió horrorizada que los sanitarios ostentaban un color ocre claro, y un tufo ofensivo a orines rancios la expulsó de la estancia. La cocina era un espectáculo dantesco, cacerolas mugrientas se acumulaban en la pileta, bajo pilas y pilas de platos que evidentemente habían sido utilizados muchas veces, con distintas salsas y contenidos. Era imposible no ver el moho y la grasa por todas las superficies de la cocina. Continuó llamando a Horacio, con un mal presagio creciendo en su pecho.
Al entrar en la sala lo vio. Estaba de rodillas, en medio de un charco con un fuerte olor a lejía. En el suelo, un embudo y un bidón eran testigos impávidos de ese cadáver inverosímil. Nunca supo Martina de dónde sacó la fuerza para obligarlo a beber tres litros de lejía, ni cómo el cuerpo quedó en ese equilibrio bochornoso, ni de qué forma llegó al dormitorio, ni cuánto hacía que la mugre sepultaba la mansión Quiroga bajo una pátina de olvido.
Antes de llorar, pensó en el tío abuelo Cosme, y supo que la herencia no era más que una broma de mal gusto.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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