El hotel era sorprendentemente bello. Una combinación ecléctica de modernidad con reminiscencias renacentistas. Lánguidas lámparas de araña colgando como sauces vítreos, llorando sus lágrimas de diamantes prístinos sobre la escasa concurrencia. Entre ellas, luces LED y un sofisticado sistema de audio envolvente basado en cuatro o cinco palabros gringos, creaban una atmósfera propia del siglo veintiocho. Los muebles parecían de madera noble, siendo en realidad poco más que alcornoque barato barnizado con maestría por un anciano carpintero, más anacrónico aún que las arañas colgantes, que cada quince días pasaba dos en el hotel, encolando, lijando, reparando destrozos imperceptibles, disimulando el paso del tiempo y la mala calidad en el maderamen del establecimiento, cuya barra ciclópea ocupaba el diecisiete por ciento de la superficie cuadrada del bar del hotel. En conjunto parecía una taberna del oeste cuando las putas ya se habían ido a dormir, dejando solos a varios prohombres estrepitosamente borrachos que, aun así, se negaban a perder la elegancia.
Marisa era habitual en el hotel, sobre todo en primavera y verano. Solía caminar las ramblas de Barcelona en busca de cualquier cosa que representara pájaros de cualquier clase, cuanto más coloridos y estridentes los plumajes, mejor; y nunca explicó a nadie el propósito de construir tan fabulosa colección. A fin de verano dos mastodontes centroamericanos con acento equívoco de algún lugar del caribe, retiraban dos, y a veces tres enormes baúles con el plumífero contenido cuidadosamente estibado para llegar dios sabe dónde, indemne y listo para lucir los colores de la felicidad embalsamada, pintada, fotografiada o esculpida.
Y fue una tarde del pasado invierno cuando el tiempo pareció detenerse en el bar del hotel. La música se eclipsó a sí misma en una síncopa eterna, y las partículas de polvo en suspensión imitaron por un momento el modelo de doble eje helicoidal de Watson y Crick, cuando Esteban Giménez, El Guapo, abrió de par en par las dos puertas, permitiendo invadir el bar al bullicio del Passeig de Gràcia.
Todo él era inverosímil.
Marisa lo escrutó de arriba a abajo, inventariando cuidadosamente sus extravagancias de varón. Un sombrero de ala angosta, de fieltro blanco impoluto, con una cinta color gris, ancha, describía una diagonal muy poco geométrica, bordeando sus sienes entrecanas, para subrayar desde arriba una mirada penetrante, ojos negros, comunes, y una nariz cruel, resaltada por un bigote fino a dos aguas sobre los labios pálidos y delgados. El traje iba a juego con el sombrero, y no al revés. Blanco también, con camisa negra y corbata blanca, y un cinturón de fantasía pampeana, de cuero lustroso, para actuar como frontera vital entre el pecho poderoso y las piernas firmes, seguras. Finalmente, un par de zapatos charolados a blanco y negro, más de bailarín de tap que de tango, que era lo que El Guapo solía bailar, remataban un conjunto descorazonador por deslumbrante y único.
Se quitó el sombrero y la chaqueta, con ademanes varoniles y precisos, sabiéndose observado. El Barman aguardaba inmóvil una orden que, aún antes de recibirla, sabía que demandaría obediencia inmediata.
– Un cacaolat calentito con un chucho de chocolate – ordenó El Guapo, mirando de reojo a Marisa, que sostenía un arenque en escabeche a medio camino entre el plato y su boca. La miró, desafiándola a reírse de tan particular comanda, pero ella, digna y elegante, simplemente sonrió con restos de arenque entre los dientes, imaginando las plumas y las alas batiéndose de risa en los baúles, arriba en sus habitaciones.“Esteban Giménez, para servirle” dijo El Guapo, tomándose en serio a sí mismo, mientras los vellos más altos de su bigote flameaban al ritmo de tifón desatado de su respiración nasal, de macho auténtico. “No se lo he preguntado”, le respondió ella, dibujando, con picardía, su mejor sonrisa, “pero agradezco saberlo. Marisa, coleccionista de pájaros y soñadora aficionada. Encantada”. Se dieron la mano, y El Guapo se acomodó en un taburete bien cerquita de la pajarera, soplando cuidadosamente el cacaolat en vaso alto, para combatir las burbujas de espuma y el exceso de temperatura, antes de atacar a mordiscos salvajes el chucho de chocolate. Se trenzaron en una dialéctica vengativa y audaz, lanzándose pullas el uno al otro en constante avance y retroceso, insultándose y seduciéndose a partes iguales. Ella a él por su disfraz, aunque no sin reconocer su elegancia. Él a ella por su afición ornitológica, no sin reconocer su perseverancia y laboriosidad.
La noche se abrió paso a través de las ventanas, cabeceando suavemente como los muñecos de perritos infames que hay en algunos parabrisas, respirando a bocanadas la oscuridad exterior, y soltándola entre ambos para dibujar una frontera de nocturnidad, estableciendo una separación de los cuerpos que, inmediatamente, se reflejó en las almas. Se habían quedado sin conversación, pero ninguno de los dos quería irse, ninguno quería abandonar su presa, pero tampoco reconocer su bochornoso metejón, su violenta pasión contenida. Una soledad enorme los agotaba, los atravesaba y los unía en un prado de amapolas marchitas. El Guapo se acomodó en su asiento, nervioso, y Marisa reaccionó, temiendo que el mejor pájaro que jamás había visto se escapase sin remedio. “No se irá a marchar usted, ¿verdad?”, preguntó, desolada, agitando dos pares de pestañas largas como las plumas de un loro macho. El Guapo la miró de lado, sonriendo a lo Bogart, sin ninguna piedad, y dirigiéndose al Barman, sentenció seriamente: “De ninguna manera. Ponme cacaolat de nuevo, Sam.”
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Me encanto la frescura del texto. Me dejo una sonrisa en los labios.
Cada dia escribes mejor
Un abrazo
Jane
Gracias Jane! Me alegra que te haya gustado! 😊