Ojalá hubieras sabido leerme. Ojalá hubiera sabido yo como llegar a vos, cómo guiarte, cómo encontrarte en un naufragio escueto en palabras, pero pródigo en tragedias y catástrofes.
Ojalá, mi amor, hubiéramos sabido entendernos, traducir a las runas íntimas del otro las idas y venidas de nuestro dolor, de nuestro placer, de esa búsqueda tan infame como emocionante, en la que, en algún momento, perdimos el rumbo, distrajimos nuestros pasos y nos encaminamos a una derrota sin consuelo, a un silencio de negra que aún retumba en el eco sistólico y diastólico de mi pecho marchito.
Y supongo, mi amor, que esto es todo, que no volveremos a barajar y dar de nuevo, que los jirones de amor que aún se filamentaban entre mis dientes, que se desagotaban suavemente entre los dedos, por debajo de la piel, ya no son más que una memoria física, un dardo clavado en carne ajena, el rescoldo de una pasión traducida en violencia. Sí, en violencia. No quiero quejarme, mi amor. No quiero acusarte de nada, ni hacerte reproches quejumbrosos ni escenas épicas. Pero quiero que sepas que esas últimas palabras fueron violencia.
En algún sentido, mi amor, es un aprendizaje. Creo que es la primera vez en mi vida que a la violencia extrema respondo con amabilidad, con una sonrisa canina y un sofocar sordo de instintos que se disparan en un instante, cuando una ola de dolor nos recorre como un latigazo, sin piedad, sin amor, con intención de hacernos daño. De hacerme daño, más bien.
Ojalá, mi amor, tu voluntad indomable hubiera encontrado en mi mirada una razón para escuchar, para ofrecer sin razón piel y palabras, para reencontrar en tu sangre el motivo más poderoso, la verdad última que nos convoque una última vez al mismo cuadrilátero, a pelear la pelea de los amores hundidos, de los naufragios de la pasión, de las pieles deshaciéndose en retazos de cuero, sangre y pelo.
Ojalá, mi vida, estas palabras fuesen de agradecimiento y no de tristeza. Ojalá estuviéramos lamentándonos de habernos reencontrado, en lugar de estar lamiéndonos las heridas como tigres después de una disputa territorial perdida. Ojalá.
Y ahora, varios días después, miro por la ventana de mi habitación, tras la cual se alza una montaña pequeñita, sin cumbres nevadas pero tapizada de un verde perenne, y veo llover las cenizas de mi alma, como copos corpóreos, que caen lentamente en una contradanza exquisita, triste y sensual, como si fuese un tango eterno, un toque de queda para las emociones, una anestesia suave para que el dolor no duela, pero aun así no permita olvidarte. Porque el olvido, mi amor, es el más vil de los destinos. Me niego a olvidarte. Me niego a dejar ir la parte de mí que te amó, lo que fuiste y lo que soy. Me niego, mi amor, y no me importa decirlo en voz alta. No me importa decirte que tu piel se llevó para siempre las mejores intenciones de las yemas de mis dedos, que tus labios atraparon mis besos más sinceros, los más jugosos, los más íntimos que jamás ofrecí. No me importa que sepas que tu espalda es para mí un interminable campo de violetas en flor, un remanso en el que pastar mis momentos de furia y también los de gloria. No me importa, mi amor, confesar para vos y para quien quiera oírlo que tus ojos van a convocarme para siempre a un estanque sin tiempo, en el que los sauces bañan sus ramas tristes, y donde el amor no es nunca pecado ni debilidad, sino la única forma de entender a un hombre y a una mujer.
Y sin embargo, mi amor, tu violencia me dejó en un rincón del que no sé salir, en una penitencia sin reglas de la que no puedo escaparme. Mi única elección posible, hoy, después de los trazos negros, metálicos de tu voz traducida a bits y píxeles, es aceptar que me olvides, dejarte ir sin hacer nada, mirarme los pies y meter una cuchara de madera en un puchero enorme y familiar, donde refugiarme de unas heridas que ya arden más de lo que duelen.
Por primera vez en muchos años, mi amor, puedo escribir, sin faltar a la verdad, que nuestra historia terminó, que nos agotamos de una vez para siempre, que no quedan monedas al fondo del frasco, que no hay más reenganche, que hemos escrito, casi sin querer, un final. Doloroso y bobo, tibio e indigno de lo que fuimos, pero es un final. Y me sorprende, una vez más, descubrir que este amor se terminó como se terminan los grandes amores, sin trompetas ni fanfarrias, sin fuegos de artificio ni grandes despedidas, sin memoriales ni celebraciones ni conmemoraciones, sin foto para el recuerdo y sin nostalgias que mantener vivas. Se apagó. Se murió como una luciérnaga al llegar el invierno, desgastándose, terminándose.
Ya no hay más que decirnos, mi amor.
Llegó el momento de dejarnos ir, de traspasar esos fantasmas translúcidos que nos retenían en el mundo real y abrazar un dulce y tibio olvido.
Ya no te amo, mi amor, pero estás en mí.
Y en mi morirás.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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