Es así, mi amor. Ya no sangro más. Quizá no sea fácil documentar la gesta emocional que significa dejarte ir, despedirme de vos, abandonar la pelea silenciosa, el vacío de palabras que te representa cuando no estás, cuando después de marchitar las flores con una mirada herida me proporcionás una soledad nueva, ancha, infinita, imprecisa y a la vez mecánica.
Y sin embargo, mi amor, hay partes de vos que quiero conservar, que no estoy dispuesto a permitir que te lleves, que me arranques del cuerpo con las espinas de ortiga de tus uñas aguerridas, el pocito en mi pecho que, sin piedad, cava tu mirada cuando se fija en mí, cuando me destruye de a poco, sin hostilidad, sin beligerancia, pero también sin dudar, sin que tus manos rehúyan la contienda.
Y la primera, mi amor, sin siquiera pensarlo, es tu sonrisa cuando estás contenta. Tus labios se entreabren como el telón de un teatro de marionetas para niños, y revelan en su interior treinta y dos piezas dentales perfectas, blancas, casi nacaradas, pero con una separación entre tus incisivos frontales que es quizás una décima de milímetro mayor que lo que marcaría la perfección, conjurando con esa mínima asimetría una sonrisa que deslumbra como una luna llena temblando en el agua de mi estanque privado.
Y el marco de esa sonrisa, mi amor, son tus labios, el diseño aritmético perfecto de la superficie más besable del mundo, un portal que da la bienvenida a la humedad de tu saliva, a la fragancia de menta suave de tu aliento contenido, a la millonésima batalla de lenguas y burbujas que entablamos tibiamente en cada beso.
Y no puedo dejar de mencionar, mi amor, la explosión controlada de tu risa. Si tuviese que explicar la felicidad a una civilización alienígena utilizaría tu risa para ilustrarla. Si tuviera que revivir mil momias enterradas en las arenas del tiempo, invocaría tu risa prístina para despejar el aire, para espantar los demonios, para iluminar el presente. Si quisiera proteger a un niño de sus pesadillas nocturnas, le entregaría el resplandor de tu risa, que ilumina el silencio. Si quisiera volver a amar, mi amor, si es que eso es posible, entonces repetiría tu risa una y mil veces hasta que alguien caiga en su hechizo como lo hice yo, y me entregue su alma envuelta en hojas de acelga fresca, en ramas de jacarandá en flor.
Y si eso no basta para que entiendas por qué, aunque me haya rendido a tu partida, no puedo sino quedarme para mí algunas cosas, mi vida, te pido que te enfrentes utilizando un espejo a la crueldad absoluta de la belleza infinita en tu mirada, los dos puntos estelares y azules que forman un vórtice gravitatorio con el que, sin ningún disimulo, absorbiste mi voluntad, mis pasiones encendidas por tu piel, mi razón de ser, el coraje con que muevo la tierra y el miedo animal que a menudo me resume.
Y es tu piel, mi amor, un ingrediente indispensable de esta sopa de amor y dolor, la planicie plácida y nocturna donde reposan mis sueños ya enterrados, ya muertos a manos de tu partida. Es en tu piel, mi amor, donde fui más feliz, donde fui más hombre y más animal, donde encontré tu rastro de hembra joven, la dulzura de mis dedos derritiéndose ante la maravilla imposible de tu tacto. Tu piel, mi amor, es el premio final que hace que vivir haya valido la pena hasta hoy, y que la degradación de mis manos, la desintegración de mis dedos no sea una tragedia, porque han tocado ya todo lo que tenían que tocar, porque nunca más mi amor, mis dedos van a provocarme esa conmoción completa, ese dolor intenso de saber que estoy tocando magia, que estoy palpando amor, que estoy sintiendo pasión, que bajo mis dedos se extiende en animal más magnífico e increíble que jamás sembró la tierra con sus pasos.
Y no menos importante, mi amor, es tu picardía, tu sentido del humor, la crueldad suave con que me pinchás cuando te sentís juguetona, el lenguaje procaz, lenguaraz y erótico con que me buscás las cosquillas. No es menos importante, mi amor, porque el simple sonido de tu voz reverbera en mi pecho como el canto atronador de cien mil pájaros enamorados de la vida.
Ya está, mi amor. Se terminó el juego. No estás acá, y creo que está bien. Me duele, y cada mañana sin vos me gustaría invocar cien tormentas y doce catástrofes, traerte a mi lado, arrancarte de donde sea que estés, brutalizar el mundo que te aparta de mí, envilecerme sin vos, vengarme de la realidad, destrozar a dentelladas el silencio que nos separa.
Ya está, mi amor.
Ya no sangro más.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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« Ya no sangro mas »
Una maestría en las palabras, una ensoñación en la mirada a ese amor desojado por la ausencia, por lo que ya no existe pero está presente, en el tacto, en la vista en el oído del enamorado. El encanto de un amor físico que se recrea en imagenes de la mujer amada, de su piel , de su mirada de su carcajada sensual. La resignación sembrada de nostalgia por la pérdida del amor.
Fede, te empiezo a querer y si fuera mujer me enamoraría.
« Ya no sangro mas »
Una maestría en las palabras, una ensoñación en la mirada a ese amor desojado por la ausencia, por lo que ya no existe pero está presente, en el tacto, en la vista en el oído del enamorado. El encanto de un amor físico que se recrea en imagenes de la mujer amada, de su piel , de su mirada de su carcajada sensual. La resignación sembrada de nostalgia por la pérdida del amor.
Fede, te empiezo a querer y si fuera mujer me enamoraría.