Empezábamos en mi hombro -llamémosle así a la unión de la extremidad con el cuerpo-, y quizás lo mejor no era el sexo, sino la inmensa carga ritual que, a pesar de variar el guión, hacía que los encuentros fuesen indistinguibles unos de otros, como si realmente estuviésemos fundidos en una suerte de apareamiento eterno, perenne, en el que la frontera de mi piel no encontraba freno en las aduanas de tu entrepierna.
Pero decía que empezábamos en mi hombro, porque es precisamente donde yo sentía la raíz primigenia de nuestra energía erótica, y quizás es porque justamente el hombro no tiene más erogenia que un zapato o la cáscara de una nuez. Algo en el cableado absurdo de mi sistema nervioso buscaba allí el origen, un pulso neurálgico que se precipitaba por el brazo con el caudal de cien ríos, con la fuerza del barritar de un millar de elefantes espantados por la presencia infame de una manada de hienas hambrientas.
Y entonces venía el recodo, la parte media, el extremo, la curva vertiginosa en la que los pulsos sinápticos enviados por mi cerebro suelen hacer una pausa para recapacitar, para saberse en la buena senda o en un camino errado. Vos esperabas temblando de amor e impaciencia, con estupefacción al verme salir del agua, chorreando gotitas salpicadas de espuma sobre mi piel.
Solía enredarte en mí, traerte a mi dominio de mimos enrevesados y galimáticos, mezclar tus piernas con mi cuerpo, pegarme a tus muslos sin dar tregua, y después recorrerte, explorarte con una pasión que -solías decir-, no parecía humana.
Luego rodábamos por la arena, volcando las tumbonas que, impasibles, asistían como testigos mudos a la subida de la marea, mientras el sol siseaba en el horizonte un atardecer furioso, rojo rojo y naranja. Me encantaba sentir los granos de arena en mí, en vos, en nosotros. Me encantaba cómo te arqueabas como una gata salvaje, sufriendo en un grito ahogado mi descarga en tu interior, viscosa, lubricada y con una presencia infame que, en esta vida o en las cien siguientes, ni vos ni yo podremos jamás terminar de describir.
Y no es trivial que te llames América, no, no lo es. No lo es porque tu cuerpo es para mí un continente ignoto, inexplorado, que expone senderos y cavidades misteriosas, oscuridad insondable y resplandores varios que a menudo me ciegan, te ocultan de mí a plena luz, bajo los rayos hirientes que tus ojos disparan.
Pero esto tiene que terminarse ya, América, mi alma. No puedo más, me falta el aire después de cada encuentro, respiro mal y mis células parecen marchitarse una vez me derramo en vos. Cada vez es peor, mi amor. Cada vez duele más, cada vez me siento más fuera de mi elemento, menos comprendido, menos incluido en tu vida, en tu pobre capacidad de amarme, tu necesidad de suelo, de techo, de comida en la mesa y eso que llamás “pagar las facturas”, pero que no es otra cosa que entregar lo mejor de tu vida y de tu tiempo a una rueda mágica y troglodita, que tritura, que te aparta de lo que de verdad importa, de las pasiones, de los atardeceres, de la sangre y la tinta, del sexo, del amor y de los demonios terrestres y acuáticos que me acompañan cada vez que vengo a verte, cada vez que te desnudo, cada vez que me muero en vos.
Y es por eso, mi amor, porque tiene que terminarse, que comencé esta carta hablándote en pasado, recordando lo mejor que nos dábamos, los atardeceres desnudos al sol, las yemas de tus dedos, las de los míos, si es que pueden llamarse dedos, pero igualmente repletos de terminales nerviosos, de sensaciones en flor, de pasiones en llamas, de arañas vivas que nos muerden por dentro y nos recorren como fantasmas habitando un silencio.
Y esto, América, es una carta que escribo yo, pero lo hago desde tu cabeza, porque sabés que no tengo dedos, porque sabés que mi dominio del lenguaje es pobre comparado con el tuyo, porque conocés mejor que yo las razones que nos separan, que nos hacen despedirnos, que nos obligan a renunciar al encuentro y al orgasmo, a como sea que se llame esto que nos une.
Lo sabés, y también lo sé yo. Esto es cuestionable moralmente, pero también, mi amor, es reprobable biológicamente. Las mujeres y los pulpos no deberíamos tener sexo. No deberíamos enamorarnos. No deberíamos derramarnos el uno en el otro.
Por favor, dejame de nuevo en el acuario, y olvidá para siempre el temblor de miedo y placer que te producen las ventosas de mis tentáculos, y el amor que te desborda cuando te lleno con mi tinta.
Olvídame, América. No soy humano.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



Hola Federico !! Magnifico!!..hice doble lectura,estupendo argumento,lindisima mente, bellamente escrito ,doble significado (lo seguiré pensando) redondito del principio al fin. Cuanto deleite leerlo!! Cariños . Dina
Dina! Que alegría leerte! Que bueno que te haya gustado! Un cariño enorme!!
Hola Federico !! Magnifico!!..hice doble lectura,estupendo argumento,lindisima mente, bellamente escrito ,doble significado (lo seguiré pensando) redondito del principio al fin. Cuanto deleite leerlo!! Cariños . Dina