El Apache los mira, serio.
– ¿Se acuerdan de cómo quedamos? Pato, vas con el buga por la puerta. A cincuenta por hora, con mucho huevo y sin cagarte. Lucho y vos, Chino, a los costados con las palancas. Maru, le das cobertura a Lucho y al Chino por atrás. Y el resto, conmigo. Machetes preparados, también los martillos y las cizallas. Cuando Pato abra el boquete entramos, rápido y en silencio. ¿Preguntas?
– Apache -intervino Pato- ¿cómo de seguro estás de que esa cortina se cae a 50 por hora? Que es un fitito, no un tanque de guerra.
– No mariconees ahora.
– No mariconeo, nada más quiero evitar romperme la cara al pedo.
Un murmullo confuso de voces mezcladas hace imposible la comunicación durante unos instantes. El Apache resopla, exasperado, mientras repasa la tropa.
– Che, che, che. ¡Cállense, carajo! Son las tres de la matina, y estamos a trescientos metros. Tenemos que llegar hasta ahí sin hacer bardo. Que estamos en un barrio vigilante, y acá cualquier hijo de puta te llama a la yuta por un ruidito de mierda.
– Tengo miedo -dice Maru.
– No me seas pendeja. Cuando dijiste que querías venir te dije que minitas no, que se cagan. Insististe. Ahora te jodés.
Maru baja la vista, sonrojada. A lo lejos, un perro aúlla a la luna, relatándole su soledad canina, su noche fría, su cautiverio infame.
– Vamos – el Apache tiene don de mando. La tropa empieza a caminar, mientras Pato se sube al buga.
Lucho y el Chino se abren por la vereda izquierda, aprovechando las sombras que las farolas lánguidas hacen brillar sobre los adoquines del empedrado. El Apache guía a Mario, al Tronco y a Tito por la acera de enfrente.
– ¿Qué pensás, Lucho? – pregunta el Chino.
– Me parece que al Apache se le subió algo a la cabeza. Es un poco una locura. Pero andá a decirle que no.
– No tenemos que hacerlo. Nadie lo eligió jefe de nada. ¿Por qué le hacemos caso?
– Porque es el más grande.
– Vos decís eso porque todavía sos menor. Si nos agarran yo voy al trullo. Y con este pelo en Devoto me van a hacer la novia de América.
– No seas pelotudo. No nos van a agarrar. Y si nos agarran no vamos a ir en cana. Las cárceles están demasiado llenas para que encierren a perejiles como nosotros.
– No sé.
La luna, tímida, parece burlarse del grupo en cada charco, en cada esquina. El silencio de la noche replica el sonido sordo de los pasos de la tropa, un traqueteo seco.
– ¿Se acuerdan el plan de fuga? – pregunta el Apache.
– ¿Hay plan de fuga?
– ¿Sos boludo o te arrancaron verde?
– ¿Y de qué nos vamos a fugar?
– Cuando terminemos tenemos que pirar al toque. De la yuta, de los vecinos, de cualquier alarma que se active.
– ¿Y eso cuando lo explicaste? – pregunta el Tronco, alarmado.
– Si no estuvieras todo el puto día colgado lo habrías escuchado, salame.
– ¿Y como es?
– Nos abrimos en abanico, corriendo siempre por calles a contramano, de esa forma no te pueden seguir en patrullero. Hijoputa el último y nos vemos en el aguantadero.
El grupo llega al local. Silenciosos. Sigilosos. La persiana parece, desde fuera, terrible, sólida, un telón de chapa y nervios de latón. Se miran unos a otros, tensos, vigilantes, los pulsos acelerados, los corazones en un puño, la adrenalina corriendo en vena.
A cien metros, se pueden ver los dos puntos amarillos del fitito, al volante del cual Pato espera la señal. El Apache pasa revista con la mirada. Todo el mundo en posición. Baja a la calle. Es un pasito, pero le tiemblan las piernas.
Sacude los brazos y se aparta.
Los dos focos, como dos ojos de gato, se acercan mientras el ronroneo del motor se hace más y más audible. El impacto, a exactamente cincuenta kilómetros hora, es atronador. La persiana se abolla y se hunde sobre sí misma, bajo un quejido de cristales rotos, el estrépito de las carpinterías de aluminio endurecido y el timbre zumbando de la alarma que se activa.
La tropa se precipita dentro, martillos, machetes y cizallas en mano.
– ¡Lucho, por la derecha! – ordena el Apache– ¡Maru, movete carajo!
Los gritos apenas se escuchan bajo el barullo de los martillazos y el quejido de acero de los candados al abrirse. Las sirenas de los coches patrulla hacen su aporte sonoro a la confusión general. La tropa, en estado de pánico, recorre los pasillos reventando candados, no siempre tan rápido como quisieran, no con tanta eficacia como habían planeado, no con tanta suerte como hubieran querido.
– ¡Nos vamos, mierda, nos vamos que cae la yuta! – como buen comandante, la voz del Apache se impone sobre los diferentes sonidos que saturan el aire.
La tropa suelta las herramientas, y sale a la calle, sudando, resoplando, para encontrarse con tres patrullas con las puertas abiertas, y nueve policías con las armas reglamentarias en mano. Ya saben la historia. Levantan los brazos. Se resignan.
El sargento al mando los mira. Los estudia. Escupe de costado y putea bajito.
– Pendejos de mierda – dice, enojado, mientras se acerca la radio a la boca. Apretando el botón, comienza a hablar -. Sargento Ramírez desde la perrera municipal, Comisario. Los tenemos, son pendejitos. Rompieron todo. Soltaron a todos los perros.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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