Barcelona se deshacía en un atardecer naranja y rojo, con columnas de rayos solares filtradas por el flanco de los edificios como si fuesen rayos de una bicicleta gigantesca, desproporcionada y, para desgracia del ciclista, volcada tragicómicamente entre los escombros voraces de una metrópolis que se desperezaba.
La ví doblar por la esquina de Plaza Letamendi, y dirigirse a mí con su paso sinuoso, ese paso que solamente tienen las mujeres extremadamente sensuales, las que, al caminar, ponen el pie derecho a la izquierda del izquierdo, y el pie izquierdo a la derecha del derecho, dibujando una serpiente infinita, ciega y voluptuosa. La reconocí por el desparramo de la pelambre roja, por los retazos de carnaval carioca que traía en la cintura, por el carmín furioso de los labios, por las pestañas infinitas, por el saquito rojo -el mismo de la otra vez-, y porque, sin reconocerlo ante mí mismo, de alguna manera la esperaba.
La plaza entera pareció detenerse en un silencio de iglesia, oloroso a madera perfumada y óxido de zinc. Un aire sacro envolvió los árboles y a los niños que, siendo domingo a mediodía, correteaban escapando sin pudor de sus niñeras o tutoras y, a veces, también de sus madres. Los niños jugaron, sin ponerse de acuerdo, al juego de las estatuas. Inmóviles todos, volvieron la mirada a los pasos de Tamara, al ritmo métrico y preciso de sus zapatos de taco, al arcoíris insultante de su falda de trapos insólitos, que brillaba como un molinillo de viento esperando por una brisa que lo activase.
La ví sonreír, presumiendo sus dientes blancos y parejos con una picardía tribal, desafiante, que proyectaba un halo magnético alrededor de sus labios, de la nariz respingona, de las pecas casi invisibles.
La ví apuntar con sus pasos a mi alma, a mi corazón, a mi refugio inerme en el centro de la plaza. La ví reanudar el paso sinuoso, trazando con ambos pies una doble función senoidal, una sucesión de curvas perfectas, casi un modelo de doble hélice, si no fuese porque le faltaban los conectores. Y me ví, por un instante, a mí mismo, petrificado, los labios pálidos, inmóvil como un tejón asustado, como una ardilla protegiendo una nuez robada del jardín de un viejo gruñón. Me ví indefenso, descubierto, enfrentado a mi propia cobardía durante nuestro anterior encuentro, el fallido San Valentín del año pasado. Me ví con vergüenza, peleando por llevar aire a los pulmones, negociando con la realidad una prórroga para mi pánico.
Me ví, ahí, en la Plaza Letamendi.
La ví llegar hasta mí. La ví detenerse. La ví sonreír, con una sonrisa llena de dientes, que destrozaba mis pobres intentos de parecer indiferente, de fingir demencia, de invocar un desconocimiento que estaba lejos de sentir. La ví acercarse más. Mucho más.
La oí saludar, pero hoy ya no sabría determinar si simplemente dijo “hola”, o si en cambio pronunció alguna formalidad, o en su defecto, alguna provocación. La oí profanar mi nombre con esa boca destinada a los vicios de la saliva y los dientes. La oí respirar cerca de mi oído derecho.
La sentí.
La sentí arrojar sus dos brazos alrededor de mi cuello, y restregar su doble luna contra mi pecho. La sentí abrirse paso a mi boca con sus labios en pie de guerra, con el ariete invencible de su lengua voraz, viciosa, dulce y húmeda. La sentí investigar mi nuca con cuatro dedos como gusanos nerviosos, rematados en cuatro uñas que agredieron mi cuero cabelludo. La sentí latir. La sentí vibrar. La sentí aplastarme contra ella misma, devorarme y escupirme una vez derrotado. La sentí brutalizarme a besos, desparramarse dentro de mi boca como si fuese un reptil de siete lenguas bífidas. La sentí sudar con un sudor fresco, con perfume plagado de feromonas.
– Sabía que algún día te iba a encontrar, Augusto -, ronroneó más que dijo, con voz de gata salvaje, de hembra única, de deseo absoluto.
Y entonces la ví reír, inclinando la cabeza hacia atrás, como hacen las estrellas de cine cuando quieren representar la risa más que reírla. La ví dar un paso atrás, hiriendo el suelo con sus tacos afilados. La ví abrir los brazos y liberar una carcajada maniática, que nos envolvió a ambos como una esfera cacofónica y cruel, delirante y casi histérica. La ví estallar en una llamarada vivaz, en una bola de fuego enorme y crepitante, deslumbrando a la plaza entera, haciendo reverberar el aire a su alrededor, canibalizando el oxígeno de la plaza entera en una combustión casi nuclear, furiosa. La ví renacer de las llamas metamorfoseada en una dragona iridiscente, con ojos reptiles de pupilas rojas, una suave y resbalosa piel de escamas escarlatas, desplegando dos enormes y nervadas alas alambradas de dedos y uñas, y la ví, hermosa y sublime, levantar el vuelo agitando las alas con la misma sensualidad con la que un rato antes caminaba. La ví merodear la plaza desde el aire, y luego de un giro de trescientos sesenta grados virar al sureste, causando con su aleteo un viento seráfico, para luego desaparecer para siempre en el cielo de Barcelona.
Entonces me senté en el suelo, abrazando mis rodillas como un niño desconsolado, en la encrucijada de caminos de la Plaza Letamendi, y por primera vez desde el catorce de Febrero del año anterior, pensé que tal vez, solo tal vez, Tamara no fuese más que el sueño loco de un pobre enamorado, mi invocación secreta de la mujer que no está en mi vida, ni a mi alcance, una musa caminando el cielo porque está exiliada en la tierra, pero descarté la idea: los sueños, por más amor que contengan, no suelen calcinar los árboles a quince metros a la redonda.

Nota: Este relato es la segunda parte de uno publicado anteriormente: Tamara
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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