En la televisión se oía de fondo la voz del candidato a President de la Generalitat, Joan Gilabert i Formidal, que esquivaba como podía las preguntas nada incisivas de la periodista de turno, respondiendo sin responder a las preguntas que no preguntaban nada. Su rival político, Arnau Puig i Rovira, me miraba inquisitivamente.
– Créame, Arnau. Lo descubrí casi sin querer.
– ¿Y por cuánto dice que lo arreglaríamos?
– Nada más porque quiero que gane usted, y porque soy un ciudadano con conciencia, lo podemos arreglar por un único pago de cien mil euros si es solo hoy. Doscientos cincuenta si es para toda la campaña.
– Cuénteme otra vez cómo funciona, si us plau.
Hice un silencio para reflexionar. Aún entonces, dos semanas después de haberlo descubierto, me dejaba sin palabras, sumido en un asombro profundo, indescriptible.
– Sólo funciona si veo a la persona. Puede ser en directo o puede ser como ahora, por la tele. Lo descubrí un domingo, hace un par de semanas. Iba conduciendo por una carretera secundaria, de esas que solamente tienen un carril por sentido, y en las que los ciclistas domingueros son especialmente molestos. ¿No le molestan a usted, Arnau?
– Bueno, es ecológico.
– Ya, usted es político, tiene que defenderlos. Nada, que había unos especialmente molestos, que iban de a tres charlando, en lugar de ir en fila india, como deberían. Quizá podría usted, cuando gane, regular eso, ¿no?
– Bueno, el código de circulación no depende de la Generalitat, pero siga, siga, que no tengo mucho tiempo, y la entrevista no va a durar para siempre.
– El tema es que yo me pongo muy nervioso con los ciclistas, ¿sabe? Y más cuando te miran con ese aire de superioridad, como si ellos estuvieran salvando el planeta y yo destruyéndolo. Bueno, el caso es que luego de varios minutos de ir detrás de ellos, insultándolos por lo bajini y tocándoles bocina, al final me harté, y pensé para mis adentros: “¡Ojalá se cagaran encima con diarrea líquida!”. Inmediatamente, un surtidor de mierda acuosa apareció en los sillines de los tres, mientras se doblaban de dolor y detenían las bicicletas al costado de la carretera. Casi tengo un accidente por el ataque de risa que me dio.
– ¿Y usted pretende que me crea que no fue casualidad?
– No, es que yo pensé lo mismo, pero como tengo un hijo de dos años, en cuanto llegué a casa, aprovechando que todavía usa pañales, primero lo miré a ver si estaba limpio, y entonces, fijando mi vista en él, pensé que quería que hiciera una sola caca bien dura. Al abrirle de nuevo el pañal, ahí estaba.
– No sé, no sé.
– Y luego ese mismo día, hice una videollamada con mi hermana, que vive en Buenos Aires, y por hacer la prueba, nomás, le deseé una caca semilíquida y especialmente olorosa. Salió corriendo sin siquiera cortar la llamada, con la mierda chorreándole hasta los tobillos. Así me dí cuenta que funcionaría también por televisión.
– Quiero una demostración.
– Asegúreme que pagará si la demostración sale bien.
Arnau Puig i Rovira puso un maletín sobre la mesa. Lo abrió sin que yo pudiera ver su contenido, y depositó sobre la mesa doscientos cincuenta mil euros en billetes de quinientos.
– ¿Cómo lo probamos? – preguntó.
– ¿Tiene algún secretario o asistente?
– Sí.
– Llámelo y comience a hablarle de cualquier cosa para que este de pie con nosotros durante unos minutos.
Me miró con gesto torcido, pero finalmente levantó el teléfono y llamó a su secretaria por la línea interna.
– ¿Silvia? Haga el favor de venir un momento.
En seguida apareció una mujer joven, de unos treinta y cinco años. Convenientemente, llevaba un vestido blanco con flores azules. El prohombre comenzó a pedirle cosas, que si recordarle que reservara un restaurante para llevar a su mujer a cenar, que la revisión del mercedes ya tocaba y había que reservar fecha, y más tonterías. Yo me concentré, y le deseé a la pobre mujer un acceso de diarrea explosiva. Pude ver cómo se le descompuso el rostro, y al darse vuelta sin dar explicaciones, para correr hacia el baño, vimos como un auténtico géiser de materia fecal superaba las fronteras de la ropa interior, desgraciando el vestido y provocándole un acceso de llanto inmediato.
El señor Puig, complacido, empujó la montaña de efectivo hacia mí. Inmediatamente volví la vista hacia la tele, donde Joan Gilabert i Formidal explicaba cómo pensaba controlar el auge de los pisos turísticos, y le produje una montaña de caca pastelosa que, súbitamente, casi lo elevó sobre su asiento, y se le desparramó por encima del cinturón, manchando de marrón la camisa blanca y haciendo evidente para la audiencia que el puré de castañas que le asomaba a ese hombre no era otra cosa que maloliente mierda.
Arnau Puig i Rovira estalló en carcajadas, mientras prometía que Joan Gilabert i Formidal sería el motivo de su caganer en el pesebre de ese año.
Ahora estoy arrepentido, y por eso lo confieso aquí. Así fue como Arnau Puig i Rovira se abrió paso hasta la presidencia de la nación, por la deserción continua de sus cagados oponentes, y así fue como yo me hice millonario. Lo sé, es dinero sucio.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


