Atardecรญa en Buenos Aires. Por las ventanas podรญa ver el trรกnsito de vehรญculos automotor โ odio la acepciรณn โtrรกficoโ -, circular por la Avenida de Mayo. El reflejo amarillo y negro de los taxis opacaba las ventanas, blindando la luz cรกlida de las lรกmparas interiores. En una esquina del bar, una estatua de Julio Cortรกzar simula estar tomando cafรฉ, y aunque no lo quiera reconocer es una de las razones por las que me gusta venir.
Esa tarde en concreto โ y no lo olvidarรฉ jamรกs -, los mozos se afanaban en atender a tiempo y forma una clientela concurrida, heterogรฉnea y exigente. Los turistas habituales agredรญan al silencio con su chรกchara multilenguaje, mientras alguna que otra dama de noble cuna arrugaba la nariz con desprecio, seguramente pensando que nada tenรญan que hacer tantos extranjeros allรญ. En conjunto, era una tarde absurdamente comรบn, sin nada que destacar mรกs que los reflejos rosados de ese atardecer furioso y soรฑado, como la letra de un tango que se escurre por los oรญdos para empapar el corazรณn de nostalgia y olvido.
Todo cambiรณ cuando entrรณ ella.
Llevaba un sombrero muy gracioso, torcidito para un lado, con una pluma verde y amarilla, y un abrigo rojo sangre, bajo el cual se adivinaban piernas largas, exitosamente exhibidas a travรฉs de sensuales medias negras, rematando el conjunto unos zapatos de taco alto, pero altรญsimo, y una carterita negra con herrajes dorados, en la que costaba imaginar que pudiera embutirse cualquier cosa รบtil.
Llevaba, ademรกs, en brazos, un Dashchund, tambiรฉn conocido como canidus Salichicha Vulgaris. Me hizo gracia la cara del perro, necesitada, jadeando con una lengua babosa y rosada, y casi pude imaginar el aliento hรบmedo y el tufo repugnante que seguramente exhalaba. Rรกpidamente, el maitre, o como carajo se llame el sheriff del lugar, se acercรณ a pedirle que dejase el perro fuera, porque no se permitรญan animales en el recinto.
La mujer, haciendo gala de un sopranismo sorprendente, gritรณ en un registro inimaginable para un ser humano cuyas cuerdas vocales estรฉn dentro de las primeras dos desviaciones estรกndar de una campana de gauss, invocando la decencia, la empatรญa y quรฉ se yo cuรกnta pendejada imposible de repetir, pero que venรญa a afirmar que el perrito era un acompaรฑante terapรฉutico, que no lo soltarรญa y que tenรญa derecho a tenerlo con ella en todo momento, que podรญa aportar justificaciรณn facultativa y que jamรกs se habรญa sentido tan ofendida por una agresiรณn semejante.
El Sheriff, percibiendo una animosidad general en su contra, permitiรณ el ingreso del pequeรฑo cรกnido, no sin dejar entrever su disconformidad, mediante el astuto recurso de poner una impepinable cara de ojete.
La seรฑora se sentรณ, muy elegante ella, con el perro en la falda, y ordenรณ un cafรฉ con leche de avena, ni muy caliente ni muy frรญo, con un poquito mรกs de cafรฉ que de leche, y tres sobres de estevia, porque el ciclamato de sacarina se ve que es cancerรญgeno y quรฉ se yo cuรกntas mรกs aclaraciones.
Yo estaba fascinado por la escena, tanto que apenas percibรญa el suave jazz que, de fondo, nos ofrecรญa una versiรณn un tanto apรกtica de Moon River.
Parecรญa que el interรฉs iba a desvanecerse, cuando algo de lo mรกs inoportuno sucediรณ, para asombro de la clientela, de los extranjeros y del que suscribe y relata.
El camarero se acercaba a la mesa, temeroso de haber incumplido alguna de las muchas instrucciones de la duquesa, y quizรกs por la atribulaciรณn misma del cometido, no advirtiรณ que el animal lo recibรญa casi saltando. El hombre iniciรณ un movimiento defensivo, describiendo una curva ascendente hacia arriba y a la izquierda, con intenciรณn de proteger la bandeja, y la taza saliรณ despedida, estrellรกndose en un estrรฉpito de cerรกmica quebrada contra el suelo ajedrezado. Inmediatamente, Puchi โ tal era el nombre de la feroz criatura-, se lanzรณ como una saeta sobre el charco de cafรฉ, lamiรฉndolo con avidez.
En ese momento me reรญ, porque el perrito era de lo mรกs ridรญculo, con las orejas que saltaban y las patitas demasiado cortas, lamiendo el cafรฉ entre los destrozos de una de las bellรญsimas tazas propiedad del local. Pero entonces, como inspirado por una posesiรณn demonรญaca, la cola del cรกnido se tensรณ como una punta de lanza. Aparentemente, la cafeรญna en su torrente sanguรญneo le produjo una especie de shock. El animal saltรณ a una altura inverosรญmil para un perrito de mierda, y sin ninguna piedad hundiรณ sus fauces en el rostro del camarero, que gritando, girรณ ciento ochenta grados con el bicho prendido a la jeta. Tirรณ del cuerpo de Puchi, arrancรกndoselo de la cara a costa de desgarrarse el costado de la nariz y el labio superior, y mientras ambos tajos comenzaban a sangrar profusamente, arrojรณ al animal por el aire.
Al tiempo que el mozo gritaba y ofrecรญa una colecciรณn de insultos que hubiera ganado un premio en un festival de groserรญas, el animal aterrizรณ sobre una mesa alrededor de la cual una familia de coreanos degustaba sanguchitos de miga. Mientras el camarero derramaba su sangre generosamente sobre la dama propietaria del animal, el perro atacรณ furiosamente a la hijita menor de los coreanos, arrancรกndole media nariz. La niรฑa comenzรณ a llorar, sangrar y gritar, y considero todo un logro haber entendido eso porque lo hizo todo en coreano, como es normal. El padre le dio al perro un puรฑetazo con la mano derecha, haciรฉndolo volar en un mortal hacia atrรกs, para caer en brazos de un vendedor ambulante de rosas, quien dejรณ caer las flores para dar rienda suelta a sus reflejos de atajar al perro volador, que no dudรณ en lanzarse a su yugular, desgarrando la carne y produciendo un tercer chorro de sangre.
Y yo, que para ese momento llevaba ya tres semanas libre, estoy ahora otra vez con camisa de fuerza, porque hace tres dรญas que no puedo parar de reรญr y llorar histรฉricamente, mientras repito sin parar: โPuchi, Puchi, Puchiโ.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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