Se acercaba otra noche invernal. Lo supe en los huesos, en el alma. Lo supe por el dolor de mi escroto, por mis muelas rabiando tu ausencia, por la dureza de mis propios mocos, que me lastimaban el tabique nasal por dentro, rascándome, hiriéndome sin ganas, como tus palabras, como tus instintos, escuetos al amar y generosos al agredir, insuficientes para acompañar y excesivos para atacar. Tu amor, Gisela, es como un beso a dentelladas, se desea, se anhela, se busca y luego, cuando se obtiene, se sufre, duele, corta, desgarra.
Los rayos del sol, mientras amagaba con desaparecer detrás de las montañas, se descomponían en los carámbanos de los ventanales, causando pequeños arcoíris iridiscentes, pinceladas de colores que, contra el fondo de blanco infinito, me hacían sentir un poquito de ganas de guardar esperanzas.
Se acercaba otra noche sin vos. Lo supe por el silencio de negra que amortiguan los copos de nieve, cuando caen sensuales en medio de una danza muda y frívola, que al mismo tiempo resulta extrañamente tranquilizadora y fugaz. Lo supe porque un pinchazo en el bazo me hizo doblarme de dolor, sufrir hasta el fondo el último trago de ginebra cruda, sin hielo ni tónica ni pendejadas de hípsters, babosos y señoritas con clase. Lo supe cuando intenté levantarme, y el sudor helado de mi frente se volvió súbitamente tibio al mirar por la ventana. Las noches sin vos, Gisela, son más largas, más oscuras. Son noches en las que el aullido de los lobos me alerta el sistema nervioso entero, noches en las cuales el alba pide refugio a la cima de las montañas, ocultándose más abajo, dejando que la oscuridad se extienda más allá del miedo de los niños, más allá del dominio de los monstruos, de la frontera del país de las criaturas nocturnas. Las noches sin vos, Gisela, son noches de mierda. No duermo, y entonces tampoco despierto. Mi insomnio es un testimonio secreto de cuánto te extraño.
Se acercaba otra noche patrullando la cabaña. Lo supe porque mi piel se agrietó, secándose de tu humedad, y la cama rechazó mi vigilia. Ya sabés como me pongo. Camino en círculos como un ratón en una caja. Te busco donde no estás, donde no podés estar, donde no querés estar. Te busco en los zócalos de madera perforados por las termitas, en las vigas del techo, sostén de telarañas esponjosas. Te busco en el infinito blanco y liso de la nieve caída, en el azul fantasmal con el que resplandecen los campos nevados y lisos cuando se acerca el ocaso.
Se acercaba otra noche de empapar pañuelos de papel con mi moco líquido, de retirar de la mesa los pañuelos a puñados. Lo supe por el sabor salado de mis mucosidad acuosa y transparente, por el temblor imperceptible de mis manos, afectadas por la falta de tu tacto, por la necesidad de tu piel. Pude leerlo en mis pensamientos recursivos, en mi ansiedad jadeante, en el recuerdo ennoblecido de tu pecho desnudo, del resplandor de tus pezones magníficos bajo la luz amarilla de la mesita de noche.
Se acercaba, Gisela, una noche más de masticar insultos enmudecidos por el horror de no tenerte entre mis brazos. Lo supe por el picor de mi garganta, por el ardor bajo mis párpados. Lo supe por la nervadura de mis venas, por la desgracia de mis tripas, por el eco de mi llanto.
Y entonces la nieve se detuvo. El silencio glacial se quebró en un estrépito de motor de combustión interna, y el azul pálido de la nieve fue devorado por el blanco amarillento que anunciaba los faros de un coche.
Te busco, Gisela, solamente porque sé que no voy a encontrarte, y nada le gusta más a un herido de muerte que regodearse en su dolor. No existe mejor paliativo para la angustia que hundir el dedo en la carne expuesta y retorcerlo, hasta que un tropel de lágrimas desconsoladas acuda a regar los párpados, a sembrar las mejillas de sal y leche.
Se acercaba otra noche de amor entre tus brazos, Gisela. Lo supe en cuanto sentí el estertor de muerte del motor ahogándose por la falta de combustible. Lo supe por la vibración militar de tu paso de amazona enfurecida. Lo entendí cuando tu llave, contraseña de metal que da paso a nuestra vida, horadó la cerradura en un gemido de óxido de hierro. Lo supe, Gisela, cuando te ví entrar a la casa, rodeada de mariposas azules y amarillas y verdes y rojas, resplandeciente como una sirena en el mar de primavera.
Lo comprobé cuando te quitaste el vestido, con un solo gesto grácil y pecaminoso, condenable y adorable. Lo supe cuando tu ropa interior se estrelló contra el suelo de piedra, cuando me llevaste de la mano a la habitación caldeada por el fuego de la estufa. Lo supe cuando en tres zarpazos de tigresa feroz me despojaste de mis harapos habituales, cuando me empujaste a la cama, boca arriba, cuando te inmolaste virtuosamente sobre mí, abierta en cruz, húmeda, generosa.
Lo supe porque me lo dijo tu cuerpo.
Te pertenezco, Gisela.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Otra cuerda de palabras vibrantes que tensan el relato y la emocion del lector de principio a fin. Me gusta lo llano poetico de tu forma de escribir. Un ejemplo a seguir!!!