Es un hombre torcido. Sin duda. No puede decirse lo mismo del resto de la concurrencia. Son sobre todo hombres recios, sucios, agotados por horas y horas de ruta, volante y pensar en putas. Pero el de la esquina de la mesa es un hombre torcido. Tiene una mueca que asusta, que intimida, que interpela.
El ruido de ambiente aturde, y las luces mortecinas del local me camuflan en mi mesa del fondo.
– ¿Qué estás mirando? – pregunta Juana. Ella diría que es mi novia, pero no es más que la chica que ayuda a coger en casa.
– Al tipo de la punta. Mirá sus ojos, esquivos, entrecerrados, mezquinos, malignos. Mirale las manos, pálidas y sucias al mismo tiempo, las uñas rotas en los bordes. Prestale atención a su lenguaje corporal, expansivo, agresivo, invasor.
Juana mira sin ver. A menudo creo que no sabemos ver. Solamente interpretamos lo obvio, las imágenes, lo explícito. Pero esta noche, mi mirada periodística me contamina, me influye, me sumerge entre bambalinas, me fuerza a hacerme preguntas.
– Es un borracho más, Daniel. No te persigas.
– No me persigo, míralo cómo fuma, como mastica chicle y toma cerveza al mismo tiempo. Todo él es un tributo a la ordinariez, y al mismo tiempo es fascinante.
Colgada casi a la altura del techo, la televisión narra para un público desharrapado los primeros compases de un Boca-Platense. Es un partido de liga, sin mayor interés que averiguar cuántos goles puede hacerle Boca a Platense, y si el tanquecito Rojas va a volver a hacer tres o no. A pesar de ser muy hincha de Boca, no me interesa especialmente.
En cambio, el hombre torcido es fascinante.
Juana se levanta. Para ir al baño tiene que pasar necesariamente por su lado. Hoy lleva unos jeans celeste claritos, que le marcan la silueta de una forma casi obscena, una segunda piel.
El hombre torcido la mira pasar, y se puede leer la lascivia en sus ojos. Aprieto mis manos, puedo sentir los tendones tensando músculo y hueso, mi carne agarrotándose. Puedo advertir cómo una oleada de adrenalina me invade y me pone en guardia. A quién quiero engañar. Soy un hombre de letras, y por si fuera poco, de letras pobres, mal escritas, que no llegan a los ojos de nadie.
Juana vuelve.
El hombre torcido la mira con más grosería aún, pero no hace nada. Solamente la mira desde atrás, como interesadísimo en la marca de sus jeans, en la costura doble de sus bolsillos, en las presillas huérfanas del cinturón que no fue.
Yo respiro, aliviado.
De reojo, veo como el nueve de Platense patea un tiro libre. La clava en el ángulo.
Los bosteros sufrimos.
El hombre torcido putea en lenguas arcanas. La lujuria reciente lo tiene soliviantado. Juana mastica un tomate Cherry, inocente, atrapando justo a tiempo un chorrito de jugo rojo salpicado de semillas amarillentas del tomate que acaba de estallar en su cavidad bucal.
No entiendo las palabras, pero el hombre torcido se está encarando con varios hinchas de Platense. Sin ningún aviso, uno de ellos le destroza la mejilla izquierda con una jarra de cerveza a medio beber, en un estrépito de líquido y fragmentos de vidrio.
Se desata una batalla de bar, como las de las películas, y mi ojo periodístico se reclina y observa, inventariando los golpes, atesorando la sangre.
Y la noche no terminó allí. Pedí dos whiskies con soda y vimos el partido. Aquellos tipos corriendo de un lado a otro, sin parar. Maravilloso. Parecían muy emocionados por algo; no había mucha gente en el local. Fue lo mejor de la noche.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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