Todo el puto planeta dado vuelta. Me cuesta entender si hablamos de una catástrofe natural o de un apocalipsis premeditado, pensado y anunciado con anticipación, vendido por Amazon, empaquetado con moño y entregado por UPS.
El motor ruge cuando piso, y si no fuera por los nubarrones de polvo y tierra a los cuatro costados, que dificultan la visibilidad y opacan mis espejos retrovisores, ocultando a mis perseguidores, podría permitirme pensar que estoy pisteando por la ruta 2, a ver cuánto da la Volkswagen Amarok, pero no. Es mucho peor. Y la sequía favorece el flotar errático de esas nubes amarillas y negras en el aire, haciéndonos sentir amenazados, aterrados, como vigilados por un espíritu de tierra y barro, un ente de polvo en suspensión y gusto a mierda en la lengua y la nariz. En el asiento de atrás mis dos hijos parecen como hipnotizados, agotados después de tres días de escondernos entre escombros, de portarnos como carroñeros, forzando las puertas de los supermercados para rapiñar lo que quede, de las farmacias, de los quiosquitos de barrio. Sasha subió llorando a esta camioneta que robé en un garaje que encontramos por Barracas, y todavía lo está, mientras moquea asustada. Nico, en cambio, quiere hacerse el hombrecito para que yo no me sienta solo, y puedo ver el esfuerzo que hace por aguantarse los pucheros. Mi mujer, su madre, murió hace dos días, con un machete de desbrozar enterrado en el cráneo, como una bandera a media asta con una siniestra fuente de sangre y fantasía roja, mientras luchábamos por llevarnos cinco garrafas de agua potable con otra familia que, un domingo cualquiera, nos hubiera sonreído con amabilidad durante un paseo por el parque.
Y por eso ahora nos persiguen, porque en la caja de la camioneta llevo agua potable, bidones de nafta, algunas medicinas y casi un pallet entero de latas de atún, que en este escenario son como una fortuna en lingotes de oro.
El aullido del motor pide tregua, y los bandazos que pega la camioneta cuando volanteo para esquivar autos estrellados y cadáveres en diversos estados de mutilación son, en ocasiones, casi letales, pero no me puedo permitir levantar el pie si quiero que mis hijos sobrevivan a esta cacería.
Como a dos kilómetros, veo por el retrovisor la polvareda de los autos que nos persiguen. Son casi tan rápidos como yo. No sé si fue la mortandad de la pandemia -un retrovirus que los científicos no consiguieron aislar ni antes ni después del contagio mortal de casi el noventa por ciento de la población mundial-, la sequía brutal o la invasión en las ciudades de los animales salvajes, desesperados por agua, refugio y, los que no saben comerse a otros, alimento. Las redes de comunicaciones llevan veintitrés días sin funcionar. El gobierno desapareció del todo hace dieciséis. Donald Trump murió acogotado por Elon Musk, quien a su vez murió despedazado por una jauría de mastines hambrientos cuando intentaba encerrarse en su bunker. Las emisiones de radio creo que cayeron antes que todo eso, y de la televisión y la telefonía de tierra no sabemos nada desde hace más de un mes. La energía eléctrica dejó de circular por el cableado urbano, al menos en Buenos Aires, hace dieciocho días.
Mis hijos tiemblan.
Acelero.
Creo que, si consigo pasar Mar del Plata, voy a encontrar algún lugar deshabitado en el que atrincherarme y proteger a mis hijos. Se me vienen a la cabeza tantas ficciones distópicas de libros y series, a las que solía aficionarme. The Walking Dead, El Eternauta, Fast Forward, No somos una banda… Pero en ninguna de ellas el desastre se sentía tan absurdo, tan bobo que es de una realidad aterradora y manifiesta, material. Una verdad incontestable que, aún ahora, huyendo a casi doscientos kilómetros por hora en una camioneta robada, mi mente se empeña en rechazar, como si fuese un sueño nefasto, una fantasía soñada por un cretino sicótico.
Lo que pasó es que no pasó nada.
Apareció un virus y nos rompió el ojete. La gente se volvió loca por los despojos. Todo el puto planeta dado vuelta.
Sasha abre los ojos.
Grita.
– ¡Papááááá!
Me froto los ojos, tres segundos antes de darme cuenta de que el peaje de Samborombón tiene las barreras bajas, y que alguien atrincheró enormes sacos de arena detrás de las barreras.
Sé que me muero, y mis hijos también, cuando el estruendo de hierro y caucho me vacía los oídos, me destroza los dientes, me estalla en la cara con la pólvora del airbag, mientras siento elevarse las ruedas traseras por encima de mi nuca, y a través del parabrisas estallado veo como la enorme bolsa de arena se desparrama por el pavimento. Irónicamente, ahora sí todo el puto planeta está dado vuelta.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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