Ayer tuve el tremendo honor de contar ante más de sesenta personas los dimes y diretes de Álgebra Maldita, y para más inri, con la escolta de lujo de Emilio Nadra y Vera Fogwill. Podría llenar muchas páginas narrando las emociones de la noche, los reencuentros, las palabras y las copas que fueron y vinieron, pero creo que hay dos testimonios mucho más poderosos que cualquier cosa que yo pueda agregar. El primero es el video completo de la presentación, que gracias a la dedicación y esfuerzo de todo el equipo de Pista Urbana salió impecable. El segundo es el texto completo que leí en la presentación, porque creo que refleja todo lo que me iba a ocurrir: habla de amor.
Sin vueltas. Los dejo con estos dos documentos, y gracias a todos por una noche absolutamente inolvidable.
Presentación Completa
El texto que leí en la presentación
Hoy, ahora, en esta Pista Urbana tan querida, hay un montón de personas que vinieron a escucharme hablar de un libro -gracias por eso-. Un libro en el que, durante más de doce años, invertí una cantidad delirante de horas de mi vida. Después lo atesoré, lo masajeé y al final lo hice papel y tinta. Finalmente me tomé un avión para ofrecerlo aquí esta noche, para venir hoy a hablarles a todos ustedes de él. Y entonces, hace un par de días, cuando -como siempre-, me senté a último momento a escribir lo que iba a decir sobre este libro, que llevo tantos años rumiando, masticando, despedazando con la lengua y los dientes; repentinamente sentí más ganas de hablar de amor que de libros. Es raro como a veces el verbo te conmueve por el lado que no es, se te asoma desde atrás, te golpea en la nuca y te traiciona cuando más lo necesitabas.
Me dieron ganas -decía-, de hablar de amor, y entonces pensé que la semana que viene voy a cumplir cincuenta y dos años -no me lo creo ni yo-, y de las cosas que a los veinte esperaba para los cincuenta, casi ninguna ha llegado. Esperaba ser parte fundante de una revolución que habría cambiado el mundo -no pasó, como se habrán dado cuenta-, esperaba ser un escritor aclamado y respetado, cosa que el total silencio del New York Times sobre Álgebra Maldita certifica que tampoco. Esperaba vivir en una casa grande y hospitalaria, donde las puertas estuvieran siempre abiertas para los amigos y una tribu indómita de hijos míos y nuestros, pero no ocurrió, al menos lo de la casa grande. Esperaba ser mejor hijo, mejor hermano, mejor amigo, y un gran padre. En esta estamos más o menos, no estoy muy seguro, aunque en lo del padre le saco punta al lápiz un poco mejor que en todo lo demás. Y esperaba, sin lugar a dudas, ser un hombre sabio. Esperaba haber aprendido mucho de mi vida, y en el transcurso de esa vida, del ejercicio diario del amor. Sobre esta última no me animo a hacer un diagnóstico taxativo, y creo que a esta altura me importa poco si puedo decir o no que haya ocurrido. El primer escalón de la sabiduría debería ser, siempre, la duda más absoluta sobre la propia condición de sabio.
Pero en ese tole tole, en la sopa agridulce de la vida, lo que quizás tengo más claro, después de medio siglo de picar piedra con una mano y acariciarme la barba -que no tengo- con la otra, es que lo más valioso de todo es el amor. Y acá es donde necesitaría de esa sabiduría que esperaba tener a los cincuenta, y que dudo alcanzar a los sesenta, porque cuando quiero hablar de amor, probablemente tengo más preguntas que respuestas.
No hay forma elegante de hablar sobre el amor. El amor duele, el amor se te clava en las tripas y tira, desgarra y abraza. El amor sabe sanar lo que el mismo amor daña. En el pasado he pecado, al presentar un libro -acá mismo, a treinta metros-, de hablar del libro en sí, en lugar de sobre lo que los libros hacen posible, lo que nos traen bajo sus brazos de papel, en sus gargantas de pasta celulosa y pigmentos. Lo importante, al menos para mí, es lo que los libros desencadenan, lo que producen. Los amores inciertos, la imaginación desatada, los sufrimientos ajenos, el pensamiento puro, un ir y venir sin rumbo ni destino, pero repleto de valiosos descansos, de pausas reconfortantes, de revelaciones seráficas.
Por eso hoy quiero dejar de lado los virtuosismos de pluma y labia, el clásico pico de oro en dos por cuatro, quiero dejar de lado lo mucho que podría decir sobre este libro en particular, y en su lugar quiero honrar todo el amor que me mantuvo vivo para poder desangrarme en sus trescientas setenta y cuatro páginas, y aun así presentarme vivo ante todos ustedes para, en una ofrenda ridícula y excesiva, quedarme casi sin secretos.
Y de todo ese amor, el primero de la lista es sin duda el de mis padres. Mi Papá y mi Mamá, que son palabras que suenan tontas en boca de un señor de cincuenta años, pero que tienen la fuerza primigenia de lo que somos. Todos tenemos un Papá y una Mamá. A veces más que eso, y a veces algo menos. Pero todos sabemos, para bien o para mal, lo mucho que eso significa, lo fundacional que es en las personas que somos. Este libro trata de papás y mamás, entre otras cosas.
No puedo seguir sin mencionar el amor de mis hijos. Cuando empecé a escribir este ladrillo eran chiquitos. Yo trabajaba en la semana y ellos querían, cuando llegaba el fin de semana, jugar conmigo. Muy pronto pudimos hacer un pacto sagrado: yo escribía de siete a doce de la mañana, y ellos se portaban bien y hacían silencio. Después, jugábamos, nos amábamos a risotadas y correrías, crecíamos juntos y, sin saberlo, me educaban más y mejor ellos a mí que yo a ellos. Este libro trata de padres e hijos, entre otras cosas.
Se impone, en este punto, hablar de mis hermanos. El amor de hermanos es un amor extraño, es incondicional y también intolerante, tan gratificante como ingrato e irritante. No elegí a los que tengo, pero tampoco elegiría otros. No los cambiaría por nada, aunque pudiera. La fraternal es, para mí, una de las formas de amor más caprichosas y generosas que hay, una de las que vale la pena agotar hasta el final, y aun así volver una y otra vez a su refugio. Este libro trata de hermanos, entre otras cosas.
¿Cómo no hablar de amistad? La sabiduría popular dice que, a los amigos, a diferencia de los hermanos, se los elige. Yo creo que no, o al menos no del todo, o al menos no con la conciencia de estar haciendo algo tan trascendental y definitivo. Entre giros y vueltas, uno se los encuentra, se choca con ellos de frente. Algunos siguen su camino, y otros, sin saber por qué, se quedan para siempre. A veces a conciencia y a veces sin querer. Lo que es -al menos para mí-, indiscutible, es que la amistad es la clase de amor esencial, la que es siempre el último reducto, el más simétrico, ese donde somos capaces de lo más absurdo y de lo más noble, donde nos lo perdonamos todo. Es ese amor que se ejerce a diario tan pronto como se queda interrumpido por la distancia, y luego, mágicamente, puede retomarse exactamente desde donde estaba. Este libro trata, también, de amistad, entre otras cosas.
Y como somos desordenados, poco convencionales y estrafalarios, todos, padres, hijos, hermanos y amigos nos hemos casado, separado, juntado, peleado, reconciliado una y otra vez, y hemos ido encontrando y rescatando otros amores. Y cuando hablamos de amor, haber crecido en una familia que es capaz de incorporar amores nuevos, nuevos hermanos y nuevos padres, y evolucionar, mutando hacia un amor en el que siempre hay más espacio para amarse mejor, es algo que trae paz, que da ganas de seguir viviendo, hablando, abrazando y besando. Y en eso mi familia es imbatible, feroz, luchadora y guerrera. Este libro trata de la familia, entre otras cosas.
Y en este inventario de amores y desamores, no pueden faltar, de ninguna manera, todas y cada una de las mujeres de mi vida. Mis novias de adolescente -alguna de ellas, felizmente presente hoy aquí, esta noche-, las de la primera juventud, las de una noche y las de cien, las que amé con locura y aquéllas a las que solamente vi pasar, por supuesto también la mamá de mis hijos, y tantos otros amores que -casi siempre-, me hicieron bien, me honraron, me dieron sin duda, en cada intercambio, más de lo que recibieron. Este libro, como no podía ser de otra manera, trata de amor y de sexo, de pareja y de encuentros fugaces, entre otras cosas.
Mi personaje favorito, de mi libro favorito, de mi escritor favorito es, sin ninguna duda, el coronel Aureliano Buendía, quien vivió trágicamente marcado por una incapacidad congénita para el amor. Su madre lo supo en cuanto lo oyó llorar, porque como todo el mundo sabe, llorar en el vientre materno es un signo inequívoco de incapacidad para el amor.
Ernesto, mi personaje, el que creé yo a mi imagen y semejanza, de un pedazo de mis costillas, de mi hígado y de mi sistema cardiovascular, no lloró en el vientre materno. Pero se ve que hizo muchos pucheros. No es incapaz de amar, pero le cuesta un huevo. No promovió treinta y dos levantamientos armados, ni se pegó un tiro en el pecho por vergüenza torera. Ernesto no es un héroe, ni un gran hombre. Es solamente una persona inteligente intentando vivir en un mundo hostil. Es un hombre más, que, como decía la Maga Rocamadour, busca como un gran tonto. Ernesto busca y no encuentra.
Y sin embargo y a pesar de todo, ama. Ama mucho, porque el amor es como un bicho furioso que se abre paso, gana metros, empuja y lo supera casi todo. Aun cuando amamos mal, aun cuando no sabemos hacerlo, cuando nadie te enseña, cuando vemos, con tristeza, que nuestro amor lastima a la persona amada. Incluso entonces, el amor vale la pena.
Por eso esta noche no quise hablar de libros. No quise contarles acerca del libro que, probablemente, algunos van a leer, y otros van a hospedar en una estantería, mientras otros lo regalan, y unos pocos lo olvidan bajo una pátina de polvo. No lo hice porque los libros tienen la gran virtud de explicarse a sí mismos mejor que nadie, de nacerse, de parirse una y otra vez entre sangre y tinta, entre lágrimas y risas, entre silencios y olvidos. Los libros viven más y mejor lejos de quien los escribe, estableciendo complicidades arcanas con los lectores, traicionando al autor al crear una nueva historia por cada par de ojos que recorre sus páginas. Los libros quieren amor, los libros tienen muchas más ganas de ser leídos que de ser comprados y vendidos.
Al menos eso me confesó anoche este señor de tapa violeta. Estábamos a oscuras, porque yo intentaba dormir, anticipando el desasosiego que me producía la certeza de que hoy lo voy a liberar, para que comience a hacer su vida a mis espaldas, a dejar de pertenecerme. Un colectivo destrozaba el silencio nocturno, y al apagarse su rugido de fiera urbana, mi libro me habló. Me dijo que hoy comienza su vida, que quiere entregarse a ustedes, que espera deleitar a algunos y aburrir a otros, que su amor se abre de par en par en cada una de sus páginas, invitándolos a todos a leerse juntos, ustedes a él y él a ustedes, porque este libro es una confesión íntima, un inventario de dolores auténticos y de amores reales, de personas transformadas, contra su voluntad, en mis personajes. Me dijo también que me secara las lágrimas, que lo que es para mí el verdadero punto final, no es más que el inicio de una incertidumbre plena. Me dijo que quiere jugar, que quiere reír, que intentará traerles una historia que los conmueva, que les toque, al menos un poquito, el alma.
Yo lo escuché sin sorpresa, porque a esta altura de mi vida ya aprendí que los libros son rebeldes, y una vez que las palabras abandonan mis dedos, zambulléndose en el papel, entonces hacen lo que quieren, trazan sus propios caminos y pelean sus propias guerras. Y sobre todo, dejan de pertenecerme, porque una palabra escrita nos pertenece a todos, y al mismo tiempo es más libre que muchos de nosotros, así que no le pertenece a nadie.
Por eso, anoche, mi libro y yo nos abrazamos. Nos permitimos la cursilería de unas lagrimitas, y cerramos la noche cuando él se ponía de pie, enfrentando el vértigo inminente de irse a muchas casas de muchas personas, y contarles la historia inexacta de una bitácora tan intrincada, que no puede ser definida de otra forma: es precisa y brutalmente un sortilegio de Álgebra Maldita.
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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