Hace unos días, cuando publiqué el texto que leí en la presentación de Álgebra Maldita, pensé en publicar también el de Emilio. Tuve dudas, porque este es un blog personal, y todos los textos que hay en él son de mi autoría. Ayer, en una cena con amigos, Emi me preguntó si lo había publicado. Cuando iba a responderle, me dí cuenta de que la duda misma era una imbecilidad del tamaño de una catedral, y me dió hasta vergüenza responderle, así que le dije que aún no. Lo importante es que me dí cuenta de quiero que esté también publicado, que es un texto tan hermoso que debe estar junto con el otro, que su lugar está aquí, para atesorarlo, para unirlo a la memoria de un momento increíble. Así que sin más introducción, los dejo con el maravilloso texto de Emilio.
Presentación Algebra Maldita, Pista Urbana, 20/3/25
Desde que Pilo me pidió que participara de la presentación de Algebra Maldita estoy pensando cómo encarar estas palabras: no soy crítico, no soy escritor, no puedo ofrecer una perspectiva artística ni una mirada desde la literatura. Soy su amigo.
Eso me libera (auque sólo un poco) del temor de que lo que diga no sea más que un gran compedio de cursilerías o solemnidades, o peor aun, unas y otras. Y así como lo bueno y breve, dos veces bueno, lo choto y largo, dos veces choto.
Quisiera empezar diciendo que yo me siento un privilegiado por muchas cosas, pero hay dos que tienen que ver con este momento. Primero tener amigos de toda la vida, casi desde el origen de los recuerdos. El otro que uno de ellos haya decidido contar su historia, y a través de ella, parte de la mía, y de la nuestra, la que compartimos hace casi 40 años. Parte lo vivímos juntos, parte lo viví a través suyo.
Y hay un rasgo hermoso además, la mirada entre pares sucede en el mismo tiempo, sin distancias generacionales. No sólo las miradas confluyen en lo que miran, sino también que lo hacen desde el mismo lugar de la vida, compartiendo el momento de la mirada.
Les cuento un detalle: nuestro chat, el que compartimos con Pablo y Pilo, a través del que nos pasamos saludos, ideas, canciones, escritos y cosas que nos van pasando se llama “Hace treinta años de todo” y aunque hoy le falte una sota a ese nombre, creo que expresa el lugar desde el que nos miramos a nosotros mismos y donde volvemos cuando queremos pensar el origen de todo. O de nuestro todo.
Así como hay recuerdos que uno tiene asociados a canciones, recuerdo con nitidez momentos de nuestra vida que están grabados en relatos.
El patio del Avellaneda, Pilo flaco, muy flaco, con un sombrero y un pañuelo atado en el cuello. Un grupo de chicos y chicas escuchandolo mientras desparramaba metáforas sobre ríos y venas, sobre un Cristo de yeso explotando en pedazos. O relatando el capítulo 93 de Rayuela, o el comienzo de Cien años de Soledad.
Dejenme contarles que el día que conocí a Pilo fue un día de otoño de 1988. Tenía un andar desgarbado, los pelos largos, una remera con el dibujo en colores de sus tripas y rastros amarillentos en sus manos de la brasa de los cigarrillos que consumia hasta quemarse los dedos. Las dos palabras que cambiamos en la esquina Humboldt y El Salvador fueron suficientes para sabernos cercanos y cómplices.
Soñamos juntos, nos ilusionamos, militamos, nos desilusionamos, viajamos, nos enamoramos. Fuimos traicionados y aprendimos a reinventarnos. Pilo emigró y supimos sobrellevar la distancia cuidando, como pudimos, nuestro amor de amigos. Fuimos padres y ahí tuvimos que aprender todo de vuelta. No había recetas. Solo vivir, confiar en uno, no traicionarse, y sobre todo cuidar a nuestros hijos de nosotros mismos, de nuestros miedos y nuestros demonios, de nuestra carga de hijos para intentar no transmitirsela a ellos.
Creo que ese fue el germen de este libro, cuando Pilo se encontró con el vértigo de su propia paternidad. Fue la época en que publicaba un blog que se llamaba Aprendiz de Brujo y nos ofrecía mirarnos en ese espejo.
Lo primero que quisiera decir de Algebra Maldita es que me encantó especialmente. Que me atrapó. Que cuando volví a tenerla entre mis manos después de haber arrugado los borradores originales que tuve en su momento, no puede dejarla.
Fue raro para mí empezar a leer esta novela conociendo muchas de las historias y muchos de los personajes. Ayudado por la división temporal de los relatos, me sentí desafiado a adivinar las personas que escondían los personajes y separarlos de las pinceladas de ficción. Pero incluso conociendo cómo se junarían las historias y cómo los finales se encontrarían con los principios, fui atrapado por la historia y me perdí en los detalles y los relieves que ofrece Pilo contándola.
Creo que su escritura fue una búsqueda. Y una aventura. Un viaje introspectivo hacia el origen de su dolor, a sus cicatrices; a desarmar sus pedazos para intentar encontrarse pero sin la certeza de saber como volver a armarse. Sin ir hacia ningún lado en particular y sin saber si lo llevaría a algun sitio desde el que pudiera volver. Un viaje hasta el fondo de la cuestión, a los olores y terrores del niño que fue, pero con la serenidad y desde el respeto del adulto que es.
Pilo hurga con las uñas sucias de niño en los dobleces donde fueron escondidas sus penas y sus lagrimas, recupera sus vergüenzas y abandonos, también sus orgullos y lealtades, siempre en un relato desde la ternura y el humor.
Fue una busqueda sincera y valiente, y sobre todo valiente al contarla y compartirla.
Creo que Pilo encontró dos cosas fundamentales con este libro que quiero remarcar:
Primero, había algo que necesitaba decir que tenía atragantado. Y pudo decirlo.
Además, ya con buena parte de su vida vivida, creo que Pilo encontró su voz, o su grito.
Hay cosas muy importantes para mí que aprendí de Pilo y que siempre llevaré conmigo porque me ayudaron a repensar lo que yo era, o creía que era.
Entendí que los lazos sanguineos resultan insignificantes y que la única familia que existe es la que uno elige y construye.
Aprendí a rendirme cuando no pude más. Ese día lo recuerdo como en cámara lenta, con la nitidez y los detalles de todo lo que termina siendo fundante. Él sólo me abrazó y me dijo que tuviera la valentía de dejarme caer y que se viera que estaba rendido, y que no pasaría nada, sólo me liberaría del peso con el que cargaba de verme entero. Y que no estaría solo.
También aprendí a enfocar la atención en la individualidad por sobre el conjunto indeterminado de lo plural. Si no se construye desde las individualidades, la identidad pierde los matices y, junto con ellos, el enriquecimiento que nos producen las singularidades de los otros.
Quizás por todo esto me conmueva tanto que en su libro, en el momento que se sintió caer y necesitó encontrar dónde apoyarse para resistir y desafiar una condena que estaba escrita, encontró ese lugar en una identidad construida como parte de algo más grande que todas sus partes. Una identidad sin bordes, que si bien la construyó acá, parece haberla descubierto o revalorizado allá.
Hay tres circunstancias en las que Pilo se funde en una identidad colectiva que lo contiene y lo define, y pareciera verlo sonreir a través de sus letras cuando las describe: las fiestas de fin de año en Catalinas, con todo lo que se gestó allí, los festejos y tristezas del futbol, aquí y allá, y el Avellaneda, el lugar donde nos encontramos al principio de todo.
Pienso en esto y no puedo dejar de recordar el final del cuento de Borges en el que relata la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz:
“Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Cuando leí Álgebra Maldita sabiendo mucho de lo que Pilo es y lo que fue, supe que Pilo atravesó ese momento (o ese momento lo atravesó a Pilo) mientras escribía este libro.
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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