A veces, la emoción, veleidosa traicionera, nos impide hacer algunas cosas, o bien nos fuerza otras. Durante muchos años, el día de mi cumpleaños he escrito y publicado un texto. Luego, la Pandemia y otras malas artes que algunos llaman “universo”, y yo simplemente “puta casualidad”, conspiraron para que eso dejase de ocurrir.
Este año, sin embargo, es por muchas razones un cumpleaños especial, tanto en simbología aritmética -entraremos a eso más adelante- como, y mucho más importante aún, en el producto bruto de la vida misma durante mi última vuelta al sol.
Fue este año uno de cambios y sustanciales mejoras, y por esa misma razón, la maldita emoción de la que antes hablaba me vuelve a convocar, en mi día del nombre, al papel y el lápiz, para relatar, para compartir un escueto y pobre resumen de mi vivencia.
Volver a escribir
Por obra y gracia de la vida y de los talleres de Barcelona Escribe, este es el año en el que volví a escribir de manera regular. Entre las cosas que se llevó la tristeza de la Pandemia se encontraba el hábito de sentarme y vaciarme sobre un teclado. Para mí, un ritual purificador, un mantra personal fundamental para la vida, para levantarme todos los días y mirarme al espejo sin vergüenza. Como dije hace pocos días, no escribo porque quiero, sino porque no puedo no escribir. Y durante algunos años pude, pero ya no más. Espero no poder no escribir nunca más, porque si pudiera elegir, quisiera morir en mi propia cama, a la edad de noventa años (diez más que Tyrion), después de comerme un asado, y con las manos sobre un teclado en el que narrar mis últimas horas. Volver a escribir me dio vida.
Vida en Barcelona
Durante los pasados doce meses, también, un nuevo camino apareció en mi vida social, rompiendo una mala dinámica de más de veinticinco años. A pesar de rechazar enérgicamente la idea de las conspiraciones del universo y los mantras tántricos que operan sobre energías misteriosas, tengo que reconocer que a veces hay algo de misterio en cómo la vida se abre camino. Esta vez, se formó un maravilloso grupo de amigos en Barcelona, que hace que mi vida allá sea preciosa, llena de planes, encuentros, abrazos y ganas de hacer cosas. Este año fundamos en Barcelona un nuevo Macondo, y esto también me dio mucha vida.
Como no, los hijos
Cada año que pasa, mis hijos, mis chiquitos, mis trocitos de mí que andan sueltos, son menos míos y más hombres, más suyos, más hermosos, más fuertes, más dulces. No es ninguna novedad, en esto no fue diferente este año a los anteriores: cada vez que creo que no puedo estar más orgulloso de ellos o quererlos más, un sopapo tremebundo de la realidad me pone en mi sitio, y los quiero más y estoy más orgulloso de ellos. Mis hijos, como desde que nacieron, me dieron vida todo el año.
Álgebra Maldita
Siempre digo que la única manera de terminar de escribir una novela es decidir que está terminada. De otra forma te podés pasar la vida corrigiendo y recorrigiendo, cambiando de lugar una coma y afilando un punto seguido. Álgebra Maldita no es, para mí, una novela más. Es la novela en la que me desnudo, me entrego en alma y carne. Son las trescientas setenta y cuatro páginas que me resumen, las que delatan mis emociones y mis miserias. Y pude, después de muchos años, traerla a un final, que, como para todos los libros, no es más que el inicio de su andadura, el momento en el que mis palabras parten, se alejan de mí para siempre. Dos mil veinticinco es el año en el que pude publicar Álgebra Maldita, y por esa razón estará tatuado en mi carne para siempre. Publicar Álgebra Maldita me da mucha vida.
Buenos Aires
Y cómo no, venir a Buenos Aires, el encuentro con los amigos de siempre, los eternos, los amores inmortales, los abrazos que sobreviven al tiempo y a la lluvia, la familia, las calles empedradas de recuerdos, las achuras de vaca chisporroteando en las parrillas, los recuentos entre vasos chocando de un pasado que, por lejano, está cada vez más cerca en la memoria. Y tantas, tantas cosas que no sé decir, pero que me ocurren cuando vengo, cada vez que vengo. Después de veinticinco años de haber partido, tengo la teoría de que en ningún lado se mira a los ojos con la intensidad del Río de la Plata. No siento en ninguna otra parte esa clase de interpelación profunda, la conexión instantánea, el reconocimiento espontáneo del amor mutuo. Y probablemente esté siendo injusto con el resto del planeta, o al menos con buena parte de él, pero lo cierto es que me importa tres carajos, porque aunque me estoy convirtiendo en eso que llaman “un hombre maduro”, y que en realidad quiere decir que te duelen las rodillas al levantarte. Lo que tuve siempre claro, y hoy más que nunca, es que esta ciudad furiosa y hostil, malcriada y a veces egoísta, es también amante y fiel, maravillosa y profunda, y está poblada de almas que nunca se van de la vida de nadie. Volver a Buenos Aires una vez al año lo reinicia todo, lo recarga, y a la vez me paraliza, me permite sostener mi corazón fuera del pecho y examinarlo a placer, inventariar sus nuevas cicatrices, cartografiar sus pequeños refugios, su geografía ventricular, explorarlo nuevamente y, al mismo tiempo que lo reconozco mío, averiguar sus designios secretos, sus amores impávidos, sus ganas de más. Buenos Aires, cómo no reconocerlo, me da vida. Y entonces, la pregunta es qué hacer con toda esa vida. Hoy cumplo cincuenta y dos años, que es, aproximadamente, la mitad de lo que dura un Magiclick si se utiliza un promedio de veinticinco veces al día. No tiene más trascendencia que esa. Por suerte, me llega a tiempo la sabiduría suficiente para comprender que no importa nada, que la trascendencia es un espejismo, que lo único realmente valioso que dejamos tras nuestras huellas es el ejercicio del amor, las personas, los pares de ojos que miran, las bocas que dibujan besos y adioses, las manos que te encuentran. Por eso esta mañana, al levantarme, abrí mi pecho y empuñé el Magiclick que guardo en él, que es el que marca el ritmo, y lo pulsé veinticinco veces. Cada uno de los clicks fue soltando una parte de la revelación de hoy, que no era otra que qué hacer con tanta vida por delante. La respuesta tuvo la sencillez de un Magiclick, y por la misma razón, su casi eterna durabilidad: vivirla.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


