La prima Vera llegó en primavera. No es que la rima fútil me sea agradable, ni que tenga una especial vocación cacofónica, pero simplemente ocurrió así.
Tenía ese aire de misterio intocable que tienen las primas. No las primas segundas ni las primas lejanas, sino las primas de verdad. Ni siquiera tengo que cerrar los ojos para recordar su perfil heleno, recortado contra unos atardeceres furiosos, enmarcados por los jazmines florecidos que custodiaban los jardines de mi Abuela. Era impasible como un gato abisinio, mirada altiva, nariz respingona y manos aristocráticas, de uñas de una belleza infame, peligrosas, como descubriría, más tarde, mi pobre espalda.
La primavera no hacía más que empezar. Yo volvía por las tardes de dar clase en la escuelita del barrio. A mis veintitrés años era el maestro más joven de la escuela, casi imberbe y pregonando una lengua y literatura que tenía mucho más de la primera que de la segunda, porque no se puede ser literario con alumnos que son, en el mejor de los casos, literales. Cuatro decenas de adolescentes fermentando hormonas amenizaban mis mañanas de poeta insomne y frustrado, para después volver a casa a comer un plato de arroz blanco con algún pedazo de cadáver de origen animal que mi abuela estropeaba, sobrecocinándolo sistemáticamente, y que apenas alcanzaba para disimular la pobreza y distraer el hambre.
La turgencia imponente de mis pequeñas alumnas -que conste, jamás intenté ni dije nada inapropiado, pero la vista se caga matemáticamente en la moral de los hombres buenos, y en ese aula había al menos dieciséis kilogramos de tetas desafiando a la gravedad-, me dejaba día a día con necesidades insatisfechas, que se sumaban a la frustración constante producida por la ignorancia ajena, defecto que no conseguía yo domar, porque no era entonces buen profesor. No es que lo sea ahora, pero a mis cincuenta y siete años simplemente me he rendido, y ya no me importa la ignorancia, ni me turba tanto la turgencia.
Los mediodías primaverales se sucedían como una letanía silenciosa de palabras desprovistas de sílabas, aunque parezca una locura. Mi Abuela ponía la mesa en el porche, haciendo trastabillar su zapato ortopédico en un ir y venir del carajo, de la cocina a la mesa y de la mesa a la cocina, porque aunque estaba encorvada y vencida por la edad y las muertes cercanas, su terquedad de anciana vasca le impedía pedir ayuda. Servía sus arroces mortuorios, sancochados e insípidos, en platos de peltre, y los tres nos sentábamos como en el cine, mirando para el mismo lado, en parte porque no teníamos nada que decirnos, y en parte porque la naturaleza era casi un espectáculo erótico, con sus magnolias, espléndidas, chorreando savia, las orugas bautizando los troncos de los fresnos con sus babas repugnantes, los perros intentando cogerse a todo lo que se movía, y yo, intentando disimular la omnipresencia de la tetamenta indomable de mi prima Vera, mientras hacía comentarios olvidables sobre la grácil belleza de los dientes de león, que entregaban sus semillas a la brisa luminosa del mediodía montevideano.
Es una mierda que la primavera sea en septiembre. No había manera de conjurar la desesperación hormonal que me atacaba tanto en el trabajo como en la casa. Tenía veintitrés años, por el amor de dios.
El caso es que, durante una tarde en la que casi se podía saborear el ozono acidulando el aire primaveral, yo maldecía una siesta de perro después de la comida, intentando dominar sin medidas drásticas una erección rebelde, producto de tres clases seguidas durante las que las ninfas rebeldes leyeron de pie, y un almuerzo largo y aburrido en el que el escote de Vera era, por lejos, lo más interesante que había visto en mi vida. Dudaba entre acogotar la rebeldía de mi virilidad con los cinco dedos de mi puño derecho, y leer unos versos de Virgilio que me llevasen a un terreno menos problemático, cuando la puerta de mi minúsculo dormitorio se abrió, dando paso a Vera, con su pollerita tableada y su balcón de carne en eterno equilibrio, voraz, desafiante, en el que esperabas que se asomase a cantar una soprano en cualquier momento, o que un centenar de palomas estallaran en el aire viciado del zulo, escapándose de la presión de al menos tres atmósferas que soportaba su corpiño rosado. Yo estaba en calzoncillos y no había manera humana de disimular al luchador incansable que, en presencia de tremendo espectáculo, se encabritó aún más, haciéndome ruborizar instantáneamente mientras, cual heraldo anunciando la presencia desorbitante, apuntaba al cielo con su ojo tuerto.
La prima Vera sonrió, pasando a reír casi inmediatamente. Luego se tapó la boca con la mano derecha, mientras yo intentaba cubrir la vergüenza de mi exceso de testosterona con cualquier cosa que tuviese a mano.
– ¿Qué pasó, primo? -preguntó, sonriendo.
– Nada… que uno no es de piedra -ensayé un gesto de disculpa con ambas manos. Vera me examinó por espacio de casi un minuto, en el que ninguno de los dos dijo nada. El silencio fue, poco a poco, instalándose en su boca mientras dejaba de reír. Luego, habló con una voz que parecía robada a los duraznos del patio, de tonos naranjas y amarillos, y repleta de una pelusilla suave que me erizó el vello de la nuca.
– Estaba buscando a la Abuela, no la encuentro por ninguna parte, pero… ¿Necesitás ayuda con eso? -preguntó, señalando mi ferocidad indómita.
No supe qué responder, pero sentí que la sangre no se decidía entre hacer reventar mi glande en una explosión gore de sangre y semen, o ruborizarme hasta que el atardecer viniera al rescate de mi dignidad fenecida.
Ella no necesitó respuesta. Se acercó a mí, levantándose la pollera, y simplemente se me puso encima. Apoyé ambas manos sobre sus tetas, no tanto por acariciarla como por evitar que el fascinante rebotar me desconcentrara con sus bamboleos sísmicos, y me derramé sin honor entre sus muslos a los pocos segundos.
– Se ve que sí, que necesitabas ayuda – rió ella, pícara como nunca antes la había visto.
Sin decir nada, se quedó sobre mí, acariciándome el pelo y ejecutando un preciso vaivén pélvico. Se apiadó de mí con diez minutos de cortesía, en silencio, mientras miraba por la ventana ostentando su perfil hermoso, recortado contra la luminosidad que anunciaba la tarde. En cuanto me repuse, abusó de mí de todas las formas posibles, incluyendo planos ortogonales, hipotenusas inverosímiles y ángulos rectos que nadie hubiera anticipado, en el plano y en el espacio.
Al atardecer, preocupados por el silencio de la Abuela, abandonamos el cuarto en el que se respiraba un aire espeso, con una tufarada mortal a sexo y feromonas que ofendía la nariz, y salimos al jardín. Encontramos a la Abuela, muerta al pie del laurel, con tres hojitas apretadas en el puño decrépito, que seguramente eran para disimular lo espartano del arroz de la cena.
Vera apenas dejó escapar una lágrima, y todo lo demás está borroso en mi mente. Cuando se llevaron el cadáver, Vera me lanzó un beso con la punta de los dedos, y se fue de mi vida para siempre. Nunca volví a ver a la prima Vera.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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