Negros fueron los designios que interrumpieron mi sueño. Negros los caminos que iniciaron mi día, negro también el desenlace.
No me considero linda, y por eso siento, muchas veces, que el mundo nos niega a los feos lo que derrocha sobre los agraciados. Tampoco me considero horrible, no es cuestión de menospreciarse. Tengo mis encantos, y mi sonrisa suele cosechar elogios, modestamente merecidos o piadosamente arrancados. Quizá el linda sonrisa es lo único amable que se lo ocurre a la gente decir sobre mí.
Para lo que no tengo nada de glamur es para dormir. Me despatarro en una figura de contorno casi fractal, mientras ronco como una morsa asmática, al tiempo que, de la comisura de mi boca más cercana al colchón, un hilo de baba de caudal variable casi siempre riega mis almohadas, creando absurdos lamparones amarillos que, por suerte, oculto exitosamente con fundas negras, negras como los designios que interrumpieron mi sueño.
No fue un sonido, sino más bien un resplandor angélico, una violación de la sacrosanta oscuridad que impongo en mi habitación para dormir, una interrupción de colores cálidos, en la gama del amarillo y el naranja, y sin embargo tenues, iridiscentes, titilantes, con un brillo que otorgaba paz, pero al mismo tiempo ocultaba un terror ancestral, algo antiguo y maligno.
Abrí los ojos, herida suavemente por ese resplandor, y en seguida los descubrí. A los pies de mi cama, bajo los destellos, estaban los zapatos más extraños que jamás había visto. Dos botines deformes, de color negro, con púas amenazantes que sobresalían por los tobillos y los talones, y también en las punteras anchas, cuadradas y deformes. Lo más curioso es que eran absolutamente asimétricos, y a mí, como fan paupérrima de Manolo Blahnik -a pesar de que no me los puedo permitir-, eso me perturbó el despertar casi más que el resplandor seráfico, dejándome inmediatamente patidifusa, sumida en una confusión violenta, instantánea y sin burbujas, como quien sorbe un café antipático y sin personalidad.
Con una geometría picaresca, un remolino nebuloso, parecido a la representación astronómica de una constelación, apareció dentro de ambos zapatos, así que me incliné al borde de la cama, metiendo la cabeza dentro de la burbuja tenue, aureolada, que se calentaba visualmente en tonos rojizos. Las espirales luminosas eran fascinantes, increíbles, dotadas de un erotismo sutil, fino y casi fantástico. Me quedé, asombrada, contemplando por espacio de algunos minutos, hasta que el polvo estelar comenzó a materializarse en un hombre cetrino, sólidamente calzado en los zapatos, pero agresivamente desnudo. Tenía un rostro agradable, y una barba de chivo joven que se precipitaba sobre su cuello, para finalmente morir en un rulito ridículo a la altura del pecho. Una boca inmensa, repleta de dientes blancos, me sonreía, ofreciéndome una desnudez ostentosa por magnífica, espléndida a la vista y que emanaba calor.
Sorprendentemente no me asusté cuando habló.
– No tengas miedo -empezó-, no voy a lastimarte.
– ¿Quién sos?
– Tengo muchos nombres. A veces uso uno solo, y otras me parapeto tras varios de ellos. Esta noche, decidí ser quien probablemente conozcas como Mephistófeles.
– ¿El diablo?
– Ponele. No es tan directo. Soy, efectivamente, ese y muchos otros.
– ¿Y qué hacés en mi cuarto?
Sonrió. Sonrió torcido y con la mano derecha se acarició el pectoral izquierdo, poderoso, tenso, rebosante de tirantes fibras musculares.
– Tenía ganas de divertirme un rato, y tu sueño me llamó.
– Ni me acuerdo qué soñaba.
– ¿No? Qué pena, lo estabas pasando bastante bien -sonrió nuevamente, esta vez con una sonrisa canina, perversa, y tan poderosamente masculina que me sentí húmeda.
– Tenés razón -dije, sin pensarlo-, es una pena.
– Tiene solución. Podemos recrear la escena, y podés salir ganando mucho.
– ¿Sí?
– El trato es este: si engendrás un hijo para mí, puedo hacerte irresistible para hombres y mujeres, puedo darte riqueza y poder, puedo hacerte invencible o invisible, puedo darte acceso a los placeres que desees, a las perversiones más profundas, a los juegos más terrenales.
– ¿Y ese hijo?
– Me lo llevo cuando cumpla quince años. Ocupará mi lugar.
Han pasado ocho años desde esa noche, y cada vez que lo recuerdo me siento mal. Pero hoy es un día especial, y me estoy pintando los labios frente al espejo, donde me veo aún más joven que ayer, aún más bella que ayer, y aún más intensa que ayer, mientras espero que Julieta venga a cuidar al nene. Hoy salgo, porque él y yo vamos a celebrar otro aniversario. El mundo, por mí, puede irse a la mierda.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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