Hacía meses que tenía el deseo de tatuarme otra vez. Y no era un tatuaje cualquiera, no. Era un homenaje emocional, interno y amoroso a uno de mis escritores más queridos: Julio Cortázar. El diseño es un espiral dibujado por él, bajo el que, en la más estricta tipografía de máquina de escribir, aparece escrita la palabra Cronopio. Es un tatuaje sencillo, pero que además de decorar mi brazo -me lo hice en el tríceps, sobre el codo, de manera que si estoy de pie pueda verse desde atrás-, constantemente me acaricia el alma.
A veces pienso que somos demasiado lentos para dar paso a algunos deseos que son mucho más fáciles de ejecutar que de concebir. Este era uno de ellos, lo mastiqué durante años, me hice muchos tatuajes distintos en mis cuatro extremidades, porque -sospecho- la quinta no tiene esa clase de afinidad con las agujas de acero quirúrgico, y por alguna razón, hasta ayer no había dado el paso de homenajear a don Julio sobre mi piel.
Ayer lo hice.
Y hoy, ennoblecido por la marca mágica y dulce de los Cronopios del mundo, inspirado por el inmortal texto de Instrucciones para subir una escalera, puse un pie delante del otro. Moví otra vez el primero, y nuevamente el segundo, en una sucesión que se prolongaba por la ciudad, respirándola como si el tatuaje me hubiese otorgado una nueva nariz para reconocer sus olores, y un nuevo par de ojos para redescubrir las piernas de las mujeres, las sombras de los autobuses, la hostilidad secreta que los seres humanos le guardamos no se sabe bien a qué o quién, el balanceo feliz de los perros, las cicatrices del hollín en las paredes mustias. Sin ninguna intención de mandarle una pata de una araña por correo a ningún ministro, pues no se trataba de eso la oportunidad, dejé que mis pasos inventasen una bitácora nueva, un registro fugaz de mi deambular errático. La consciencia del tatuaje reciente en mi tríceps me hacía sentir más cronopio que nunca. Iba pensando: “cronopio, cronopio”.
Y entonces ocurrió. Llegué a un semáforo en rojo. Los cronopios no solemos respetar a los semáforos, porque los semáforos están definidos en el primer capítulo de las costumbres de los famas. Pero esta vez lo respeté, no por fama ni por cronopio, sino porque los automóviles, conducidos en su mayoría por famas, no parecían tener la menor intención de dejarme pasar, y además no tenía ninguna prisa.
Mientras esperaba, pensando en cómo podría conseguir la pata de una araña sin necesidad de asesinar a tan noble octópodo, un viento perfumado de lavanda me sembró en mi sitio, me aperplejó, si es que existe la palabra, al tiempo que me conmovía, llenándome de espuma los huesos.
Alguien, desde atrás, me puso ambas manos en las mejillas, con fuerza y delicadeza, impidiéndome girar la cabeza a fin de dilucidar su identidad. Pude percibir como la persona se alzaba ligeramente sobre las puntas de los pies, para susurrar en mi oído izquierdo:
– ¿De verdad sos un cronopio? Si es así llevo casi veinte años buscándote, porque la última vez que me rompieron el corazón decidí que solamente a un auténtico cronopio le daría una segunda oportunidad. Y ahora te encontré y me tiemblan las piernas. Tengo miedo de que estés casado o tengas novia, tengo miedo de que no me gustes, y tengo miedo de que no seas un cronopio.
Varios hechos me conmovieron al mismo tiempo. El primero fue sin duda la dulzura de su voz, susurrada con firmeza. Era grave, erótica, sensual. El segundo fue que, además de potencial cronopia, era argentina, cosa que, estando en Barcelona, resultaba cuando menos, poco probable, a pesar de la invasión rioplatense que, cual plaga insufrible, azota desde hace un par de décadas a la ciudad Condal. Y la tercera -lo digo con un poco de vergüenza-, fue la sensación material de sus pechos presionando mi espalda. Pude adivinar su tamaño, su redondez, sus pezones puntiagudos y fuertes como tacos Fisher.
– No sé si soy un cronopio -alcancé a responder-, pero no estoy casado ni tengo novia, con eso conjuramos dos de tus miedos. Para los otros dos, me encantaría que me permitieras invitarte a tomar un helado.
Ella se rió. Se rió fuerte y, sin soltar mi cabeza, volvió a susurrarme al oído que un helado era sin duda una invitación cronopia, y que aceptaba encantada.
– Pero esperá -me pidió-. Quiero cerrar los ojos y que te des vuelta despacio, muy despacio. Y esto es lo que vamos a hacer: si no me gustás, voy a ir con vos y voy a tomar un helado de vainilla. Si me gustás, también voy a ir con vos, pero voy a pedir un helado de dulce de leche y chocolate, con fantasía de colores y dos cucharas grandes para compartirlo y darte helado en la boca.
– Me parece bien -dije, sintiendo un brote de adrenalina repasar mis venas por adentro como una tuneladora gigante.
– Yastá -dijo ella cuando hubo cerrado los ojos.
Me recreé un instante en el semáforo, otra vez rojo, en los famas que resoplaban enfadados por llegar tarde al trabajo, en las palomas que batallaban migajas de porquerías dispersas por el suelo, en una parejita de esperanzas que, a pesar de ir de la mano, llevaban cada uno sus auriculares, su música, su mundo. Pude sentir mi pulso acelerado y los olores de la ciudad agredirme sin ganas, un miedo de no gustarle que hacía diez minutos no tenía, y una ilusión que hacía diez años no tenía.
Me dí vuelta.
Despacio.
El pelo castaño le caía hasta los codos.
Mantenía los ojos cerrados, así que solamente pude intuirlos marrón miel.
Sonreía con la boca entreabierta, mostrando dos incisivos ligeramente separados, encantadores, rodeados de labios gruesos, naturalmente rojos.
Dejaba caer lentamente a los lados de su cuerpo los brazos que hacía solamente unos segundos sostenían mi cabeza, como en una película muda.
Los hombros le hacían un ángulo ligeramente obtuso con respecto al suelo, revelando apenas unas clavículas deliciosas.
Usaba zapatillas blancas, nada de zapatos de taco.
Llevaba un bolso en bandolera, que permitía adivinar tres libros en su interior. Quizá fueran libros sobre impuestos, sobre famas o sobre obras públicas, pero imaginé poemas, historias, amores inciertos.
Era, sin duda, una Cronopia.
– Yastá -dije yo también.
Abrió los ojos.
Sonrió con los ojos, y luego con la boca.
Me rodeó el cuello con sus brazos, lentamente, sonriendo mucho, y, sin decir ni una palabra más, me regaló un beso lenguaraz y húmedo, profundo y dulce.
La segunda oportunidad, la de los cronopios, acababa de empezar.
Nos fuimos de la mano, saludando a los perros y haciéndole muecas divertidas a los niños que iban por la calle, buscando una heladería que vendiese helado de dulce de leche, mientras no parábamos de comernos a besos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


