Siempre quise ocultar ambas cosas, porque además de traficar cocaína en el barrio a escondidas de los rattis y mis viejos, tengo como defecto una torpeza congénita que, algún día, va a causar la destrucción del mundo, o algo peor. Si fuera un perro, seguramente levantaría la pata delantera para mear. Si fuera un gato, moriría despeñado del alféizar de la ventana más familiar, o probablemente ni eso, porque me caería de una planta baja, cosechando solamente la vergüenza.
La noche de autos, como comienza siempre la policía el relato de mis actividades, era la primera vez que mi jefe de filas me confiaba una auténtica cantidad: cincuenta gramos de clorhidrato de cocaína cortada y vuelta a cortar ochocientas veces, porque las narices resfriadas del barrio no distinguen entre harina de trigo, maicena, cocaína y polvo de tiza, así que con que tenga un poco de la santa sustancia es suficiente para que estén felices con la compra.
Entonces, esa noche, como contaba, volvía de la cueva de perico contentísimo con mi bolsita. Cincuenta gramos en la calle eran dos lucas y media verdes, de lo que me quedaba un veinte, o sea cinco gambas contantes y sonantes para el que suscribe. No podía dejar de manosear la bolsita en mi bolsillo, jugueteando con mis dedos con ella, sintiéndola maleable, blanca y fina. Quizá le pegara un bocado, o un nariguetazo, que no por vender tiene uno que dejar de lado la experiencia personal, digo yo. Como lo veo, la mejor forma de dar servicio al cliente, es conociendo a fondo el producto.
De camino a la plaza, me crucé con Tobías, que iba con la cabeza gacha, escupiendo a diestro y siniestro y haciendo un patético intento de silbar canciones de cancha. Levantó la vista y lo saludé.
– ¿Qué hacé, fiera?
– Mal, bolú.
– ¿Qué pasó?
– Le dieron un cuetazo al viejo del Chino Puertas. ¿Lo conocés?
– Me jodés. ¡Claro que lo conozco! Éramos compañeros de primaria. Abandonamos juntos después del tercer intento de aprobar sexto grado. ¿Cuándo fue?
– El domingo, en La Bombonera. Voy para el velorio. ¿Te prendés?
– Claro.
Empezamos a caminar juntos, callados, mientras yo jugueteaba con mi bolsita. Al viejo del Chino le decían El Abuelo Puertas, porque era un histórico de la hinchada de boca. Andaba siempre con una pipa del nueve. Era un tipo peligroso. No se me ocurría quién había tenido los huevos de meterle un cuetazo, aunque por otro lado, parecía el final lógico para alguien como él.
Entramos en la Cochería Necochea. El aire estaba viciado, húmedo de tufo a sudores rancios. El número de dientes por persona no se acercaba, no digo a los treinta y dos deseables, pero ni siquiera a un decoroso veintiocho por sombrero. Era divertido ver las sonrisas perforadas, los saludos rituales, respetuosos y algunos temerosos, porque el kill count por interfecto debía parecerse a la cantidad de dientes.
El caso es que Tobías y yo nos fuimos acercando hasta estar al borde del cajón, que estaba repleto de gente. Podía ver a Socotroco, un Skin Head grandote, peso pesado de la hinchada de Huracán, que venía a presentar respetos. A su lado, después de una rubia con dos tetas como sandías felices, había tres pistolas a sueldo de la hinchada, vendedores de falopa y varios pungas menores.
La charla fluyó, y al ratito nomás nos reíamos todos, que es la mejor manera de respetar una muerte violenta. A mi lado, el Chino Puertas me miraba cada dos por tres, agradeciendo silenciosamente una presencia de la época en la que aún éramos un poco inocentes.
Entonces pasó lo que no tenía que pasar.
Llegó al borde del ataúd, por el lado de los pies, el Tuerto Merlo, que había sido nuestro profesor de gimnasia de cuarto grado hasta la segunda vez que hicimos sexto. Lo despidieron por sospechas bien fundadas de tocamientos inapropiados a las chicas durante las clases de vóley. El caso es que el Tuerto me cayó siempre muy bien, y hacía muchos años que no lo veía. Su llegada causó uno de esos silencios temporales, incómodos y obvios, durante el que, como no, se oyó mi vozarrón rasgar el protocolo con la siguiente barbaridad:
– ¡La puta que lo parió! ¡El Tuerto Merlo! ¡No se muere nunca nadie en este barrio!
Al Tuerto se le congeló la sonrisa, y toda la concurrencia me miró con incredulidad, mientras yo recordaba violentamente que estábamos en un puto velorio. Me giré hacia el Chino, que me miraba con una mezcla de desprecio, horror, compasión y rabia. Levanté las manos para abrazarlo y disculparme, con tan mala fortuna que mi preciada bolsita, aún en mi mano, se enganchó en el anillo que coronaba mi dedo índice -una cabeza de cacique indio, de plata, coronado de puntiagudas plumas-, saliéndose del bolsillo y rasgándose con las llaves. Describió medio arco en el aire, espolvoreando cocaína al viento como una repostera fanática, para vestirnos a todos de fantasmas sin memoria. El traje negro del cadáver se cubrió de motas de polvo blanco, así como las cejas del Chino, las tetas de la rubia, las mejillas de Socotroco y las sonrisas impunes de los pungas y pistoleros a sueldo.
– ¿Qué hacés, salvaje? ¿Sos boludo o te arrancaron verde? -preguntó el Chino.
No supe qué decir, porque en ese momento solamente pensaba en cómo mis quinientos petardos se habían transformado en menos dos mil, y me invadieron unas terribles ganas de llorar.
El Chino me sacó de una oreja, y mientras me acercaba a la puerta, pude ver como la rubia le lamía las mejillas a Socotroco, mientras él le pasaba rabiosamente las yemas de los dedos por la tetamenta expuesta, al rescate del polvo mágico, y los pungas se limpiaban unos a otros para, acto seguido, meterse los dedos en la boca.
Yo me lamía las manos como un gato gordo y ronroneante, mientras dos amigos del Chino me escoltaban afuera.
– ¿Tenés mas de eso que tiraste ahí? -me preguntó uno de los gorilas.
– Dejame que te averigüe. No sé si mi jefe me va a matar o lo va a entender. ¿Vos qué pensás?
– Tas al horno -me respondió.
Y me fui, caminando solo, lamiéndome las heridas, cagándome en la torpeza y en la mala suerte y pensando que, al menos, mi salida del armario como traficante había sido memorable.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Un tontería memorable, como nos tiene acostumbrados Fede!!!