Buenos Aires parecía irse lentamente a la cama. Un cielo azul casi negro se rompía en vetas de sangre y fuego. Yo, en una encrucijada de cemento, veía pasar los autos en una letanía absurda y ladina, sin más propósito que desplazar toneladas y toneladas de acero para mover kilogramos y kilogramos de carne humana. En eso pensaba cuando ella apareció, con un vestidito blanco con dibujitos de un color que recuerdo como verde, pero que probablemente fuese cualquier otro. El pelo negro, crespo y a media melena, enmarcaba un rostro indio, risueño y hermoso.
Nos presentamos. Su nombre era casi como mi alma: Soledad.
Caminamos despacio, mirándonos de reojo, midiéndonos, estimando la potencia del rival, el tamaño de su corazón en el campo de batalla, la retórica imposible de las citas en el mundo de hoy, de Tinder y chats y entonces de golpe dos personas se encuentran y casi nada es como esperaban.
Pensé que era irónico. Yo, aunque argentino, aterrizando desde Barcelona, todo Europeo, blanco blanquísimo, ojos glaucos y pelo rubio entrecano. Ella, toda Tehuelche, de pura sangre india, piel oscura y ojos marrón casi negro, con una sonrisa que provocó que la misma Casiopea tocase el suelo con la frente cuando, desde muy arriba, le ofreció una reverencia celeste a su pasado indígena, a sus dientes blancos, a sus manos pequeñas, a su nombre poético.
Nos sentamos en un bar cualquiera, en una mesa cualquiera, frente a un cóctel cualquiera, y era una noche cualquiera. Lo que no era cualquiera era ella, increíblemente singular, maravillosamente única. Charlaba sobre sus múltiples compromisos, con la tierra, con el otro, con la justicia social, con el eco de su risa, con su mirada pícara. Yo la escuchaba, enamorándome despacio, y entre paréntesis, le contaba de los míos, con mis hijos, con la literatura, con la distancia, con mis verdades atropelladas por medio siglo de remar contracorriente.
Y esa noche se nos fue sin más. Nos despedimos con un tímido roce de labios, con una promesa de reencuentro, con un disparate por vivir y un silencio no dicho, pero que al menos a mí, me pesó en el alma.
Los días pasaron como una lluvia densa, como granizo en caída libre, y al mismo tiempo con una lentitud exasperante, como ocurre siempre que uno está de viaje, y el tiempo se desdobla en un transcurrir hipócrita y de doble moral, que hace que todo quede para la última semana, cuando se acerca el final, cuando la vuelta se precipita y parece que la realidad acecha, nos busca bajo la piel, nos encuentra dormidos, faltos de reflejos y con la mirada ocre.
Hubo un momento en el que creí que no volvería a verla. Es tan fácil malentenderse en estos días, que a veces temo que el fin del mundo no lo desencadenará la inteligencia artificial ni una guerra nuclear, sino un malentendido en una conversación por WhatsApp entre dos poderosos sin escrúpulos.
Pero volvimos a encontrarnos.
Salimos por ahí, cenamos y otra vez ella jugó su juego, su valentía india, su personalidad sólida y clara. Los minutos se me iban, y no encontraba un camino hacia sus labios, ni la forma de tocarla, de acariciarla. Era a la vez como una gata mimosa y arisca. Me dejaba acercarme, pero solo un poquito, solo un momento, solamente algo fugaz.
La cena terminó y una vez más Buenos Aires me hacía burla desde los adoquines de sus empedrados tristes, la nostalgia de las farolas oxidadas, los pasos nocturnos de un tango tocado para nadie. Salimos a una noche fresca y limpia.
– Te alcanzo a tu casa -dije, con pesar. Ella me miró como si yo fuese un marciano auténtico. Sonrió, iluminando tres cuartas partes de la calle.
– ¿Cómo que a casa?
– ¿Querés hacer otra cosa? -pregunté.
– Yo estoy para todo -sentenció.
Lo pensé durante medio segundo, que pasó en mi cabeza tan lentamente como diez años mal vividos.
– Necesito que seas más explícita, porque tengo miedo de interpretar mal lo que me estás diciendo.
– Que vayamos a un telo.
Se rió, desde su clarividencia Tehuelche, de mi cara de sorpresa.
Fuimos.
Entró a la habitación con gracia, con decisión y con sangre en las venas. Se quitó el vestido con un gesto danzarín, y me besó con furia.
Y entonces me rendí a ella.
Me sometió a besos dulces y hambrientos. A mordisquitos suaves y dolorosos. A caricias, a pellizcos y a su ternura protagonista, en primer plano. Me cabalgó, dominándome con su sonrisa, y se deslizó debajo de mi cuerpo, para adueñarse de mis restos. Me hizo vivir. Me hizo sentir vivo y torpe y amante y tonto y bello.
Y no puedo quitar de mi cabeza su cuerpo menudo sobre mí, su sonrisa de primavera y mis manos en su pecho, cuando le dije:
– Te voy a decir Patoruzek.
Se rió fuerte, y pareció gustarle. Patoruzek es la familia del Cacique Patoruzú, un personaje que acompañó mi infancia y la de casi todos los argentinos. Un cacique Tehuelche, noble, fuerte, independiente, decidido, temerario, valiente.
Patoruzek es cien veces más. Mil veces más.
Al día siguiente volé de regreso a Barcelona. Las imágenes de la noche anterior ilustraron mi vuelo, me hicieron feliz nuevamente, y sembraron dos preguntas en mi cabeza. La primera es cómo fui capaz de dejar la Argentina sin vos, Patoruzek. La segunda, india hermosa, es si volveré a verte.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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