Tres lágrimas. Fueron nada más que tres lágrimas. Pudo sentirlas nacer en los lacrimales, dos en el ojo derecho, una en el izquierdo, y perseguir su rastro por el perfil afilado de su nariz, con esa sensación de ganar terreno lentamente que produce una lágrima al avanzar despacio. Como miraba hacia abajo, pudo sentir esas lágrimas invadir la punta de la nariz, y aumentar de peso a medida que el torrente invisible y delgado de agua salada engordaba sus barrigas de gota gorda, para finalmente desprenderse, luego de un balanceo breve, sin ceremonias ni pompa, y estrellarse sin estrépito en el borde del ataúd.
Y no supo por qué lloraba, en realidad. Posiblemente era por una madre que no estuvo, por ese cuerpo inerte que yace expuesto en una caja de cedro, pero no ahora, que es carne muerta y huesos y pobres restos de los fluidos que no pudieron extraer los tanatopractores, sino cuando era una mujer joven, con un apetito por la vida que deslumbraba a los árboles, una pasión primigenia que le desbordaba el vientre, un carácter indómito y voraz, que no dejaba experiencia sin vivir, hombre sin besar, plato sin probar, placer sin experimentar.
La recordaba alta, con el pelo rubio, lacio y largo. Una mañana de invierno, colgado de su mano izquierda, mientras jugaba a respirar nubecitas volátiles de su propio aliento condensado en el aire frío. Recordaba mirarla hacia arriba, y verla resplandeciente, a contraluz de un tibio sol invernal, que parecía enmarcarla como a una ensoñación última y veraz, incuestionable para los mortales y digna de adoración celestial. Bella, infinita, inmortal.
Y las tres lágrimas, en el borde de la caja, eran el testimonio final y último de tanta ausencia, de los años que vinieron después de aquélla mañana feliz.
La distancia se había instalado entre ambos como un precipicio, como una cavidad profunda y ancha, repleta de ausencia y palabras sin decir. Nunca entendió, a pesar de los choques sistemáticos entre ambos, de los reproches eternos y las discusiones interminables, por qué su madre no quiso ser su madre, por qué, sin más explicaciones que unos cuantos discursos vacíos -no tenía dinero, estaba sola, tu padre no me dejaba verte-, ella simplemente había sido casi toda ausencia, o una parte ausencia y otra dolor. A ella le dolía ese hijo criado por otro hombre y otra mujer, la carne de su carne que, a pesar de llevar su sangre y su mismo rostro, a pesar de sentirse inquietantemente repetida en ese pequeño hombrecito, a pesar de ver sus ojos duplicados en los del niño, no se le parecía en nada, porque pensaba distinto, hablaba distinto y caminaba distinto. Porque era diferente para la ternura, diferente para el llanto y diferente para la diversión. Era muy extraño sentirse replicada en una persona que, al mismo tiempo, instintivamente rechazaba todo lo que ella era. Lo que era como madre y como mujer, como persona y como modelo a seguir. No se sentía, en realidad, un modelo a seguir. No quería que sus hijos fuesen como ella, que experimentaran el vacío intermitente de los amores prestados, los ratos en brazos de personas de las que nunca estaba del todo segura de sus nombres, la desnudez como forma de vida, la percepción siempre un poco difusa del mundo, y esa sensación subyacente y constante, un hormigueo que indicaba que no estaba haciendo lo correcto, una alerta permanentemente ignorada de que debía retroceder, recomenzar, redirigir la vida, los afectos. Algo le decía que el corazón, en la flor de la vida, empezaba a olerle a podrido, como un bocado de carne muerta sin ventilación, un aire húmedo y poblado de fantasmas familiares, caras conocidas que evocaban seres a los que, seguramente, hubiera debido querer más, o al menos, mejor.
“Este despojo de piel cenicienta y carne muerta es lo que queda de mi madre”, alcanzó a pensar, mientras adivinaba el reflejo de las luces mortecinas en la superficie tensa de las tres estrellas transparentes que sus lágrimas formaban en el borde del ataúd. El aire estaba detenido en un silencio miserable, porque es distinta la naturaleza del silencio de muchas personas callando, de la de tres almas en pena sorbiéndose los mocos en una habitación fría y demasiado grande.
La muerte tiene una presencia que impone, que decide que debe ser un momento solemne, un instante de homenaje, un paréntesis para honrar la memoria, para revivir el amor. Pero en cambio, esa tarde la muerte no era más que una señora vencida, preguntándose cuál había sido el valor de esas vidas marcadas por el desamor, por la falta de palabras que ofrecerse, por el exceso de cosas que reprocharse, por la necesidad ciega de una segunda oportunidad que lo resumiera todo, que lo rectificara, que le otorgase a la vida el valor que, seguramente, debió tener.
Pero a la muerte nadie la ve. Los tubos fluorescentes que iluminan la estancia parpadean con desgana, y en el centro el cajón, el hombre en su cincuentena, la mujer, con las canas peinadas con raya al medio y las manos paralelas al cuerpo, avejentadas, percudidas por las manchas de la edad. Y en el borde del cajón, tres lágrimas. Tres lágrimas por todo resultado de dos vidas. Tres lágrimas como legado de un amor pobre, roto, insuficiente.
Y la muerte sabe, sin saberlo, que incluso con los párpados cerrados, maquillados de un verde pálido, la muerta la ve. Ve su sombra blanca, su sonrisa fantasma, su pelo gris, peinado de lado, sin adornos. Ve las manos nacaradas, la piel de cera, la pulsera de hueso que le adorna una de las muñecas. Ve como la muerte le insufla un aliento de redención, y violando todas las leyes que aíslan a los muertos de los vivos, exhala un aliento helado y una oportunidad velada, y entonces levanta la mano derecha, la pone en el borde del cajón, borrando sin querer las tres lágrimas estrelladas, mientras su hijo, su niño, se le une en una mueca de espanto. Abre los ojos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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