El barritar de los elefantes ensordecía a la multitud. Entre mercachifles, tramoyistas, malabaristas, ecuyères sobre blancos corceles, payasos, osos bailarines y tigres atravesando aros en llamas, los elefantes destacaban, no solo por su tamaño inconcebible, sino por la exquisitez de su enjaezado, los tapices gigantes, cayendo sobre los lomos grises, enormes, con las monturas de madera noble, decoradas con oropeles de oro y metales preciosos. Los jinetes, a su vez, eran unos negros enormes, de una negrura nunca antes vista en el pueblo, que por ver no había visto nunca tampoco un elefante ni un tigre, y no salía de su asombro.
El circo había llegado dos noches antes, al amparo del anochecer, instalándose en las afueras del pueblo, que observó atónito durante dos días como los forzudos búlgaros con aros en las orejas levantaban la carpa, de una elevación desorbitada, y su caída radial hasta formar un círculo de casi cuarenta metros de radio.
Cuando terminaron de instalarse, y la carpa, orgullosa, parecía presidir la entrada del pueblo, una delegación pequeña entró hasta la plaza. Sin detenerse en la iglesia, ni tampoco en la comisaría, se apertrecharon en el quiosco de música del centro del parquecito, y con un toque de fanfarria llamaron la atención del pueblo entero. Las puertas y ventanas fueron abriéndose, tímidas primero, y de par en par a los pocos minutos. Los vecinos, asombrados, se acercaban al llamativo grupo, que vestía ropajes coloridos, satinados, brillantes y estrafalarios. Tocaban a rebato con trompeta y redoblantes, con tambores de piel curtida y cascabeles traídos de lugares remotos, con triángulos misteriosos y flautas mágicas.
Cuando todo el pueblo, incluyendo el comisario, el alcalde y el cura, estuvo reunido, haciendo uso de un castellano torpe y con fuerte acento eslavo, anunciaron la apertura oficial del circo al día siguiente, con un desfile de lujo, amenizado con las trompetas y las cítaras, con la presencia de bestias de otros continentes, seres humanos prodigiosos, poseedores de destrezas únicas, de habilidades casi divinas, completamente fuera del alcance de los hombres normales. Anunciaron suertes de adivinación, de destreza física, de equilibrio y de intrepidez. Juegos con fieras indómitas, lanzamiento de cuchillos y un espectáculo único de trapecio, en el que tres valientes hombres y tres hermosas mujeres se jugaban la vida cada noche, desde hacía ciento veintitrés años, y lo habían hecho en cuatro continentes, y en más de mil ciudades, sin caerse jamás, para divertimento y disfrute de grandes y chicos, de ancianos y niños.
Los vecinos, que vivían en una quietud absoluta, hastiados por un aburrimiento eterno, celebraron con vítores y aplausos, no tanto por lo fabuloso de la oferta como por la simple novedad de una auténtica alteración de la rutina.
Los niños del pueblo espiaron la preparación. Se dieron cuenta de que no es fácil alimentar a un elefante. Los eslavos, rubios, grandes, fuertes y con voces recias, hablaban una jerga endiablada, inentendible para los locales, pero reían y se palmeaban unos a otros las espaldas, mientras movían enormes balas de heno, alfalfa y otros alimentos inidentificables. Se dieron cuenta también de que no es fácil lavar a un elefante. Los negros grandotes, hablando en otra jerga menos endiablada y más mandinga, acarreaban enormes baldes de agua desde el río, y les mojaban el lomo a las nobles bestias como podían. Entonces los paquidermos barritaban, recogían tierra del suelo con la enorme trompa y se la tiraban por encima, creando barro en su propio lomo, que los africanos se encargaban de cepillar por espacio de muchos minutos con sendas escobas de pelo natural. Se dieron cuenta, además, de que no es fácil ensillar a un elefante. Las enormes monturas, como pequeños castillos, fueron acarreadas por todos, eslavos y africanos, mientras un hombre alto, cetrino, con un bigote montaraz y una cicatriz que le cruzaba todo el rostro, gritaba a los elefantes en la lengua eslava, a los negros en la lengua africana, y a los eslavos en todos los idiomas de este mundo, al mismo tiempo que revoleaba un látigo, haciéndolo chasquear en el aire, para pavor de todos, elefantes, eslavos, africanos y niños. Los elefantes doblaban las rodillas delanteras, ofreciendo su lomo para ser enjaezados, y, una vez colocadas las monturas, los africanos las ajustaban bajo los abultados vientres grises con gruesas correas de cuero negro, y unos broches de bronce, que ajustaban a la oronda cintura de los animales hasta que los oían quejarse.
El barritar de los elefantes, decía, era el sonido que se imponía a las cítaras dulces, a las trompetas graves y a la algarabía general.
El patrón del circo, que se llamaba Grigor, según había informado al alcalde y al cura, abría la marcha, látigo en mano, cicatriz a la vista y cigarro humeando, escrutando a la multitud con dos ojos encendidos, severos, marciales.
El desfile parecía transcurrir sin incidentes, pero cuando estaba a punto de girar por la calle de la paciencia, nada más pasar la iglesia, de una casa aledaña escaparon tres lebreles. Los cánidos, asustados por la multitud, corrieron sin ton ni son, hasta que se dieron de frente con dos domadores de galera y chaleco, cada uno llevando encadenado a un tigre de bengala. Los perros, aterrorizados, ladraron a los tigres, que la emprendieron a zarpazos, frenados por las enormes cadenas y los enormes domadores, quienes hundieron sus talones en el suelo para retener a los airados felinos. Gracias a eso fue que los perros pudieron escapar. Grigor, inmediatamente, giró sobre sus pies para darle un par de latigazos a cada tigre, y amenazar a los domadores, quienes se arrojaron sobre sus animales, no se sabía bien si con intención de calmarlos o para protegerlos.
La huida de los perros se precipitó en contra de la dirección del desfile, con Grigor corriendo detrás de ellos, consciente de lo peligrosos que pueden ser tres chuchos espantados en medio de un desfile circense. El oso bailarín, asustado por los ladridos, le rugió al mismo Grigor, por lo que recibió también tres latigazos, mientras su cuidador se arrojaba al suelo con la cabeza protegida bajo los brazos, entre las patas traseras del úrsido, que no paraba de gruñir. Los perros continuaron su carrera desbocada, para detenerse en seco cuando se encontraron de frente con las dos prodigiosas bestias enjoyadas y montadas por los cuatro prodigiosos negros, monumentales y enjoyados también. Intentaron retroceder, espantados, pero en la otra dirección se acercaba Grigor, echando espuma por la boca y jurando en su lengua cirílica e incomprensible. Los tres canes, aterrados, adoptaron posiciones defensivas, no ya contra los elefantes, sino contra el dueño del circo que, enfurecido, agitaba una vez más el látigo.
Lo flanquearon entre dos, mientras el tercero le saltaba al pecho, y ladrando a dentelladas, lo derribaba entre el silbido del látigo y el barritar sin tregua de los elefantes, a sus espaldas. El hombre, sabiéndose en desventaja, no atinó a otra cosa que a repartir latigazos a diestro y siniestro desde el suelo, pintando de escarlata la mejilla de una niña, despellejándole el lomo a uno de los lebreles, y por fin, alcanzando la trompa de uno de los elefantes. El animal barritó, y avanzó sin trastabillar, enterrando una de sus enormes patas en el abdomen enchalecado del jefe del circo, transformándolo en un puré sanguinolento de tripas mezcladas con líquidos repugnantes, y produciendo un sordo chof chof que ahogó el estertor final del empresario circense.
Los africanos y los eslavos se miraron entre ellos durante unos segundos, y entonces, comenzaron a reír. Los elefantes se calmaron. El oso bailarín se echó al suelo, a descansar, mientras los tigres frotaban las cabezas contra el pecho de sus domadores.
Los niños del pueblo, entre curiosos y aterrados, aprendieron que no es fácil amedrentar a un elefante.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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